Memoria de Leopoldo Marechal

Lo admiraba desde mi paso por el Colegio Nacional de Carlos Casares, donde un muy joven profesor nos hablaba de "Antígona Vélez".

No recuerdo bien si en Hoy en la Cultura o en El escarabajo de oro, una de las primeras notas que escribí y publiqué en mi tal vez remota juventud (además de un comentario sobre la obra de Javier Heraud, a quien acababa de descubrir, el poeta peruano asesinado en el río Madre de Dios con balas de las que se usaban para matar fieras en la selva), fue sobre Leopoldo Marechal, titulada “A treinta años de poemas australes”.

 El título sería este o algo muy parecido, quiere decir que habría de ser hacia 1968, días más días menos. Una nota que, sin duda, no vale la pena buscar ni recuperar, muy primeriza, poco centrada desde un punto de vista crítico o académico, aunque entusiasta y llena de la admiración y del cariño que, ya entonces, profesaba por el Maestro. Lo admiraba a don Leopoldo desde antes, desde mi paso por el Colegio Nacional de Carlos Casares, donde el muy joven y gran profesor Eitel Orbith Negri nos hablaba de Antígona Vélez (1951), que él había representado en La Plata, y nos leía, sin privarse de emociones, algunos de sus versos, en los que yo había aprendido, con esa buena costumbre que heredaba de mi madre (y que tanto sostiene George Steiner), de memoria, y guardándolos por eso toda mi vida, varios de sus más bellos poemas. Siempre quise, hasta hoy, su poesía.

Aquellos tempranos contactos literarios anteriores se sumaron a amistades sobrevinientes, puesto que en la época de El escarabajo de oro lo tratamos a menudo. Fui, efectivamente, cuando joven, regular visitante de su departamento de la calle Rivadavia, en Once, a veces acompañando a los amigos de la revista, en más de una ocasión solo. Era un placer tratar a esa persona fina, solícita, elegante en su sabiduría, sensible, campechana y muy cordial. Todo ello nos llevó a pedirle, con Vicente Battista y Edgardo Trilnick, cuando fundamos una nueva revista de ficción y pensamiento crítico, que nos autorizara el uso del nombre de su magnífica novela, Adán Buenosayres, para titularla. Modesto, o en la época algo cansado de hacerse de enemigos, delicadamente declinó el ofrecimiento.

Nació entonces, por homofonía o semejanza, aquella Nuevos Aires que sacamos y mantuvimos con un grupo de buenos amigos durante cuatro aciagos años (entre el 70 y el 74), y en su primer número hubo una generosa nota de don Leopoldo, muy de actualidad en aquel momento (y, para los que tengan algo presente la historia del país, por siempre), llamada “El poeta depuesto”. Lamentablemente, muy poco tiempo después debió aparecer otra nota, en el nº 2 de Nuevos Aires (set. oct. nov. 1970), deplorando su fallecimiento, escrita a cuatro manos con Vicente, con quien Marechal había mantenido interminables e inútiles polémicas sobre la mejor manera de hacer una pasta con salsas sicilianas o napolitanas o calabresas.

Vale la pena reproducir algunas líneas de dicha nota: “Mucha gente se preguntó el por qué de tanta ausencia en el velatorio de la SADE. Pero lo que para unos fue pregunta no hubiera sido sorpresa para Leopoldo Marechal. Estaba acostumbrado a ciertas espaldas. Alguna vez había elegido el destierro en medio de su patria: “Elbia y yo tomamos una decisión tan heroica como alegre; encerrarnos en nuestra casa y practicar un «robinsonismo» amoroso, literario y metafísico”. Por esa determinación muchos lo creyeron muerto o viviendo en Europa. El exilio, motivado por su peronismo, lo sufría en Buenos Aires, en Rivadavia al 2300, más exactamente”. 

 Pocos años antes de morir, vino un momento de calma y hasta ensayos de acercamiento por parte de sus adversarios políticos. Pero “este «redescubierto» no era un idóneo en relaciones públicas. Aceptó, sí, un viaje: fue jurado en Casa de las Américas. Al regreso intentó difundir sus impresiones. El público de la autocensurada Primera Plana no llegó a conocer “La isla de Fidel”. Comenzaría entonces la segunda etapa del proceso: ya no hubo premios, invitaciones, palmaditas. Los gabinetes psicológicos se habían equivocado. Descontaron que no estaría con el régimen, pero dolía reconocer que ni siquiera integraba el coro de los opositores tolerados. Nada. Había que convencerse de que Leopoldo Marechal no era un escritor del sistema”. /…/ Por eso en la Sociedad Argentina de Escritores, en soledad para elegidos, se veló un cuerpo yacente, mientras el hombre que escribió “la tierra sepulta con honor a sus caídos / y en otras manos pone su batalla” se codeaba con los suyos en la noche de vigilia de su pueblo y, en la mañana neblinosa del sábado 27, rendía su homenaje combatiente a Emilio Jáuregui, otro que, como él, vio a su tiempo que “la Patria es un dolor que aún no tiene bautismo”. Esto es lo que escribíamos hace unos días, hace apenas cuarenta y cinco años. Y de lo que, por cierto, no cambiaríamos una coma.

Como en la SADE, fuimos también muy pocos, no más de veinte, calculo en la memoria, los que estuvimos aquella mañana en Liniers, un sábado o domingo de junio del 70. Todavía sus amigos de Martín Fierro, de la vanguardia, de la elite, no lo habían perdonado. Fiel a su recuerdo y a su poesía (a lo que su poesía había sembrado en mí), mi primera novela, Caballos por el fondo de los ojos (Barcelona, 1976), llevó un acápite suyo: “La patria es un dolor que nuestros ojos / no aprenden a llorar”. 

Fuente: Mario Goloboff en Télam

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