Hacia una receta para vivir cientos de años

Científicos de una universidad norteamericana, trabajan en la determinación de los patrones genéticos que nos hacen, por acción u omisión, envejecer. Mediante la manipulación de las señales del circuito genético que hay en el interior de las células, buscan demorar las señales de daño o accidente celular. La intención es detener el envejecimiento, aunque ¿para qué?

“No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino”.

El Inmortal, Jorge Luis Borges.



Hay gente que se dedica a cosas sumamente curiosas. Es el caso de Stuart Kim, de Stanford University School of Medicine, de Estados Unidos. El hombre, luego de comparar las escalas genéticas del hombre con la de un gusanito sumamente sencillo (llamado caenorhabditis elegans) ha llegado a determinar que la velocidad con la que envejecemos puede ser reducida si se opera sobre el circuito genético que hay en el interior de las células, justamente aquel que controla el nivel de deterioro de nuestras células.

En otras palabras, lo que Kim está diciendo es que es posible detener ostensiblemente nuestro ritmo para ponernos viejos; esto es: alargar nuestra vida.

Si tenemos en cuenta que hay árboles que viven durante varios siglos, que hay almejas que mantienen su latido durante 400 años y ballenas que andan por ahí vivitas y coleando durante 200 años, los estudios de Kim lejos están del disparate, en una época de la especie humana en la que cualquier perejil llega a los noventa años, el doble de lo que vivía la gente hace unos siglos atrás.

Normalmente, los científicos sostienen que nosotros envejecemos porque vamos acumulando daños, algo similar a lo que le ocurre a los metales cuando se oxidan. Sería así: envejecemos porque está escrito en nuestras células que así tiene que ser y que la vida (como sostenía el maravilloso poeta Francisco de Quevedo) supone la muerte: el sol nos da vida y también nos la quita y encima vienen las enfermedades, los bichos que viven de nosotros, los radicales libres (que son políticamente incorrectos), los productos químicos y el cansancio existencial, porque, al final de cuentas, uno se muere cuando quiere y cuando puede: de a poco, porque nacer es empezar a morir.

Sucede, ahora, que parece que hay ciertos genes maestros (como los que, por caso, fabrican proteínas) que si uno los incentiva y manipula de determinada manera, se dedica a fabricar juventud, nada menos. Envejecer, entonces, ya no sería un hecho obligado por nuestra participación en el ciclo vital de este planeta, sino que más sería un accidente de la evolución, que es lo que sostiene Kim, a la sazón, profesor de desarrollo biológico y genético.

Lo que el científico ha hecho es estudiar la evolución del caenorhabditis elegans en su corta vida, aunque semejante en escala a la del hombre: cuando el gusanito vive tres días, nosotros vivimos veinte años y cuando llega a los dieciocho días, pues nosotros ya somos ancianos de noventa años, más o menos.

Así, el asunto Kim sigue los cambios de los genes maestros del gusano y llega a sus conclusiones, a partir de los cambios de actividad que manifiestan ante factores a los que nosotros diariamente nos enfrentamos: calor, productos químicos, cambios de temperatura, enfermedades y etcéteras. Y aquí vino la sorpresa: “Cuando expusieron a los gusanos al calor, a los radicales libres y a otros factores que alteran negativamente el ADN no encontraron ninguna alteración en el sistema de los genes ligados al envejecimiento. Por tanto este sistema no dejaría de funcionar por factores exógenos, sino que estaría programado para hacerlo así”, explica en una nota al respecto del portal neofronteras

El tema ahora, para la científicos de Stanford, es llegar a determinar cuál es el mecanismo evolutivo que hace que el gusano, teniendo una escala genética similar a la nuestra, no envejece con la velocidad con que nosotros lo hacemos. Esto significa que el gusano evita de mejor manera que nosotros el accidente genético y, a escala, vive más.

De este modo, resulta que si los científicos, con Kim a la cabeza, llegan a determinar cuál es el mecanismo del gusano, pues viviremos muchos más años de los que vivimos ahora, porque el proceso de envejecimiento sería demorado o tal vez detenido activando ciertos genes y desactivando otros. 

Sería, tal vez, una forma de curación de una enfermedad que hasta ahora parecía como irremediable. Sin embargo, está bien que nos preguntemos si la vejez es una enfermedad o una forma más de la vida, tan bella como la infancia y también, en última instancia, si queremos vivir mucho tiempo. ¿Se imaginan lo que sería el mundo si siempre fuésemos jóvenes, como Mirtha Legrand o Graciela Alfano? 

La eternidad también puede ser un castigo, un padecimiento eterno, algo en lo que el arte (y no la religión) ha tomado como difundido tema a lo largo del la historia.

Baste con repasar sólo tres obras acertadas al respecto como el “Poema de Gilgamesh” o los cuentos “El Inmortal” y “La casa de Asterión”, de Jorge Luis Borges. 

En fin, dejemos a Kim en lo suyo, pero tengamos en cuenta que el día en el que, efectivamente, descubramos que somos eternos, comenzará nuestro camino de retorno simbólico hasta el útero, nuestro cansancio de la eternidad. Y serán premiados aquellos científicos que nos hagan vivir sólo aquel lapso de tiempo que sea necesario. Ni un minuto más.

Así somos, y por eso mismo, todo paraíso es imposible.

Opiniones (1)
21 de septiembre de 2017 | 05:58
2
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21 de septiembre de 2017 | 05:58
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  1. imaginen a Jaque apelando a la reelección dentro de 30 años....Dios nos libre!
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