El texto de Bonasso que señala a Paco Pérez

El escritor señala al gobernador de Mendoza como vícnulo de un empresario acusado de violación a los Derechos Humanos.


Este es el capítulo del libro "Lo que no dije en 'Recuerdo de la muerte'" de Miguel Bonasso en el que se señala al gobernador Francisco Pérez como vinculado con Luis Alfredo Zarattini. Dice Bonasso al respecto:  


"Zarattini debía ser muy pesado. Carril sabía que el pájaro trabajaba Lo que no dije en Recuerdo de la muerte.indd 72 30/10/14 13:38 73 para la SIDE y el Batallón 601 y su revelación, anterior al histórico testimonio del teniente Héctor Francés, nos permitía publicar una de las primeras pruebas concretas sobre el nexo entre las dictaduras militares de Centro y Sudamérica. 

Tres décadas más tarde encuentro a Luis Alfredo “Freddy” Zarattini, como prueba concreta del nexo vigente entre genocidas impunes y ciertos adalides del kirchnerismo, como el gobernador de Mendoza, Francisco “Paco” Pérez". 

VIII DE ASESINO DEL 601 A EMPRESARIO K

—Me salvé por un pelo —me dijo el “Griego” Horacio Carril, cuando regresó de San Salvador, adonde lo había enviado como cronista de la guerra que libraba el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) con- tra la extrema derecha del mayor Roberto D’Aubuisson y los “asesores” de la CIA, que habían sembrado el terror con sus escuadrones de la muerte.

Fue a comienzos de los ochenta, yo era jefe de redacción de la revista mexicana Crítica Política, y Carril, que había militado conmigo en la disidencia del MPM, era mi prin- cipal reportero.

—Ahí estaba... —dijo el Griego con los ojos todavía saltones por haber visto al diablo en persona—. En el lobby del Camino Real de San Salvador: Freddy Zarattini. ¿Te das cuenta? ¡Freddy!

—... —Un killer al que conozco de los tiempos de Tacuara. Si me llegaba a ver, era boleta. Llamaba a los milicos, y yo no aparecía más.

—Hagamos la denuncia en la revista. El Griego no era un tipo de asustarse fácilmente. Había pasado de la extrema derecha de Tacuara al peronismo de izquierda, pero no como teórico, precisamente. Zarattini debía ser muy pesado. Carril sabía que el pájaro trabajaba para la SIDE y el Batallón 601 y su revelación, anterior al histórico testimonio del teniente Héctor Francés, nos permitía publicar una de las primeras pruebas concretas sobre el nexo entre las dictaduras militares de Centro y Sudamérica.

Tres décadas más tarde encuentro a Luis Alfredo “Freddy” Zarattini, como prueba concreta del nexo vigente entre genocidas impunes y ciertos adalides del kirchneris- mo, como el gobernador de Mendoza, Francisco “Paco” Pérez.

Según Clarisa Ercolano, cronista del sitio plazadema- yo.com, Zarattini es el vicepresidente y actual titular de la empresa petrolera Chañares Herrados, a la que Paco Pé- rez, en junio de 2011 —cuando todavía era ministro de Infraestructura y candidato a suceder al gobernador Celso Jaque—, prorrogó la concesión hasta 2027. La información, que se perdió en el maremagno informativo y en la mala memoria nacional, aportaba otros datos que deberían haber motorizado —de oficio— a la justicia:

La cúpula de la empresa pertenece a una banda de represores que actuaron durante la última dictadura militar. Héctor Lapeyrade, que era el presidente hasta que falleció de un ataque al corazón, fue procesado por encubrimiento agravado por ayudar a profugarse al teniente coronel retirado Julián Oscar Corres (alias Laucha) —quien también murió—, imputado en crí- menes de lesa humanidad y procesado por torturador. En tanto, Héctor Corres, que es apoderado de la firma y además abogado de la misma, fue procesado en 1971 por el asesinato de la estudiante y activista marpla- tense Silvia Filler y por este delito podría volver a ser juzgado en caso de que se lo caratule como de “lesa humanidad”.

En los setenta, Corres integraba el grupo de pistole- ros nazis CNU (Concentración Nacional Universitaria), de públicos vínculos con el secretario general de la CGT (Confederación General del Trabajo), José Ignacio Rucci. Pero Freddy, el capo de esta curiosa petrolera, bate to- dos los récords: está acusado de haber participado en la represión clandestina y en el entrenamiento de represo- res tanto en la Argentina, como en Guatemala, El Salva- dor y Honduras. En Guatemala, donde permaneció hasta 1981, lo hizo con otros ex Tacuara devenidos agentes del 601, como Juan Martín Ciga Correa (alias Cristo); todos bajo la cobertura de la petrolera Bridas, de los hermanos Bulgheroni.

También se lo sindica como participante en el brutal aten- tado perpetrado el 30 de septiembre de 1974, en Buenos Aires, en el que murieron el general chileno Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert de Prats. El crimen, según Rodolfo Walsh, fue ordenado directamente por Gardener Hathaway, el Station Chief de la CIA en la Argentina, y participaron agentes de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), la CIA y la Policía Federal, bajo el sello Triple A.

En su libro The Condor Years, John Dinges refiere que el actual titular de Chañares Herrados puso en contacto a los agentes de la DINA, Michael Townley y el chileno En- rique Arancibia Clavel, con Aníbal Gordon, miembro de la SIDE y del 601 y jefe de una de las bandas de asesinos que firmaban como Alianza Anticomunista Argentina. Dinges registra un dato muy creíble por lo folklórico: Freddy y los otros agentes argentinos se habrían robado el dinero que les dio la DINA para perpetrar el atentado, provocando la ira de Townley.

Zarattini, uno de los implicados en el magnicidio que prenunció lo que sería el Plan Cóndor de las dictaduras, zafó en esa y otras causas. En 1988 fue detenido con un arsenal en su poder y el presidente Menem lo indultó un año después.

Llevado probablemente por su “camarada” Carlos Du- rich, aterrizó, en septiembre de 1978, en el sótano de la ESMA, para torturar personalmente a otro ex “camarada” de los tiempos de Tacuara que se había “vuelto zurdo”, el “Turco” Jorge Caffatti. “Colaborá, Turco, y te hago zafar”, le susurraba al oído. La tortura tenía un objetivo crema- tístico: ver si podían hacerse con algunos dólares de un secuestro que el prisionero había perpetrado años atrás en París: el de Luchino Revelli Beaumont, uno de los princi- pales directivos de la Fiat.

Pero no todo es materialismo en Zarattini, también sub- siste la ideología nazi. El 2 de octubre de 2012, cuando mu- rió el padre Jorge Grasset, un cura medieval que fue maes- tro de fascistas, confesor del dictador militar Juan Carlos Onganía y abierto defensor de la tortura en el “combate de la cristiandad contra el comunismo”, el titular de Chañares Herrados puso un aviso fúnebre en el diario La Nación, que decía: “Su camarada y amigo Freddy Zarattini, despide igual que siempre con un abrazo en lo alto y una marcha como oración, al soldado de Cristo y custodio de la fe”.

Éste es el empresario nacional y popular a quien el go- bernador kirchnerista Paco Pérez le ha prorrogado la con- cesión petrolera hasta 2027.

A fines de 1977, la organización Montoneros estaba muy golpeada, pero conservaba cuadros con años de práctica, buena parte del rescate pagado por los Born, algunos to- pos infiltrados en las Fuerzas Armadas y de Seguridad, incluyendo la muy gorila Armada y un contacto secreto y mercenario en la propia Casa Rosada, a escasos metros del despacho que usurpaba el dictador Jorge Rafael Videla.

Gracias a este contacto mercenario, la Conducción Na- cional pudo hacerse de varias primicias, como el plan pau- latino de apertura política que el general de división José Rogelio Villarreal, secretario general de la Presidencia, le presentaría a su jefe en 1979. El plan había sido redactado por el radical cordobés Ricardo Yofre, hermano del futuro jefe de la SIDE menemista, Juan Bautista “Tata” Yofre. Era tan gradualista que nunca se aplicó.

Pero la adquisición más valiosa del espionaje montone- ro fue la propuesta de prensa y relaciones públicas para la dictadura militar con miras al Mundial 78, elaborada por la agencia norteamericana Burson-Marsteller, que acaba de ser “descubierta” treinta años más tarde en un armario polvoriento de la Cancillería kirchnerista y difundida con bombos y platillos por el diario oficialista Tiempo Argen- tino. Una de las “revelaciones” que cada tanto produce el gobierno K, exhumando como primicias documentos ya conocidos hace treinta años, como el Informe Rattenbach sobre la Guerra de Malvinas.

En 1977, “Carolina Natalia” —el apodo con que se men- cionaba a la Conducción Nacional dentro de la organiza- ción— puso las 151 carillas del Plan de la BM en manos de los dos secretarios de prensa del MPM: Juan Gelman, con base en Roma y el autor de este libro, que operaba en México. De común acuerdo con Gelman, lo distribuimos a periodistas de confianza en Europa y América Latina, logrando una enorme repercusión.

Manuel Buendía, el columnista mexicano que denunció a la CIA y el narcotráfico y fue asesinado en mayo de 1984 en pleno centro del Distrito Federal, lo publicó el 17 de diciembre de 1977 en su columna diaria en El Sol de México, bajo el título: “Cómo maquillar a un gorila”.

En Interviú de España (que en aquella época tiraba un millón de ejemplares semanales), Alberto Añasco firmó una extensa nota titulada “Cómo vender un Videla”, donde se transcribía la lista de periodistas de distintos países que la empresa norteamericana consideraba “dispuestos a cola- borar con la campaña promocional de la Junta Militar.” Efectivamente, el informe detalla a lo largo de diecisiete páginas las características personales y las ideas políticas de unos cuarenta profesionales de distintos países, dispuestos a realizar “notas positivas” sobre la Argentina militar. Para llegar a esa selección de cronistas mercenarios y al discur- so que debían vender, la poderosa agencia norteamericana, vinculada a Young & Rubicam, aseguraba haber realizado unas cuatrocientas entrevistas en ocho países de América, Europa y Asia.

Algunos periodistas tanteados, que no quisieron quedar como coimeros, describieron la naturaleza oculta de dichas “entrevistas”. El mexicano Luis Gutiérrez Esparza escribió en El Sol que un personero de la Burson, Robert S. Ben- jamin, lo sondeó para ver si quería viajar a la Argentina. Gutiérrez Esparza admite que se “mostró interesado”, pero con una condición: “Siempre y cuando se me permitiera entrevistar a Videla y recorrer libremente el país”. “Cuando Benjamin me preguntó si escribiría un reportaje ‘positivo’, respondí: ‘Seré objetivo’.”

Según algunas fuentes, el contrato entre la dictadura y la agencia norteamericana fue por cuatro años y supuso el pago de medio millón de dólares. La información del topo montonero habló de un millón. Alguien se habrá quedado con el vuelto.

En el informe se transparenta la doctrina a instalar:

La cirugía mayor del nuevo gobierno en la detención de la inflación, sus actos atrevidos en el control de los salarios al mismo tiempo que se les permite a los precios hallar sus niveles naturales en una situación de demanda constreñida, sus acciones para lograr una balanza comercial favorable mediante los incentivos a la producción agrícola y a la exportación, todo ello ha reconquistado algo de la confianza de la comunidad empresaria.

Los periodistas reclutados por la Burson-Marsteller via- jaron a Buenos Aires y lo pasaron muy bien. Además de los almuerzos y conferencias con empresarios y ejecutivos, los llevaron a visitar la ESMA, para mostrarles que todo lo que decían los subversivos en el exterior eran puras calum- nias. Antes habían tomado la precaución de hacer algunas reformas y guardar bajo siete llaves las veinticuatro picanas del sótano.

Dos “informadores” a sueldo de la Marina, el “Bebe” Héctor Agulleiro y el “Bebito” Héctor Sayago, actuaron como hosts de un periodista inglés seleccionado por la Bur- son-Marsteller.

Escoltado por sus colegas argentinos y los marinos, el periodista británico recorrió las inocentes instalaciones, asistió a un reconfortante almuerzo en el Casino y a una instructiva charla sobre la “Guerra contra el terrorismo” que dio el Tigre en el salón Dorado.

En 1979, cuando era inminente la visita de la CIDH, la Burson-Marsteller volvió a tallar, creando, imprimiendo y vendiendo, cientos de miles de obleas engomadas con el eslogan: “Los argentinos somos derechos y humanos”, que miles de patriotas pegaron en la luneta trasera de sus autos. Aunque pocos les ganaron en fervor a los taxistas. El eslogan más “nacionalista” de la historia argentina había sido creado por una agencia yanqui.

Pero esto no es cosa del pasado, como podrán pensar al gunos lectores. La Burson-Marsteller figura hoy en el quin- to lugar en una lista de doscientas cincuenta agencias de publicidad y relaciones públicas de todo el mundo, factura 450 millones de dólares por año y sus clientes son depre- dadores trasnacionales de la talla de Monsanto, que ha es- clavizado la producción agrícola argentina con sus semillas transgénicas y envenenado nuestro aire con el cancerígeno glifosato. Por esta y otras razones, la Burson-Marsteller sigue presente en la Argentina (Rivadavia 620, cuarto piso). Aquí trabajaron para Mauricio Macri en 2004 y 2007, pero también coquetean con Cristina Fernández de Kirchner; en su informe Twiplomacy 2013, la Burson-Marsteller afir- ma: “La cuenta oficial de Twitter de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está entre los diez líderes globales más seguidos en la red de microblogging”. La mandataria —según BM— ocupa el puesto número 10 de una “lista encabezada por el presidente de los Estados Unidos, Ba- rack Obama”.

Todo un tema para Ricardo Forster y su orwelliana Se- cretaría para la Coordinación del Pensamiento Nacional.

Lo más importante, un dato esencial que desmiente reflexiones de varios autores sobre el supuesto conflicto en- tre Washington y el gobierno castrense: en los setenta, la Burson-Marsteller informó de manera oficial que aceptó a la dictadura militar como cliente con pleno conocimiento y consentimiento del Departamento de Estado, cuando ya gobernaba James Carter, aunque los contactos empezaron en el gobierno republicano de Gerald Ford, a través del secretario de Estado, Henry Kissinger, quien autorizó la Nacht und Nebel criolla, siempre que no se extendiera hasta generar un escándalo. En junio de 1978, Kissinger se rego- deó en el Mundial y hasta visitó al equipo peruano en los vestuarios, antes del sospechoso 6 a 0. Así lo testimonió el famoso delantero Juan Carlos Oblitas.

Es cierto que durante el gobierno del demócrata Carter la relación con la dictadura argentina se tornó ambivalente. En el plano diplomático hubo sanciones contra la Junta y actitudes solidarias con los organismos humanitarios por parte de algunos funcionarios norteamericanos, entre los que sobresale Patricia Derian.

Incluso —esto no se reveló hasta ahora— hubo un en- cuentro secreto en México entre oficiales del Departamento de Estado y el secretario general de Montoneros, Mario Eduardo Firmenich. Fue un sondeo para calibrar si la orga- nización revolucionaria que tenía más peso político podría aceptar un proceso de pacificación, como los que luego se producirían en Centroamérica. Firmenich, por su parte, quiso saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar el presi- dente Carter en su política de derechos humanos. No se comprometió a nada e informó del encuentro a los niveles superiores del partido y el MPM.

Pero, por debajo de la superficie, prosiguieron los ne- xos históricos del inframundo. La inextinguible relación clandestina del complejo militar-industrial con los súbditos del patio trasero, que se ha venido destapando en parte con los cables publicados por WikiLeaks. Como decía un servicentro argentino: “Los políticos pasan, pero nosotros estamos siempre”.

El 7 de agosto de 1979, William H. Hallman, consejero político de la embajada norteamericana en la Argentina, y James Blystone, oficial regional de Seguridad, se encontra- ron en la sede diplomática con el responsable de la Fuerza de Tareas 7, de la sección “Reunión Central” del Batallón de Inteligencia 601, la denominación interna del Servicio de Informaciones del Ejército, el temible SIE, en cuya sede de Viamonte y Callao estuvo un tiempo secuestrado (y vejado) el cadáver momificado de Eva Perón. El cable, en el que se informa al Departamento de Estado de dicho encuentro, oculta la identidad real de la fuente, respetando su nom de guerre Jorge Contreras. Tema de la charla: “Represión del terrorismo y la subversión”.

Contreras sostuvo que su Fuerza de Tareas estaba con- centrada en la reunión de información y en el análisis, pero no en las operaciones. Igual que la Fuerza de Tareas 6. Se- gún el hombre de Viamonte y Callao, la tendencia actual era que los agentes que se ocupaban de reunir inteligencia no actuaran a la vez en operaciones, sino que, de acuerdo con la información recolectada, aconsejaran a los operativos el curso de acción a seguir.

Reveló que la Fuerza de Tareas 1 estaba concentrada en la represión del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y la 2, en Montoneros. No informó, en cambio, a qué se dedicaban los agentes de la 3, 4 y 5. Por encima de estas Fuerzas de Tareas se colocaba la unidad “Reunión Cen- tral”, que había sido creada al comienzo del golpe militar y subsistía. Estaba integrada por elementos del Ejército, la Marina, la Fuerza Aérea y la Policía Federal, todos bajo el mando del coronel Alejandro Arias Duval. (Fallecido en mayo de 2012 mientras era juzgado por múltiples críme- nes de lesa humanidad.) Pero relativizó la eficacia de este equipo interfuerzas, porque las distintas armas se reser- vaban los mejores hombres para sus propios servicios de informaciones.

Otro supraorganismo era la sección analítica, dividida a su vez en dos subsecciones. Una dedicada a “chinos” y “rusos”, que espiaba a países comunistas con embajada en la Argentina como Cuba y Corea del Norte, y la sub- sección dedicada a “troskistas”. La mujer de Contreras estaba a cargo de la 1, y el coronel Peña debía lidiar con los troskos.


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