Franz Kafka: Hacia una ontología política

Pensar en Kafka es pensar desde la perturbación, sin descanso ni sociego, el pensamiento aparece estrellado contra su propia naturaleza.

 La promesa

El ciclo de las postergaciones es central en la obra de Kafka. Analizar los pormenores de esa conducta es el objeto final de esta nota.

Durante el invierno de 1915, Kafka anota en su diario: "Las promesas de cualquier especie de felicidad se parecen a las esperanzas de vida eterna". Su obra, regida por la pesadilla, es un alegato contra el orden del universo, su escritura pone en entredicho a la realidad misma. Entre sus páginas encontramos párrafos de conmovedora desesperación. Para el joven Kafka, la felicidad es algo lejano, tan deliberadamente ajeno, que sólo puede comparase con una promesa. Y no con cualquier promesa, sino con una promesa que no puede tener lugar en este mundo. Que no puede saldarse sino mediante la muerte. Y es tan lejana y tan ajena que sólo puede ocurrirle a un otro. Es que Franz está convencido de que no hay lugar en este mundo para él, ni destino posible. ¿Cabe preguntarse dónde nace esa percepción? ¿Puede un ser quedar excluido-desterrado de la posibilidad misma de ser? ¿Puede el ser anularse en la posibilidad del ser mismo?

La postergación

Para Kafka, el ser no basta para confirmar existencia, uno podría pensar si no hay ser no hay vida. Pero el laberinto kafkiano agota los artilugios de la razón y la pone en entredicho. La desarticula. En la ontológica kafkiana, el ser permanece oculto, postergado, escondido.

Muchas veces se ha señalado que el de Kafka es tambien un destino colectivo, comparándolo con el del pueblo judio y su eterno destierro. No creo en esa mirada. Kafka no imaginó ningún destino, ningún camino posible, menos uno colectivo.

Pero sí fue capaz de desarticular el entramado de lo real y mostrarnos su irrelidad misma. Y es por eso que la ontología en Kafka es una ontología política.

Kafka desarticula la realidad al mostranos su irrealidad y pone a la ontología política al borde del abismo. Pensar en Kafka es pensar desde la perturbación, sin descanso ni sociego, el pensamiento aparece estrellado contra su propia naturaleza. Una ontología donde el ser permanece continuamente postergado, oculto, escondido. Por tanto, podemos concluir que la práctica política en Kafka es también una práctica de la postergación.

Esta práctica política de la postergación se cristaliza en el relato Ante la Ley. En este relato vemos claramente cómo el derrotero de la ley es contrario al derrotero de lo humano. La ley aparece como una contra-naturaleza, una fuerza que se resiste a que lo humano penetre en su estancia. En las estancias de la ley no hay lugar para la condición humana. Y su naturaleza es la inaccesibilidad.

La inaccesibilidad ante la ley expresa la representación kafkiana del derecho. Los hombres no son suceptibles de derechos sino todo lo contario y la ley está ahí para garantizar esa inaccesibilidad. Si la ley debe igualar a los hombres debe hacerlo en orden a su inaccesibilidad, es decir, debe hacer accesible a todos su inaccesibilidad.

Si alguien puso al sitema jurídico de rodillas, ese fue el joven Kafka.

La verdad como incertidembre y ausencia

A diferencia de otros escritores, Kafka nunca recurre a la invocación de poderes sobrenaturales, por el contrario, sus textos suelen ser deliberadamente triviales. Su prosa, escrita de manera humilde y aterradora, es capaz de las más monstruosas descripciones.

En la representación kafkiana el orden supuesto es sólo la simulación de la verdadera metáfora. Lo que subyace de manera esencial es lo inextricable, lo profundo, lo indecible de la naturaleza humana.

A Kafka lo agotaba la idea de la verdad, el ausente en el discurso, lo que yace porque no está y se ha ido. Seguramente, Kafka se dijo: busco no porque haya algo que encontrar sino porque hay algo que perder. En este sentido, es lícito afirmar que padeció el exilio divino. Pero Kafka, habituado al destierro, sufrió menos el ostracismo que la idea ambigua de la búsqueda, el objeto que ausente se persigue y sin embargo se sabe aterradoramente ilusorio.

Rastrear a los precursores de Kafka es una labor ardua pero no imposible. Podemos citar, entre otros, a Kierkegaard, Bloy, Lord Dunsany o Robert Browning. Dos nombres se me ocurre agregar a este catálogo: el primero es Miguel de Montaigne, el segundo el de Horacio. En cuanto al primero, me refiero a un pequeño párrafo que transcribiré a continuación: "Alguien hojeando el otro día mis apuntes encontró una nota de algo que yo quería que se ejecutara después de mi muerte; yo le dije, como era la verdad, que hallándome cuando la escribí a una legua de mi domicilio, sano y vigoroso, habíame apresurado a asentarla, porque no tenía la certeza de llegar hasta mi casa". La segunda cita explica y completa la primera: "¿Por qué en una existencia tan corta formar tan vastos proyectos?". Dentro de los pormenores de la vida que designamos como realidad, hay un sin fin de conductas que podríamos llamar kafkianas. Tanto en el caso de Montaigne como en el de Horacio, la afinidad sugerida no pretende ser extensiva al resto de sus obras.

En El Golem, de Gustav Meyrink, los sueños son espejo del mundo. Hace algunos días soñé con Kafka. La escena se desarrollaba en el ámbito de un gran salón rodeado de oscuridad. En el extremo, a unos cien metros, un hombre de aspecto ordinario me miraba, la delgada figura apoyada en el borde del umbral semejaba una marioneta. Animado por la curiosidad, recorrí la distancia que nos separaba, ese hombre era Kafka. Apenas pude reconocerlo, la visión desapareció.

Por Carlos Córdova


ANTE LA LEY

Franz Kafka

Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se acerca a este guardián y le ruega que lo deje entrar. El guardián dice que ahora no puede franquearle el paso. El campesino reflexiona un momento y pregunta si podrá entrar más tarde.

-Es posible -contesta el guardián-, pero no ahora.

La puerta de la Ley está abierta, como siempre; el guardián se aparta un poco y el campesino se agacha para mirar a través de ella hacia el interior. El guardián se ríe al verlo y le dice:

-Si tanto te atrae, trata de entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten presente mis palabras: soy poderoso, pero soy el guardián más insignificante. En las estancias que se suceden hay guardianes cada vez más poderosos. Ya la visión del tercero es tan insoportable que ni siquiera yo la puedo tolerar.

El campesino nunca ha pensado toparse con semejantes dificultades; él cree que la Ley debe ser asequible para todos, en todo momento, pero ahora, cuando se fija mejor este guardián de larga pelliza, de gran nariz puntiaguda y de rala y negra barba a lo tártaro, piensa que lo mejor es esperar hasta que se le permita entrar. El guardián le alcanza un banquillo y le deja sentarse al lado de la puerta y allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos de entrar, fatigando al guardián con sus súplicas. En numerosas ocasiones, el guardián lo somete a pequeños interrogatorios, preguntándole por su tierra natal y por muchas otras cosas, pero sus preguntas son frías, desinteresadas, como las que hacen los grandes señores. Y al final el guardián siempre repite que aún no le puede franquear el paso. El campesino, que se ha equipado convenientemente para su viaje, utiliza todo lo que trae, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este no rechaza nada, diciendo:

-Sólo te lo acepto para que no creas que has hecho todo lo posible.

A lo largo de muchos años, el campesino observa casi ininterrumpidamente al guardián. Se le olvida los demás guardianes. El primero le parece el único obstáculo que le impide el acceso a la Ley. Maldice su presencia, durante los primeros años sin contemplaciones y en voz alta, pero luego, al hacerse más viejo, sólo rezongando para sí. Empieza a chochear y, tras pasar tantos años escudriñando al guardián, habiendo descubierto las pulgas que pululan en su cuello, les ruega que lo ayuden a ablandarlo. Por último, se le debilita la vista. Ya no sabe si anochece o lo engañan los ojos. Pero en medio de la oscuridad percibe ahora un resplandor que emana de la puerta de la Ley. Su vida se agota. Antes de morir, todas las experiencias de ese largo período se condensan en su cabeza, en una sola pregunta que aún no ha formulado al guardián. Le hace señas, para que se agache, porque su propio cuerpo, ya endurecido, no le permite incorporarse. El guardián tiene que inclinarse profundamente sobre él, pues el hombrecito se ha encogido mucho.

-¿Qué es lo que todavía quieres saber? -pregunta el guardián-, eres insaciable.

-Todos aspiran a la Ley -dice el hombre-.

-¿Cómo se explica entonces que en tantos años, sólo yo haya pedido entrar en ella?

El guardián se da cuenta de que el hombre está a punto de morir y, para que aún lo pueda oír, le grita al oído:

-Nadie más podría entrar aquí, porque esta entrada era sólo para ti. Ahora mismo la cierro.

PROMETEO

De Prometeo informan cuatro leyendas. Según la primera, fue amarrado al Cáucaso por haber revelado a los hombres los secretos divinos, y los dioses mandaron águilas a devorar su hígado, perpetuamente renovado.

Según la segunda, Prometeo, aguijoneado por el dolor de los picos desgarradores, se fue hundiendo en la roca hasta compenetrarse con ella.

Según la tercera, la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas lo olvidaron, él mismo lo olvidó.

Según la cuarta, se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio.

Quedó el inexplicable peñasco.

La leyenda quiere explicar lo inexplicable.

Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable.


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