Literatura sin ñoñerías para los primeros lectores

Entrevista con Raquel Franco y Diego Bianki, dos de los responsables de la editorial argentina que ganó el premio Best Children’s Publisher 2015, en Bolonia, Italia.

Un padre que trabaja de noche y que encuentra la manera de estar con su familia a través del desorden de juguetes que su esposa y sus hijas dejan todos los días; un niño que vive solo en la playa y que descubre la palabra “casa”; otro niño que descubre un maravilloso mundo más allá de la ciudad, adonde va con su madre y el novio de esta; cuentos de todas las regiones del planeta; un abecedario para los más pequeños pero planteado desde los verbos o libros-árboles, es decir, ediciones realizadas con tapas de papel reciclado que contiene semillas, de manera que, luego de leerlo, se lo planta y crece un jacarandá.

La lista de propuestas puede continuar, extenderse mucho más aún, pero como muestra nos alcanzan estos botones. ¿Muestra de qué? Muestra de cómo y por qué una editorial argentina recibió en abril el premio Best Children’s Publisher 2015 en Bolonia, Italia, un reconocimiento a la innovación y la creatividad en las publicaciones.

Estamos hablando de Pequeño Editor, un proyecto editorial que comenzó en el 2002 y que ahora alcanza el reconocimiento internacional gracias a sus libros álbumes y a una línea editorial dirigida a los primeros lectores, pero partiendo de la base de un respeto por el texto, la ilustración y el lector que da como resultado libros que están un paso más allá de lo que comúnmente se puede hallar en una librería en la sección de literatura infantil.

Raquel Franco es la directora general de Pequeño Editor y Diego Bianki (además de artista) es el director de arte. MDZ Online compartió un extenso y riquísimo diálogo con ambos en el local de la editorial, en donde crece, en una suerte de pecera de vidrio, uno de los ejemplares del libro-árbol Mi papá estuvo en la selva, de Gusti y Anne Decis (por cierto, uno de esos libros-árbol, cuya tirada es de apenas 40 ejemplares, será plantado en Mendoza).

Libro árbol


“Nos interesa ese momento de los chicos”, explica Raquel respecto de las edades a las que están destinadas las obras publicadas por la editorial, y agrega: “Nos interesa por el fomento a la lectura, nos interesa porque es un momento formativo muy particular, porque es el inicio de un camino lector que los puede acompañar toda la vida o no”.

Por su parte, Diego asegura que “este es un momento muy efervescente” en el mercado editorial destinado a los niños, “sobre todo en Argentina”, destaca, refiriéndose tanto a la aparición de otras editoriales también con propuestas muy interesantes como por el empuje que se les da desde el Ministerio de Educación de la Nación a partir de compras masivas destinadas a escuelas y bibliotecas.

“Hay estadísticas que publica la Cámara del Libro acerca de que el sector tuvo en cinco años 33 por ciento de aumento en rendimiento y ventas. Eso, comparado con el resto de la literatura en general, es enorme”, aporta Diego como dato necesario para entender la aparición de tantas y tan buenas editoriales de literatura para pequeños lectores y como preludio de una conversación que desmenuzará varios aspectos de las publicaciones de la editorial y de los libros destinados a los primeros lectores.

- Respecto del libro álbum en particular, se puede apreciar que hay una oferta renovada, ¿pero cuáles son los aspectos más fuertes de esta oferta renovada, de los autores y de los editores?

Raquel Franco: Sobre el libro álbum en sí, Ruth Kaufman, nuestra socia y editora, dice algo muy interesante, y es que pocas veces uno puede asistir al surgimiento de un género literario, y eso es lo que ha pasado con el libro álbum, es un nuevo género. Ya lleva unos años, pero en la historia de la literatura infantil es absolutamente reciente, por lo menos en el mundo hispanohablante, el mundo francófono lo ha visto aparecer antes.

Diego Bianki: Sí, pero, no obstante, es reciente también allá.

R.F.: Por supuesto, porque, por ejemplo, la novela, el cuento, tienen centenares de años, en cambio el libro álbum, que tiene tal conexión entre imagen y texto que una cosa no se puede leer sin la otra, que el sentido no se completa si uno no lee en relación imagen y texto, es nuevo, es reciente, y lo que ha empujado su aparición es un nuevo y enorme camino en la ilustración, y una nueva manera de escribir.

Diego Bianki


- ¿Qué ofrecen de nuevo los autores e ilustradores para que suceda esto de atraer al público infantil a la lectura, y más en esta época?

R.F.: En primer lugar, mi hipótesis es que el libro álbum es una creación de los ilustradores, no de los escritores, de los ilustradores con mirada textual, de los creadores que tienen, además, el lenguaje visual como herramienta. El creador que tiene el lenguaje visual es el que mejor puede desarrollar un libro álbum, a veces con escritura de su propia mano y a veces con el apoyo de otros. Hay autores integrales como Diego, como Isol, y hay autores que tienen el apoyo de un coequiper que hace el texto. Pero estos libros tienen tal despliegue visual, que han transformado mucho el modo de leer y se han convertido en algo superatractivo y muy distinto a lo que nosotros consumíamos cuando éramos chicos como libro infantil.

- Eso está más que claro, lo que nosotros consumíamos era casi en su totalidad texto.

R.F.: Y la ilustración decía lo mismo que decía el texto, era literal.

D.B.: La diferencia hoy está en la ilustración, y en esa interacción entre el texto y la imagen lo que se busca es un complemento. La ilustración no necesariamente debe decir lo que el texto te está contando. Por otro lado, también es muy cierto que es difícil conseguir textos para hacer álbumes ilustrados. Pero hay que romper con ese estigma, porque por lo general el escritor no está muy interesado en hacer libros álbumes, recién ahora hay algunos que están comenzando a modificar su impronta y pensando en participar en este género. Para nosotros era muy complicado conseguir textos, y una manera de conseguir esos textos fue dirigir la mirada hacia la poesía, que en muy pocas palabras dice cosas muy potentes. Y la poesía fue muy aliada de nosotros en la creación de los libros álbumes que empezamos a hacer desde el inicio, de hecho, hasta el día de hoy seguimos publicando poesía, un género al que la gente le tiene mucho miedo porque piensa que no va a entender lo que le están contando, y también hay un poco de idolatrar la poesía, porque en la escuela se trabaja la poesía pero nunca ilustrada, entonces nosotros nos propusimos incorporar la poesía al álbum ilustrado y conservar el poema tal cual, lo que hacemos, publicándolos con la forma original al final de cada libro, de manera que el entorno lo puede haber fragmentado, interactuando el texto con la imagen, pero también conservando el espíritu original del texto.

- Decís que los autores no estaban interesados en introducirse en este mundo del libro álbum, ¿a qué se debía este desinterés?

D.B.: A lo que iba es a que es muy difícil para nosotros conseguir buenos textos que funcionen dentro de este género del libro álbum. Por ejemplo, el narrador no está acostumbrado a trabajar en textos simples, sintéticos.

R.F.: No sólo eso. La mirada del editor acá es esencial, porque el narrador, en general, trata de reponer en el lenguaje verbal la información que su texto necesita. El libro álbum lo que hace es reponer un montón de información y cargar de sentido desde la imagen, entonces el texto no necesita decir tanto. La poesía, justamente, al condensar tanto sentido, ofrece una amplitud a la creación visual enorme. Entonces no es resistencia, sino rasgos del texto, o sea que el texto se presta a ser un libro álbum o no, y ahí está la función del editor. Hay muchos libros que llegan a ser álbumes por el trabajo específico de la edición. Por ejemplo, el libro nuestro que se llama Prohibido ordenar, donde la ilustración está mostrando toda la imaginación y la explota al máximo, y en ningún momento el texto está diciendo eso.

- Con ese criterio, si bien hay textos muy abstrusos, cualquier texto podría convertirse en libro álbum.

R.F.: Sí, pero siempre la elección del ilustrador es clave. Porque ante el texto es cuando empiezan a jugar las habilidades del ilustrador para albumizar.

D.B.: Para encontrarles otras capas de sentido a los textos. Uno, al igual que un músico, es un intérprete de una partitura. Uno se mete en los resquicios que puede dejar un texto y de eso se nutre, con eso uno complementa a través de las imágenes y la interpretación del texto, porque podemos leer el mismo texto e interpretarlo de manera diferente. Los ilustradores tenemos la obligación de trabajar y desmenuzar ese texto a fondo para hacer algo que interactúe y que no se repita. Originalmente, en los primeros libros ilustrados la imagen respondía al texto, incluso en cada imagen había un epígrafe que repetía lo que decía el texto. Y eso también fue una cuestión vinculada con la necesidad que tenía en ese momento el mercado. En Argentina y en el mundo, a fines del siglo XIX, se industrializan los sistemas de impresión y Buenos Aires empieza a tener grandes talleres de impresión y comienzan a surgir nuevos editores. También hay una alta burguesía letrada que tiene necesidad de consumir ilustraciones, entonces aparecen las primeras revistas ilustradas para niños, incluso es muy curioso lo que cuenta Sandra Szir en un libro sobre la historia visual de la infancia, que es que no existía ilustradores en la Argentina, entonces compraban remanentes de Alemania, Francia, España, los importaban y con eso ilustraban los textos de las primeras revistas, pero más absurdo es que esas imágenes poco tenían que ver con lo que decían los textos. Con el tiempo eso originó la migración de grandes dibujantes a nuestro país, y esos ilustradores vinieron a nuestro país por las posibilidades que había.

Raquel Franco


- En cuanto a lo narrativo, se ha perdido el miedo, por ejemplo, a meterse con los sentimientos, hasta los más dolorosos, a la hora de escribir textos destinados a esta franja etaria. ¿Se volteó esa pared que les impedía a los pibes encontrar en un libro temas como la muerte, la tristeza, la angustia?

R.F.: No en todos los casos, y eso es lo que diferencia a unos sellos de otros. En Pequeño Editor tratamos de hacer eso, pero el mercado del libro no siempre lo tolera.

D.B.: Vos podés proponer o puede llegar a las manos un texto complejo y decidís editarlo, pero eso no quiere decir que después tenga eco en el librero, ni siquiera te digo el mercado, te hablo del librero, porque es él quien define qué quiere mostrar en sus anaqueles, porque conoce al público que llega a su librería. Es difícil luchar contra eso y hacer una puesta en valor cuando uno cree en el trabajo de un autor y el mercado no le da lugar.

R.F.: La verdad es que, a pesar de que ha cambiado muchísimo el concepto de infancia y los chicos están expuestos antes a un montón de cosas, hay mucha ñoñería en el mundo de la literatura para chicos, como el uso de los diminutivos, los sentimientos edulcorados, la sobreexplicación, la sobreprotección, así como, por otro lado, los chicos ven las noticias policiales en la televisión permanentemente sin ningún tipo de filtro. Por un lado tienen acceso a muchas cosas mientras que el mundo del libro sigue teniendo una pequeña capa de protección de lo que se puede decir y lo que se puede hablar.

D.B.: El problema está en quiénes son los mediadores entre el niño y nosotros. Si está el librero, pasa esto que comentábamos recién. Nosotros somos los responsables de cargar a los niños con nuestros prejuicios, él va a elegir si le interesa o no le interesa lo que le das, pero el problema para mí es ese, quién está de por medio mostrando o enfrentando a ese niño con el libro. Y nosotros no siempre proponemos un libro con final feliz.

R.F.: Y otra cosa interesante que pasa ahí es que esos libros necesitan relectura, no se terminan y el niño puede renarrar. Los chicos tienen que leerlo y volver a leerlo, lo tienen que retomar para completar ese sentido y que el libro empiece a hacer algún tipo de efecto, y eso también es difícil de gestionar. Es como si toleráramos el concepto de relectura en los niños de tres años, que les gusta repetir, pero cuando el chico tiene siete, sigue necesitando la relectura, y eso también es difícil de proponer en la mediación.

D.B.: Es como si a los más grandes les estuviera prohibido volver a los textos, pero yo, por ejemplo, necesito leer cien veces los textos para desmenuzarlos. El texto tiene sublecturas y el ilustrador está obligado a captar esa sublectura. Y un padre por ahí no tan preparado creo que con la repetición de la lectura también le va a ir encontrando esas sublecturas, porque eso lo ofrece la combinación entre la imagen y el texto. Eso es lo que tiene de positivo el género, porque te ayuda a compensar esas cosas que a veces cuando es sólo texto se hace más ríspido seguirlo y entenderlo.

R.F.: Por todo esto es que es difícil que el librero ofrezca un libro de Pequeño Editor, por ejemplo, porque, de movida, necesitan de esta relectura, del acompañamiento. Pero, por otro lado, ahora nos están eligiendo las escuelas, hay instituciones, fundaciones y espacios de mediación de la lectura donde estamos teniendo otra entrada. Es un trabajo lento que vamos haciendo desde la editorial.

Alejandro Frias

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