Las cartas de amor de Charlote Brontë

No solo se dedicaba a recrear grandes historias de amor, también sabía lo que era experimentar esa pasión devastadora en carne propia.

Charlote Brontë no solo se dedicaba a recrear grandes historias de amor en algunas de sus novelas, también sabía lo que era experimentar esa pasión devastadora en carne propia. Y es que durante años estuvo enamorada de un profesor belga, casado, con cinco hijos y que, además, no le correspondía.

Cuando eran veinteañeras, Charlotte y Emily Brontë fueron a Bruselas a estudiar en el internado femenino Pensionnat Heger, donde, a cambio de clases de inglés y música (que daban, respectivamente, Charlotte y Emily), podían asistir al resto de las clases. Estaba dirigido por la señora Zoë Heger y su marido, Constantin, que era también el profesor de literatura francesa y quien sirvió de clara inspiración para el serio profesor Paul Emanuel en la novela ‘Villette‘.

Pero además Charlotte se enamoró locamente de él, a pesar de que no tenía ninguna posibilidad y estaba siempre bajo la atenta mirada de su mujer. Incluso cuando dejó Bruselas y volvió a Inglaterra, seguía siendo incapaz de olvidarse de él. Por eso le escribía cartas, al principio, varias a la semana, y después, a petición de la señora Heger, solo una cada seis meses.

La mayoría de esas cartas se perdieron. Solo cuatro han llegado hasta nosotros y no sin dificultad. Están recosidas, y se cree que Constantin las tiró a la papelera, y fue su mujer quien las buscó allí, recompuso los pedazos y las volvió a coser. Están escritas en francés, un idioma que, según ella, “es el más preciado para mi porque me recuerda a usted -amo el francés en su honor con todo mi corazón y mi alma”. Comprobaremos leyendo algún fragmento que no eran comedidas precisamente, y muchos estudiosos consideran que al escribir en francés se permitía expresar sentimientos de una forma que no sería capaz en su lengua natal. En todo caso, lo que transmiten esencialmente es la tristeza del cariño no correspondido.

Lo vemos por ejemplo en sus confesiones sobre lo mucho que le cuesta atenerse a la norma de escribir solo cada seis meses: “El verano y el otoño se han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, señor, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar seis meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así. Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, mi más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo”.

Y no ahorra palabras en la descripción de su inquietud, porque ya se sabe que todas las cartas de amor son ridículas: “Prohibirme que le escriba, negarse a responderme, sería arrancarme de mí mi única alegría en la tierra, privarme de mi último privilegio -un privilegio al que nunca consentiré en renunciar voluntariamente-. Créame, maestro, escribiéndome hace una buena acción. En tanto que creo que usted está complacido conmigo, en tanto que tengo esperanzas de recibir noticias suyas, puedo descansar y no sentirme muy desdichada. Pero cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco”.

Además, ella misma reconoce que se conforma con muy poco: “Los pobres no necesitan mucho para vivir, solo piden las migajas de pan que caen de la mesa del rico, pero si se les niega esas migajas, mueren de hambre. No necesito mucho afecto de los que amo, no sabría qué hacer con su completa y entera amistad – no estoy acostumbrada a ella – pero mostró un poco de interés en mí en los días pasados cuando era su pupila en Bruselas, y yo me aferro a mantener ese poco interés, me aferro a él como si me aferrase a mi vida”.

Pero que la falta de amor causa estragos en ella: “Me digo a mí misma, lo que le diría a otra persona en un caso así: “Tienes que resignarte, y sobre todo, no angustiarte por una desgracia que no has merecido” Hice todo lo posible por no llorar ni quejarme, pero cuando uno no se queja, y se domina a sí mismo con la fuerza de un tirano – las facultades se levantan en rebelión – y uno paga por esa calma exterior una lucha interna casi insoportable. Día y noche sin encontrar descanso ni paz, si duermo me atormentan los sueños en los que le veo siempre grave, siempre taciturno y enojado conmigo . Perdóneme entonces señor si tomo la decisión de escribirle de nuevo, ¿cómo puedo soportar mi vida si no hago un esfuerzo para aliviar mi sufrimiento?”

Fuente: Cristina Domínguez en http://www.libropatas.com/

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