Una novela sobre el poder difamador de los medios

Umberto Eco regresa a la novela con una historia que bajo el título Número cero fija posición sobre los conglomerados informativos.

 En su séptima novela, el ensayista italiano arremete contra los rumores inclasificables que echan a correr los medios bajo el pretendido estatus de noticia y los chantajes que acechan la vida política de una sociedad a partir de la historia de un farsante que utiliza la excusa de la aparición de un nuevo diario -llamado Domani- para sacarle dinero a todo el mundo.

Número cero (Lumen) arranca en 1992 con la iniciativa de este empresario -a quien la prensa señala como un alter ego del ex primer ministro Silvio Berlusconi- que agita la aparición del nuevo periódico para amenazar a polí­ticos y rivales con la posibilidad de difundir noticias falsas o armar complots.

"Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores". Con estas palabras se presenta en sociedad Colonna, el protagonista de la novela, quien recibe el ofrecimiento de convertirse en redactor jefe del diario Domani.

Aceptada la propuesta, el personaje y otros seis periodistas se reúnen a preparar las ediciones anticipadas del nuevo periódico, en el que rápidamente se vulnerarán los límites entre la verdad y la mentira y se incurrirá en el chantaje, previa indagación en archivos que hablan de los secretos ocultos de la CIA, el Vaticano y hasta de la vida de Benito Mussolini.

El plan luce encaminado hasta que aparece el cadáver de uno de los periodistas, desparramado sobre una calle de Milán, un episodio que no pasará inadvertido para el protagonista, que cambiará su punto de vista sobre la realidad y la naturaleza de su trabajo.

Con atisbos de parodia, la novela funciona como una antología de los peores déficits del periodismo -"no son las noticias las que hacen el periódico, sino el periódico el que hace las noticias y saber juntar cuatro noticias distintas significa proponerle al lector una quinta noticia", dice un personaje-, y dispara la sospecha sobre la circulación de contenidos en internet.

"Mi novela no es solo un acto de pesimismo sobre el periodismo de fango ("¦) Porque hay periodismo y periodismos. Lo llamativo es que cuando se habla del malo, todos los periódicos tratan de hacer creer que se está hablando de otros -sostuvo Eco en una entrevista reciente-. Esta es mi manera de contribuir a clarificar algunas cosas, porque el intelectual no puede hacer nada más, no puede hacer la revolución. Las revoluciones hechas por intelectuales son siempre muy peligrosas".

Para delinear las particularidades de su protagonista, el autor de El nombre de la rosa se inspiró en Mino Peccorelli, un periodista que durante las décadas del 60 y 70 montó una agencia de noticias en Italia que fabricaba conspiraciones contra ministros y diputados hasta que en 1979 fue asesinado en circunstancias que nunca fueron dilucidadas.

En el texto, mucho más breves que sus novelas anteriores, Eco deja al descubierto la trama de la manipulación informativa y reflexiona sobre los mecanismos de construcción de la historia italiana: no casualmente la historia está ambientada en 1992, año del escándalo Tangentópolis, que comenzó en Milán con la detención del funcionario socialista Mario Chiesa en el momento en que cobraba un soborno y visibilizó cómo la corrupción impregnaba todo el sistema polí­tico y económico de Italia.

Número cero retoma algunas cuestiones que el autor de El péndulo de Foucaultya exploró en ocasiones anteriores como la idea de la corrupción y las conspiraciones, sólo que a diferencia del tono solemne de obras como El nombre de la rosa en este caso la trama se aligera con altas dosis de ironía y burla.

Los recursos sin embargo, no disipan el contenido crítico del texto, que funciona como un manual cínico sobre el funcionamiento de los medios.

 "La crisis del periodismo en el mundo empezó en los cincuenta y sesenta, justo cuando llegó la televisión. (…) Desde la invención de la televisión, el periódico te dice por la mañana lo que tú ya sabí­as", aseguró Eco en una entrevista que le realizó recientemente el escritor y periodista Juan Cruz para el diario El País.

"El periodismo podrí­a tener otra función. Estoy pensando en uno que haga una crí­tica cotidiana de internet, y es algo que ocurre poquí­simo... Para no morir el periódico tiene que saber cambiar y adaptarse. No puede limitarse solamente a hablar del mundo, puesto que de ello ya habla la televisión. Ya lo he dicho: tiene que opinar mucho más del mundo virtual. Un periódico que sepa analizar y criticar lo que aparece en internet hoy tendrí­a una función", apuntó.


En el caso de Número cero, que llega a las librerías cinco años después de El cementerio de Praga, el acento está puesto en demostrar que el periodismo contemporáneo se ha transformado en una máquina de difamación y deslegitimación polí­tica con mecanismos que van desde la insinuación y la sospecha infundada hasta la desinformación o la manipulación a través de la intromisión en la vida privada. 

Fuente: Télam

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Opiniones (6)
4 de Diciembre de 2016|21:09
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4 de Diciembre de 2016|21:09
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  1. Que soledad !!!... Mamita. Se ve que de esto no hay nada que discutir.
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  2. ¿Para cuándo la carta abierta de Leuco(cito) pidiéndole que no ataque al periodismo in the pendiente?
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  3. Es que el nombre de la rosa no es la rosa. Llegué de pedo a la página 100, a punto de tirarlo a la mierda, y después no lo pude largar más.
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  4. yo lei uno que tenia dibujitos de una flor y un laberinto pero no lo entendi
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  5. Umberto Eco. Planista militonto, pago por los KK. Subsidiado y con el cerebro lavado igual que el Papa. Marche un chori y una coca para el umbertito... (che!,... Umberto no es con H?...).
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  6. Hay varios foristas de mdz que no lo van a leer porque no tiene dibujitos y el tema no les interesa. Además, no saben dónde queda alguna librería, que venden ni quién es Umberto Eco. Eso a pesar que están convencidos que su nombre está mal escrito.
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