Literatura y psicoanálisis: De memoriosos y poetas

Entrevista a Gastón Cottino, psicoanalista y doctorando de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo.

Hay lecturas que nos hacen cosquillas, nos despabilan, nos introducen -a veces sigilosas- en el juego del encuentro. Hay lecturas fundamentales, ésas son las que nos arrancan de las leyendas de la verdad absoluta para llenarnos de preguntas. Tal como decía Borges en “Las versiones homéricas”: “El concepto de texto definitivo, no corresponde sino a la religión o al cansancio”. Y en ese aprendizaje permanente de cada sujeto lector se produce el entrecruzamiento con la lectura creativa, ésa que no se queda en las estatuillas del Best Seller y busca la profundidad para perderse dentro del laberinto. Hay lecturas que nos vuelven locos para curarnos del espanto de la inercia y el dolor.

Seminario

Nos sobran los motivos para pensar el cruce entre dos caminos: Literatura y Psicoanálisis. Así llegué a ésta entrevista, en compañía de la escritora y psicoanalista Gabriela Nafissi a propósito del Seminario Clínico Regional “La dirección de la cura” organizado por el IOM2 que se realizará el 25 de abril en Mendoza con argumento de la prestigiosa psicoanalista Graciela Brodsky y la participación de destacados referentes de la Orientación Lacaniana del Nuevo Cuyo y del país, como Gastón Cottino, psicoanalista y doctorando de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo.

Entre la literatura y el psicoanálisis conocí a Gastón. Hasta ese momento sabía de su doctorado sobre las relaciones entre Lacan y Borges desde el significante pero desconocía justamente la parte que me haría cosquillas: En dicho estudio, Cottino utiliza el método arqueológico de Nietzsche y Foucault con perspectiva de archivo derrideana.

El clima distendido acompañó el inicio de las preguntas en los intersticios de la conversación.

Primero hablamos de las vanguardias literarias y las llamadas literaturas postautónomas, el lugar del autor, la “sight machine” de la época y “el impasse ético”, Ese recorrido inicial corresponde a la segunda parte de la entrevista que será publicada próximamente en ésta sección.

Gastón, pienso en el libro “Formas breves” de Ricardo Piglia donde dice que “Faulkner y Nabokov han observado que el psicoanalista quiere oír la voz secreta que los escritores, desde Homero, han convocado, con la rutina solitaria con la que se convoca a las musas; una música frágil y lejana que se entrevera en el lenguaje y que siempre parece tocada por la gracia”. Atendiendo a lo dicho por Piglia ¿Qué es lo que el psicoanálisis puede revelar a la literatura y la literatura al psicoanálisis?

- Ricardo Piglia sabe hacer un buen uso del psicoanálisis cuando escribe y cuando hace crítica. No siempre es cierto lo recíproco cuando se trata psicoanalistas. Los llamados post-freudianos abrevaron en la idea de que el psicoanálisis podría aplicarse tanto a la obra como al autor, haciendo uso de interpretaciones para indagar el inconsciente de quien no estaba allí para asociar. A mi modo de ver este uso, por suerte ya en desuso, desvirtúa el método psicoanalítico. Por lo tanto, mi idea es que la pregunta sobre qué le puede aportar el psicoanálisis a la literatura habría que dejarla para la gente que proviene de otros campos. Antes que lo anterior creo que más pertinente un desarrollo como el que realiza Georges Didi-Huberman, en el que trabaja sobre algunos conceptos devenidos del psicoanálisis, como síntoma o inconsciente, pero reconociendo las diferencias entre la clínica y el análisis de la obra de arte.

Esto no es caprichoso ya que Lacan sostenía que es el artista el que le lleva la delantera al psicoanalista. Consecuente con ello su obra está llena de referencias que le sirven para ir formalizando aquello que extrae de la práctica. Por caso, en los años ‘50 sus desarrollos sobre lo simbólico se anclan en “La carta robada” de E. A. Poe y en los ’70 su teoría del sinthome se apoya en el Finnegans Wake de James Joyce. Al día de hoy, son varios los colegas que desarrollan seriamente la aplicación de la literatura al psicoanálisis, por ejemplo, para leer mejor algunas coordenadas de época como la caída del padre.

Gastón Cottino

Gastón Cottino.

La anterior sería una vertiente epistémica. También podríamos incluir una vertiente política, vinculada a lo que el mismo Piglia dice de la política en Borges: que le interesaba menos cómo la realidad afecta a la ficción que cómo la ficción afecta a la realidad. Y como esta ficción es discurso no forzamos el asunto si lo vinculamos con el Lacan de finales de los ’60, aunque habría que agregar a esto una política que incluya al síntoma.

Relacionada con lo anterior existe también una perspectiva de archivo, en sentido derrideano, de contactos que no son siempre evidentes. Es decir, no solamente tenemos las conocidas relaciones entre Lacan y Dalí, los surrealistas, Paul Valéry, Michel Leiris, Roland Barthes y Fracoise Cheng, entre otros. Se tejen también otras tramas, tal vez inesperadas, por ejemplo entre el barroco de Lacan y el neobarroco latinoamericano del Severo Sarduy; entre la teoría del significante y el nominalismo de Borges en el “Idioma analítico de John Wilkins” o entre la entrada del lacanismo en Argentina y la literatura vanguardista y subversiva de los Lamborghini o Germán García. Esta lectura anacrónica nos depara interesantes hallazgos tanto para la cultura como para el psicoanálisis.

- Me gusta pensar que también hay una manera por la cual la literatura le revela asuntos de clínica al psicoanálisis. Pienso en el ritmo en una sesión de orientación lacaniana ¿Cómo se relaciona ésto con la poesía?

- Un análisis no es forzosamente algo lírico y muchas veces la pulsión se encarga más de las disonancias que de las armonías, a la hora de hablar. Sin embargo, Lacan extrae de la poesía el término “resonancias” para hacer alusión a cómo las palabras tienen un efecto en el cuerpo, especialmente en las pulsiones. Es decir, el psicoanálisis opera a través de las palabras: dichas, oídas y escritas; ya que éstas, analista mediante, pueden vérselas con los modos de gozar de cada uno. Por lo tanto, habrá varios puntos de contacto entre sesión analítica y poesía. Desarrollo brevemente tres, contestando tu pregunta:

El primero es una vieja idea de Lacan, que a su vez extrae de los primeros textos freudianos, que sostiene que el inconsciente habla a través de distintas figuras retóricas: lítote, hipérbole, paráfrasis o, las más conocidas, metáfora y metonimia. Es decir, el inconsciente al hablar se deja leer como retórica.

Luego, hacia el final de su enseñanza, toma a la poesía china antigua, legada por Cheng, para incluir en la palabra poética, antes que el sentido, al vacío. El poeta, según entiendo, es para Lacan aquel que logra que una palabra sea solo eso; casi siguiendo la idea borgeana de aquel poeta que puede incluir un majestuoso palacio en una sola palabra cuya escritura la valió la muerte. Si la retórica es la forma del comienzo de los análisis, la palabra poética puede servir de modelo para aquellas pocas con las que uno se queda al final.

En cuanto al tiempo, es la prisa. Cierta prisa por concluir que permite operar con los cortes apuntando a que algo se conmueva. Sin embargo no todo es prisa. Y en esto la analogía con los ritmos de la poesía es muy importante ya que cada ser hablante tiene su propio ritmo, su propia cadencia y es imprescindible tener esto en cuenta.

Como ven, todo lo anterior apunta a echar por tierra otro preconcepto respecto de la práctica del psicoanálisis. Lo digo con Jacques Alain Miller:

“En lugar de volverse memoriosa

¿por qué la gente no se vuelve poeta?”.


Por Mariana Zeballos

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