Sbaraglia jaquea la dominación del cuerpo por el poder

Leonardo Sbaraglia, junto al músico Fernando Tarrés, pone en escena "El Territorio del Poder", una obra que busca demostrar la esperanza del hombre para salir de la subyugación.

El cuerpo humano ha sido utilizado como una herramienta de poder a lo largo de toda la historia, como así también el mismo poder se ha apropiado de nosotros y nos obliga a trasladarnos hacia los sitios establecidos por quienes poseen el control. Sin embargo, aún tenemos la capacidad (oculta o no) de poder detectar esos momentos y lograr desprenderse de esa opresión.

Dicha concepción es la que transmite "El Territorio del Poder", una obra protagonizada por el prestigioso actor Leonardo Sbaraglia y el músico Fernando Tarrés, la cual se presentará por primera vez en Mendoza esta noche a las 22 en el Cine-Teatro Plaza, en Godoy Cruz, en el marco del cierre de la Semana de las Letras 2015.

Con una innovadora mezcla de representación teatral y utilización de música y sonidos, que la dupla Sbaraglia-Tarrés ya utilizó hace tres años en "RW", la obra consta de varias escenas en las cuales el actor interpreta, a modo de monólogo, distintos personajes en diferentes contextos históricos a lo cual los une el afán de poder y la dominación, usando los cuerpos como medios de conquista. Todo ello acompañado con las piezas musicales y de sonido del compositor.  

Sbaraglia y tarres

Sbaraglia y Tarrés.

Sbaraglia y Tarrés, este último director artístico de la puesta y encargado del arte visual, están acompañados por el violinista Damián Bolotín y el trombonista Pablo Fenoglio.

A continuación, la entrevista que Leonardo Sbaraglia brindó a MDZ, donde cuenta algunos detalles de la obra, sus principales características y lo que buscan transmitir al espectador.

"El Territorio del Poder" explica el desarrollo histórico que ha tenido el uso del cuerpo humano como elemento de uso del poder. ¿Puede decirse que la obra muestra uno de los costados más descarnados del hombre?

Sí, pero también apuesta al hombre. La obra tiene que ver con que el poder se ha apropiado del territorio de nuestros cuerpos, de nuestros deseos, de nuestras posibilidades, empujándolo hacia los lugares funcionales al sistema en diferentes momentos de la historia. Pero más allá de la dureza de algunos textos, tiene una mirada muy optimista sobre la humanidad. El hombre ha sido capaz de muchas atrocidades, pero es también una fuente inagotable de belleza, creatividad, deseo y luz.

La obra adapta, básicamente, escritos de Michel Foucault y Elías Canetti, dos de los escritores más importantes del siglo XX en materia filosófica y sociológica. La transmisión de esos textos al espectador ¿requirió un gran esfuerzo de reinterpretación?

El proyecto ha sido y sigue siendo un gran desafío para mí. Y eso es parte de la razón por la que me apasiona hacerlo. Tiene que ver con una posibilidad de desarrollo personal. 

Igualmente, la dramaturgia de la obra no es compleja. El tema es profundo y moviliza cosas muy profundas, pero el lenguaje con el que lo abordamos es llano. Además, la tensión dramática de la obra y todos los estímulos que el espectador recibe desde el escenario, donde hay música, palabra e imágenes, nos mantiene a todos viajando juntos por estas diferentes historias y escenarios de la historia humana.

Son varios los personajes que se van sucediendo a través de la obra, ¿hay una conexión emocional entre ellos?

No, pero hay una experiencia en común: el poder. Ya sea como receptores o como emisores, o en ciertos casos ambas cosas a la vez, el poder nos habita y habita a estos personajes. Eso los conecta y a la vez nos conecta a todos con ellos.

Precisamente por eso, para que esa identificación no sea abrumadora, es que la obra trabaja continuamente con un acercamiento-distanciamiento que nos permite a todos, tanto al público como a nosotros, respirar y, al mismo tiempo, empezar a vislumbrar las posibles salidas al problema.

¿Qué tan importante es el uso del sonido como herramienta comunicativa en esta pieza teatral?

Fundamental. Ese está siendo el mayor de mis aprendizajes como actor al lado de estos grandes músicos y artistas. Entender a la palabra no solo como entidad significante sino también como entidad sonora. La palabra tiene la fuerza concreta del significado. Pero la música tiene la fuerza invisible de la percepción.

Un sonido puede transportarte en un atracción de segundo a un tiempo y un lugar remoto y hacerte experimentar una emoción con la misma vividez que la primera vez. Como decía Borges, la música sirve para llegar allí donde la palabra no llega.

Desde que presentaron "RW" en el año 2012, ¿cuáles son los avances técnicos que desarrollaron y llevaron a cabo con esta obra? Además ¿se apreciarán modificaciones con respecto a las presentaciones de los últimos dos años?

Sí, claro. La obra es un trabajo en contante desarrollo y mutación. Fernando Tarrés y yo venimos ahondando más en los recursos y posibilidades artísticas que nos ofrece este formato multimedia. 

No sólo cada función difiere de la anterior por la improvisación y la emoción propia de cada noche, sino que además vamos modificando el contenido continuamente, cambiamos textos, modificamos el orden en que los relatos aparecen, y también fuimos incluyendo algunas canciones. 

Es un continuo descubrir y maravillarnos, y poder vivir eso entiendo real con el público es una experiencia muy linda para todos. El estar en medio de ese vértigo constante obviamente emana una energía muy particular que le llega al público.

¿Qué es lo que esperan lograr entre los espectadores, tanto en el desarrollo como en la finalización de la obra?

La idea es hacer sensible a la gente con muchas cosas que tienen que ver con estos asuntos que modifican y condicionan tanto nuestra vida sin que nos vayamos dando cuenta, para empezar a encontrar y a registrar cada vez más esa especie de opresión que hay ya normalizada en los cuerpos, porque esto es una construcción histórica larguísima y compleja. 

La idea es empezar a encontrar aquellas grietas, aquellos elementos que al ser humano le den las herramientas para desobedecer aquella orden inhumana que nos hace legitimarla y muchas veces hasta buscar la reproducción de esa orden inhumana.

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