Deportes

Caos para conseguir las entradas

Ante la apertura de las boleterías, una multitud estuvo esperando desde ayer en búsqueda de una localidad para la apertura de los Juegos Olímpicos que se relizará el 8 de agosto en Beijing.

Voluntarios inoperantes, misiles tierra-aire, vallados imposibles, colas interminables y uniformados por doquier son algunos de los protagonistas de la tragicomedia que hoy supuso buscar una entrada olímpica para Pekín 2008.

El escenario que uno encuentra al salir a la calle desde la parada de metro de Beitucheng, de donde parte la línea olímpica del suburbano, recuerda más a un recinto ferial del sur de España al final de la fiesta que a un parque destinado a acoger unos Juegos Olímpicos.

No sólo por la humedad y el calor -los bombardeos de yoduro de plata fallaron ayer en Pekín- sino también por la multitud de personas, supuestos buscadores de entradas unos, curiosos otros, que pululan por la acera sin sentido alguno o dormitan bajo alguna sombra casual.

El resto se apilan en unas pizarras improvisadas por decenas de policías y soldados para aislar el mundo del transeúnte de las taquillas olímpicas, allí donde reina el caos.

A las pizarras les siguen vallas corrientes y cordones policiales, y tras adentrarse en la primera vía libre, uno se da de bruces, en pleno Olympic Green, con un solar en cuyo interior se apilan lanzaderas de misiles custodiadas por soldados y cubiertas por telas de camuflaje.

A varios kilómetros, todavía al alcance de los misiles, en el suroeste de Pekín, colas y empujones se suceden junto al pabellón de baloncesto de Wukesong, donde más de 7.000 personas se desesperan haciendo cola frente a un laberinto de vallas que cada pocos minutos escupe un afortunado con dos entradas.

Dos boletos son la máxima recompensa que uno puede esperar si tiene mucho tiempo libre, algo frecuente entre los pequineses, como para plantarse allí la noche anterior y esperar a que esta mañana, con media hora de retraso, abrieran las taquillas en las que se reparte la suerte de ver a Yao Ming, Kobe Bryant o Pau Gasol.

Otros, que madrugaron y llegaron a Wukesong al amanecer, han visto avanzar su cola sólo 50 metros en varias horas, y muchos tiran la toalla, dejando paso a los que se han fugado de la oficina, órdago válido si de conseguir una entrada se trata.

De vuelta al Olympic Green, ya en las inmediaciones el Centro de Deportes Olímpicos, un nuevo cerco policial parece impedir el paso al otro lado, donde se vislumbran nuevas colas para una taquilla.

Se desconoce para qué deportes pretenden comprar entradas aquellos enfilados que, entre hileras de policías y guardias de seguridad, un vigilante por cada comprador, esperan su turno desde hace horas. No hay carteles que lo indiquen.

Y tampoco hay voluntarios, pese a que Pekín 2008 ha anunciado a bombo y platillo 100.000 sonrientes jóvenes y no tanto, con perfecto inglés, para ayudar en sus labores olímpicas.

Ni predisposición a informar por parte de los cuerpos de seguridad, más preocupados de impedir altercados como los que se han registrado en otros puntos durante la jornada, incluida la expulsión a la fuerza de un equipo de periodistas de Hong Kong empeñados en retratar la situación.

Al buscador de entrada que no maneje el mandarín no le queda otra que seguir vagando por el Olympic Green, entre vallas que faltan al menor principio de la estética, camiones militares, y descampados llenos de basura, testigos de hasta dónde llegaron las colas en la acampada de la noche anterior.

La aparición de un puesto de voluntarios, con alrededor de una decena de ellos, donde una pareja de alemanes busca información, puede parecer la salvación al desconcierto, sin embargo nada queda más lejos de la realidad.

Bastan unas preguntas sencillas para comprobar la inoperancia de los "voluntariosos" mas poco útiles chicos y chicas de azul.

No saben que significa "handball", no saben dónde se pueden comprar entradas para "handball", no saben dónde está el Gimnasio del Centro de Deportes Olímpicos (que se puede ver desde su posición), desconocen donde se disputa ese torneo, no entienden inglés y no tienen mapas, sólo gorras y botellas de agua.

La impotencia y desazón obligan entonces a caminar, un nuevo kilómetro, en aras de hallar el ansiado pabellón, donde al final el comprador puede encontrar una cola medianamente asumible.

Tras sólo tres horas de espera, y tras asistir a varias salidas de tono de la policía con los pacientes chinos y escasos extranjeros, que aguardan su turno, uno puede alcanzar la taquilla y ser, por fin, el primero de la fila.

Lo que mal empieza, mal acaba, quizás por eso la taquilla está a poco más de un metro de altura, el inglés es básico, y mientras uno se hernia pidiendo "dos boletos para el Croacia-España", al otro lado sólo se escucha "Si no conoce la clave del encuentro, no podemos atenderle, debería haberse informado antes".

Tiene razón el alcalde de Pekín cuando dice que los de 2008 no serán "los mejores de la historia", sino unos "Juegos de alta calidad con colores de China".
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3 de Diciembre de 2016|12:55
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