Retrato de un pintor popular que derrochó color y pinceladas

Pérez Célis era en realidad Célis Pérez, un enroque que lo dejó sin un nombre reconocible. Empezó a pintar a los 17 años en el marco de una familia obrera que no entendía que "pintar era un trabajo", relató a la cronista.

Célis, ese gran artista plástico que derrochó color y pinceladas en los cientos de cuadros que ni él mismo se animó a contar- "el día que lo haga dejo de pintar", solía decir- falleció hoy como consecuencia de una enfermedad en la sangre.

No eligió deliberadamente Buenos Aires para morir. Pero la enfermedad lo tomó -literalmente- cuando ya había decidido dejar Miami con su tercera mujer, Tamara, y radicarse definitivamente en la ciudad que lo vio nacer.

"No sé cuál es el detalle que la hace diferente. Pero es distinta de todas. No es una ciudad europea como dicen, porque si estuviera en Europa también sería distinta", decía de Buenos Aires. Y eso que vivió en varias ciudades del mundo.

Con la pasión que siempre le puso a todo lo que hizo, se las ingenió para seguir produciendo, pese a este cansancio desconocido para él que no podía dominar. 

Arrancó muy temprano con el pincel. Desde la adolescencia se atrevió a desafiar a su familia obrera, que vivía en el barrio de Liniers, y "que estaba convencida de que la pintura no era un trabajo", le contó a esta cronista.

"La primera exposición la hice a los 17 años en una vieja galería que se llamaba La Fantasma, en San Telmo. No sé cómo llegué con las telas y cartones, pero recuerdo que salió la primera nota periodística en el diario Democracia. Ese día me trajeron el desayuno a la cama", recordaba el artista con una sonrisa. 

Pérez Célis era en realidad Célis Pérez. Un enroque divertido que eligió para firmar sus producciones y que inevitablemente tenía que explicar a todo periodista joven que lo entrevistaba por primera vez.

Solía decir que ni la mayor imaginación lo habría llevado a pensar que haciendo algo que le gustara tanto como pintar podía haberlo hecho vivir como vivió. "Soy un inconsciente que me dejé llevar", confesó.

El artista ha dejado huella en varios espacios públicos como la Universidad de Morón, la Universidad de Belgrano o el Patio de Madera en Rosario.

Sus trabajos -muchísimos de grandes dimensiones- se exhiben en galerías internacionales y museos como el de Arte Moderno de Buenos Aires o el MOMA de Nueva York.

Hay publicaciones sobre su vastísima producción en diferentes idiomas y muchísimos libros sobre su obra escritos por Gastón Diehl, Rafael Squirru, Ted Castle y Peter Frank.

Ilustró un bellísimo "Leaves of Grass" de Walt Whitman, traducido por Jorge Luis Borges. Ganó premios. Es ciudadano ilustre de Buenos Aires.

De Pérez Célis quedan muchas cosas: queda ese primer plano de Quinquela Martín mirado desde atrás por el pintor que lo pintó-él mismo-; queda su autorretrato oscuro -quizás el más oscuro de toda su obra-; quedan los retratos de las mujeres que amó, Sara, Iris, Tamara.

Quedan sus colores fuertes, apasionados. Quedan sus hijos, la actriz María José Gabín y el diseñador Sergio Pérez Fernández.  Y queda su mural en la cancha de Boca, "Mitos y destinos", como un testimonio de lo que él mismo sentía cuando cada domingo se sentaba a gritar como un hincha furioso por su club. "El fútbol es una actividad que considero superior, porque debe ser la única donde el hombre no usa las manos. Eso le da una originalidad increíble", definió.

Le enorgullecía sentirse un pintor popular. Que lo reconocieran en la calle y hasta disfrutaba de no pertenecer a ninguna elite. "Yo atiendo tanto a La Nación como a un periódico barrial, porque llegan a lugares y a gente que no puede acercarse a una galería, a un museo, y mucho menos conocer a un artista", se ufanaba de decir.

Pérez Celis era un hombre apasionado. Entrar a su taller de Barracas - un gigantesco loft en el edificio "Central Park" era entrar a la dimensión de un torbellino que se fascinaba haciendo fascinar a sus invitados.

Era un obsesivo y disciplinado de su trabajo -pintaba desde muy temprano a la mañana, todos los días-; era un maniático divertido con algunos gustos culinarios -prohibido ponerle crema a una comida "porque no hay ningún animal adulto que tome leche"-, un gran amigo y un hombre encantador, como casi todos los artistas.  

En vida no se animó a decir si su arte podría trascender. "¿Quién puede saber eso?", repreguntaba. De lo único que estaba seguro era de que "los cuadros son como los hijos: una vez que nacen tienen vida propia".

Por eso no tenía lo que él llamaba el "sentido de la propiedad", porque si a alguien le gusta un cuadro y se lo lleva está bien, porque el cuadro tiene su propio destino", decía.

Es una lástima que el destino ahora lo haya elegido a él, cuando tenía 69 años.
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