Takuboku: La poesía como palazo

Hijo de un monje zen, nace en una familia tubercuosa. “¡Qué poco es un hombre/ cualquiera, si enferma!”, escribió.

Desde chico, Tokobuku siente gusto en captar las montañas y su gente, anotar sus recuerdos. Su boletín de del bachillerato que cursó en Morioka, la capital de la provincia, denuncia que en el cuarto curso faltó 207 veces a clase. A los diecisiete, tal como lo anotaría en su diario, decide “hacerse famoso con la literatura”. Se enamora de una chica, Sétsuko Jorai, que más tarde sería su esposa. Takobuku adhiere a las huelgas que reclaman una educación democrática. No tarda en viajar a Tokio: empieza a publicar tankas en una revista literaria. Escribe: “Algo en que trabajar/con alegría. /Hacerlo hasta el fin. / Después, sólo morir.” La escritura de tankas es a la vez pasatiempo, catarsis y, por qué no, un diario poético donde compensa sus frustraciónes: “Con lo que la quiero, / corté a mi perrita/ las dos orejas. / ¡Qué hastío no tendré/ de esta perra vida!”.

Pueba suerte en la novela, pero ninguna de las que escribe llega a publicarse. Al rechazo se le suma la enfermedad. Debe regresar a su pueblo. Por entonces su padre, acusado de malversar fondos, es echado del templo. La enfermedad y la humillación, el dolor y la tristeza se volerán la esencia de su poesía. “No sé a qué se parece/ esta soledad/ que a mí me embarga/ después de darme aires/ de personalidad”, escribe. Se afinca temporalmente en Morioka, colabora en un diario local. Tiene veintiuno cuando, buscando mejorar su posición, viaja a Jokodate, el norte del país, colabora en otro periódico y da clases en una escuela. “Quería un querer/ como si enterrara/ la cara ardiendo, / ardiendo de fiebre/ en la nieve blanca”. Se enamora de una maestra joven. Ante las negativas de la muchacha, la relación deriva en una amistad literaria. Un incendio arrasa la ciudad y destruye la escuela y el periódico. Se traslada a Kusiro. “Hombre, por fin, / me acostumbro al mundo/ y logro ir comiendo”. Llega a director de la columna literaria del periódico de Kusiro. Se enamora de una geisha de dicinueve años. Deja el trabajo y se vuelve a Tokio. Lo social tampoco le es ajeno: los trenes atravesando la intemperie, las putitas que transan con los viejos, el desprecio de los chicos hacia el hijo de un policía, el vino como anestésico de la desgracia, el padre que pierde un hijo en la guerra. Y la guerra está ahí: “Despedí a un batallón/que iba a la guerra. / Yo estaba triste/viendo que ellos iban/sin ninguna tristeza.” 

Lejos de los suyos, fracasado y pobre, su salud se quiebra. Un amigo de la familia, un militar de buena posición, ayuda a su familia y se casa con su cuñada. Más tarde Takuboku descubrirá que el militar es amante de su esposa. Por entonces ya ha avanzado en la escritura de un diario en inglés para bloquear el espionaje de su mujer. “Con pluma lo escribí/ y está en mi diario: / Que hoy vi un poquito/ por el hueco del escote/ que tenía a mi lado”. 

En su vida corta construyó una obra poética vasta, sencilla y directa, prácticamente antimetafórica, bajo el imperio de las emociones: “Mujer que una noche/ se bajó del tren/ en Kuchián/ con una cicatriz/en la misma sien”. Poder de síntesis, que, en su ascetismo, se torna tan sugerente como frontal y derivación al lector de lo que subyace en unos contadísimos versos. 


A los veinticuatro años tiene su primer hijo, que morirá a las tres semanas. Compone entonces ocho tankas, en el mismo día, “Cantos a mi hijo muerto” (28 de octubre de 1910): “Era tarde una noche/ cuando yo volví/ de mi trabajo/ y abracé a mi hijo/ que acababa de morir”. Cada uno de estos ocho tankas es un desgarro: “Los nabos engordaban/sus raíces blancas, / pero mi hijo/ nació y se murió/ a las tres semanas”. Y también: “Como el que se enfrenta/ a un gran misterio/puse la mano/ en la frentecita/ de mi hijo/ muerto”. El octavo tanka: “La piel de mi hijo/ de cuerpo presente/ con gran tristeza/ hasta la mañana/ estuvo caliente” .

Dos años después muere su madre. Y un mes más tarde, muere Takoboku. Uno de sus tankas, que puede leerse como epitafio: “Pensé que las palabras/que no usa nadie, / acaso sea/ yo solo en el mundo/ el que las sabe”. Y bien puede leerse, además de como arte poética, como epitafio iluminador.

Un tanka tiene cinco versos de cinco, siete, cinco y siete sílabas, que no necesariamente deben rimar. No es la rima lo que importa ni tampoco, como en el haikú, la captura de la fugacidad en el paisaje. En el caso Takuboku, el paisaje no es tan incidental como lo humano. Como ejemplo de una poesía distinta, la de Takuboku, en sus ráfagas de intimismo, puede ser leída a la vez como autorretrato y como narrativa: “Harto de llorar, /me puse al espejo/ y empecé a hacerme, /hasta que me harté/ mil muecas y aspavientos”. 

Cuado Takuboku anota un estado de ánimo, se advierte una historia que no es sólo la personal: “Si el mendigo es ruin / mira y no te enfades / que, ay, compañero/ lo mismo soy yo/ cuando paso hambre”. La desolación, la angustia, a veces destilan un humor corrosivo: “De pronto retumbó / en el bosque un tiro. / ¡El desgraciado! / Yo pensé lo bien/ que suena un suicidio”.

La enorme cantidad de tankas que dejó Takuboku asombra, pero su calidad es todavía más sorprendente. La trama subterránea de cada tanka vence con su intensidad todo problema de adaptación a otra lengua. A pesar de su amargura, el poeta no es autocompasivo. Takuboku apela a la ironía y la aplica a sí mismo. “Una temporada/tuve mal los ojos/y me ponía/gafas de lentes negras/ ¡Y lloraba solo!”. Tampoco le cede al romanticismo: “Todo es dinero,/dinero./ Y yo me reía. /Poco después/pensando lo mismo/ la rabia me comía”. Y acota: “Mi ideología/no tiene otra base/ que es que soy pobre. / Ha llegado el otoño. / ¡Y el viento que hace!”. Acercarse a Takuboku implica, desde el vamos, desterrar la noción de excentricidad de lo japonés. Su reticencia es extrema y, no obstante, fuertísima. Porque su lectura opera como el palazo que el maestro zen le descarga en la cabeza al discípulo latoso que porfía con preguntas molestas.  

Fuente: Guillermo Saccomanno para Télam

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