¿La primera novela del poskirchnerismo?

Germán Baraja es el personaje central de la novela "Que todo se detenga", de Gonzalo Unamuno.

Así como el Titanic un día se fabricó y un día se hundió, y tanto la modernidad megalómana como el optimismo del capitalismo que representaba se hundió con él, la vida de Germán Baraja (“Me presento. Germán, único nombre. Baraja, único apellido”), personaje central de la novela de Gonzalo Unamuno se puede también definir en dos momentos, el que va desde que la abuela le decía “sos la esperanza de la familia”, hasta el que en su divagar constante (“Pienso, pienso mucho”), reconoce que “como todo producto de occidente me siento una víctima, un desperdicio”.

¿Qué sucedió en el medio, durante esas décadas? Una vida. Una superposición de decepciones, que van de la familia a las mujeres, de la cocaína (ya no es de la misma calidad que antes) a la política. Mientras tanto, una época termina: su madre está muriendo. De ella le queda un recuerdo: “Filosofía para principiantes, único regalo que me hizo o el único que valoro”.

La novela cubre tres días de la vida de Germán, organizados hacia atrás, de domingo a viernes. Así, desde el mismo principio sabemos que difícilmente habrá una revelación que nos ponga en la pista de un milagro, de una sorpresa, incluso de futuro. La trama (que no es tal) es lo que nos transmite la interioridad de Germán, un hombre desilusionado por casi todo, que se gana la vida escribiendo textos para una revista subvencionada por una embajada, y que está a punto de ser padre producto de una relación circunstancial, paternidad que Germán no acepta como verdadera, o no quiere creer verdadera.

Quizá la ferocidad con la que Germán enfrenta la realidad es la sensación de que se avecina una época nueva, porque la familia de la que reniega, pero en la que se refugió (y lo hizo) cuando no tenía ni dónde ni cómo vivir de manera independiente, se está extinguiendo. En breve el centro de la familia será él. La carta que le escribe a la madre a manera de despedida, que quizá ella nunca llegue a conocer, nos permite entender la relación que hubo entre ambos.

El ritmo de esos tres días está marcado por la paranoia, por la cocaína, por su ausencia, por la necesidad de comprarla y la dificultad pagarla. Y como suele pasar, la derrota acarrea a otros derrotados. Ya lo dijo Unamuno en un reportaje: “El personaje es un nihilista que está en contra de todo (…) se pone el foco en la cuestión política, quizás un poco sugestionado por mi apellido o porque él es un militante, pero el tipo está en contra de la madre, de la ex novia, de sus amigos, de la política. Además que tiene una imposibilidad para interactuar, es un derrotado. La épica de los derrotados, fracasados o venidos a menos me fascina”. De ahí la escena del vecino que le golpea la puerta para ofrecerle los restos de un asado para al fin intentar intercambiar sexo por cocaína, o dinero.

Luego está la militancia. La novela fue promocionada como una novela del poskirchnerismo porque el personaje, generacionalmente, pertenece a ese grupo al que le mostraron la política como un camino y que luego asistió a su farandulización. Su editor, Gonzalo Garcés, menciona en la contratapa que esta sería “la primera novela del poskirchnerismo”, algo que cuesta encontrar en la lectura. En todo caso, la decepción por la vida que siente Germán, incluye la decepción por la política, que incluye el peronismo, y por supuesto el kirchnerismo. Aunque esta sea sólo una idea para justificar la mirada de Garcés.

Por momentos es la novela de un hombre enojado. Por momentos la de un cínico que dejó de creer y se burla de los que aún creen. Mientras tanto, a su alrededor, el mundo sigue adelante: amigos de la militancia que se volvieron una pareja estable (ella, una ex novia de él), una hermana que intenta encauzarlo, una editora que le tiene paciencia y cree en su inteligencia. Y en medio, el gran gesto burgués, porque Germán acaba de comprarse un departamento, que por lo que describe (oscuro, sin gracia) no servirá para sacarlo de sus meditaciones tremebundas. Pero la vida también se manifiesta en eso: los restos de una herencia que sirven para asegurarse un techo, como suelen hacer los burgueses pero también el nihilista Germán Baraja.

Germán deja que la vida lo atraviese de tal forma, sin luchar contra ella (quizá consideró lucha el pasado, su militancia), que es inevitable recordar El extranjero de Camus, que también comienza con la muerte de la madre, horas más, horas menos. Meursault como Baraja, mira la vida con indiferencia, y si bien Baraja no mata a nadie, no llega a rebelarse hasta ese punto, ni siquiera llega a traicionar como un personaje de Arlt, no deja de pagar un poco por esa inercia, por esa indiferencia, por darle la espalda a la vida: “No maté a nadie a costa de morir un poco yo”, dice.

Aquel Meursault, que sí mata y luego ni siquiera se defiende, ha devenido en este hombre, que se dejaría dominar por la cocaína si pudiera, dejaría en sus manos (es un decir) su misma vida. Lo que en la novela de Camus parece fundacional (mientras hombres luchan en la guerra por la supervivencia de los valores de occidente, él deja de luchar por él y por el futuro), acá se ve exagerado, casi ilógico, pero ha pasado el tiempo, y el personaje de Unamuno carga con décadas de decepción, las propias, las de sus amigos; y al fin la derrota de toda una cultura. Esto se manifiesta fundamentalmente en el largo y notable monólogo o soliloquio final de la novela, donde no se salvan ni los símbolos, ni los mitos, de una cultura que Baraja entiende tan derrotada como él.

Pero su soledad, el alejamiento de su familia, la muerte de la madre, escapar de los intentos de su hermana de protegerlo o cuidarlo, el hijo que no desea, es su última derrota. Su última derrota es intentar mostrarles a todos que la vida es una mierda, y fracasar. Porque el mundo sigue adelante. Con sus buenas y sus malas, pero sigue. Y las posibilidades de subirse a este barco, que quizá naufrague como el Titanic, pero quizá no, están a punto de expirar. Germán tiene que elegir. Pero esa es otra historia.

Gonzalo Unamuno nació en Buenos Aires en 1985 y pertenece a una familia de larga tradición peronista. Como poeta ha editado los libros De otra luz (2007), El vermú de la gente bien (2009) y Distancia que nadie ocupará (2011). Integra el programa de radio sobre literatura “Guardia con la joven”, y tiene inédito el ensayoPeronismo y literatura. 

Fuente: Télam

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8 de Diciembre de 2016|15:25
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