Jiri Orten, el Rimbaud de Praga

“Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal”. No se pregunta como Rimbaud “¿Quién es yo?” sino “¿De quién soy?".

Y este será el tono que caracterizará toda su poesía, un tono grave que merodea sobre la misma oscura obsesión sin retorno: la muerte. Precoz, desde sus primeras composiciones, parece vérsela venir. Y lo suyo no es mero fatalismo sino determinación del contexto: Praga invadida por los nazis. 

De su producción quedan tres de los diarios: Diario azul, Diario rojo yDiario jaspeado. También tres libros de poemas despreciados por la crítica fascista y que había publicado con seudónimo: Diario de lectura primavera, Lamento de Jeremías yMaleza, todos publicados con seudónimo, que fueron en vida criticados con desprecio por la crítica fascista.

Toda su obra poética, inclusive los versos que podrían considerarse amorosos, tienen una carga trágica, un presentimiento del fin inexorable. Lo que puede comprobarse en Bajo la tierra, la cuidada selección que tradujo y prologó para la editorial Salto de Página la española Clara Janés, una experta en literatura centroeuropea. Vale la pena acercarse a la obra de Jiri Orten.

Nacido en Kuma Hora en 1919, un pueblo de arquitectura mágica, declarado en la actualidad patrimonio de la humanidad. Fue hijo de un tendero y una aficionada al teatro. Desde chico mostró afición por las artes. Estudió teatro, pero no pudo ingresar al consevatorio. A los diecisiete se trasladó a Praga, ingresó en el Colectivo Teatral de la Juventud y empezó a reunirse con poetas y escritores. Tardó un año en entrar en el conservatorio de Arte Dramático y pudo estudiar poco tiempo por su origen judío. El nazismo ya era más que una amenaza. Y muchos de sus parientes empezaron un exilio que él rechazó. Los dos motivos de Jiri eran su novia y el lenguaje. Había comenzado a escribir sus primeros poemas y adaptaciones teatrales y se negaba a abandonar su tierra. “Actúa el dolor, aunque nunca a conciencia/ atraviesa a los hombres” anota en su primera elegía anticipándose a su muerte joven”. Aunque influenciado en un principio por el surrealismo, su poesía pronto se vuelve existencial y cerrada sobre sí misma. 

Con respecto a sí mismo, escribió: “Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal. Soy un Rimbaud que ha tenido otro valor”. Es que Orten no se pregunta como Rimbaud “¿Quién es yo?” sino “¿De quién soy?". Así escribe: “¿De quién soy?/ Soy del miedo, que me atrapa/ con sus dedos transparentes,/del conejito que en el jardín de sombra/ ejercita el olfato./ ¿ De quién soy?/ Soy del invierno hostil al fruto/ y de la muerte,/si el tiempo lo desea,/ soy del amor, con quien me cruzo sin saberlo,/en lugar de una manzana entregada a los gusanos”. En algunos de sus versos se lo puede conectar con Rilke, pero su escritura, lejos de la contemplación meditativa está más cerca de la angustia. Traicionado por su novia y sus amigos, abandonado, no encuentra techo. No hay ni cine ni teatro ni galpón donde pueda refugiarse. Vaga y duerme donde puede. Más tarde, en “Último poema”, observa: “Me cerca la oscuridad y nadie viene”. Pero este no será el último poema. No todavía.

“La de Orten es la palabra en su mayor pureza y desnudez”, anota Clara Janés. “Tiene la muerte demasiado cerca. Bajo la tierra no habrá posibilidad, lo sabe, pero su impulso de entrega al ahora abole a la vez que asume la línea fronteriza: seguirá manifestándose en comunión con el entorno hasta el final, según lo lo que el instante le depare”.

“Árboles de los años, ¿cómo están?/Sé ahora por primera y centésima vez/que sólo el llanto los riega”, escribe Orten la víspera de su cumpleaños veintidós, también víspera de su muerte, ocurrida cuando lo pisa una ambulancia nazi en una calle de Praga. Cuando el chofer y los enfermeros reparan que el atropellado es un judío, lo dejan morir en la calle. No habrá hospital que lo reciba. “¿Ah, si pudiera aún por un instante/ mirar el cielo”. En uno de sus diarios había registrado con anterioridad: “Presiento un mal final y algo me oprime los párpados sobre el camino, como si deseara que me muriese”. 

Fuente: Télam

Opiniones (2)
8 de Diciembre de 2016|21:05
3
ERROR
8 de Diciembre de 2016|21:05
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. muchas gracias Guillermo por presentarnos a este grandioso poeta.
    2
  2. Aca les dejo una muestra de lo que Jirí compuso Séptima elegía Le escribo, Karina, y no sé si está viva, si no está usted ya donde no existe el deseo, si mientras tanto ha llegado a su fin su aún crítica edad. ¿Está muerta? Pida, pues, a su losa que se haga leve. Pida a las rosas, señora, que vuelvan a cerrarse. Pida al disgregarse que le lea el informe de mi disgregación. La muerte calla a la vista de los versos en los que voy a usted tan cruelmente joven y ya maduro, que en mi juventud me parezco a un rey de un reino perdido. Pero usted sabe cuántas alas nos faltan para echar a volar en el vuelo de un ángel cómo reímos con la sangre y con la sangre lloramos. Encontré mi caída y quiero decirle dónde sucedió. Una vez en el cielo (esto de Dios lo escribo) la transparencia se hirió de rojo celeste y sangraba. Luego partió.Era el crepúsculo. Tal vez fue sólo un sueño en el que soñaba madre y padre, la casa, mis dos hermanos; tal vez fue sólo un sueño en el que un hombre se descubre a sí mismo bajo los círculos de agua del estanque; tal vez fue sólo un sueño, espejo de la luna, mas no debí soñarlo, si no me hubiera despertado luego, no debía dejarme en las llamas que daban frío. ¡La caída de Dios! ¡qué caída! Luego está el niño solo, sin la fuerza de la gracia que sabe disminuir las dificultades, acortar la lejanía, cerrar el infierno con el perfume y la violeta. Y luego el niño está solo y se despierta y va hacia una realidad de males. Piensa que no llegará. El tiempo si no quiere no cura. El tiempo es un charlatán. Una vez una mujer, llena de encantos, la caída parecía un no-caer: estoy hablando de Narcisa. Todo era leve. E inexpresablemente próximo nos habló? el gozo. Fueron palabras que nunca podrá disolver el viento, era una lengua, la amada lengua materna de labios, manos, ojos, cuerpos y del vientre amado, donde la espléndida seguridad sobre un lecho se inclina; era esa lengua que sin lengua habla. ¿Qué quería Narcisa, cuando ante sus espejos se quedaba y las cosas de en torno al tocarlas rápidamente se helaban? Como Narciso, su sombra, ella nada, no quería otra cosa que contemplarse a sí misma sin alma, sin cuerpo, en el transparente espejo, hallaba sólo palabras de belleza, de dureza, más dura que el diamante, anhelaba de sí misma saber en sueños ajenos. No era como una fuente, sino que en fuentes se ahogaba. Ah, ¿dónde brota aquello en cuyo seno fluimos? ¿De quién las noches insomnes tanto se han posado en mí y se han dilatado tanto que ya no me queda espacio? He encontrado mi caída. ¿Sobre qué? ¡Sobre el llanto! Caían mis lágrimas. Caían sobre la ciénaga; caían por un reino vivo de miseria y de lamento; caían sin pudor, Karina, a usted le escribo, pida a su losa, que con la lluvia lavo, me siento como lluvia que llueve sobre su tumba, me siento como un llanto, sin forma ni tiempo, le escribo, Karina, y no sé si está viva, si no está usted ya donde no existe el deseo, si mientras tanto ha llegado a su fin su aún crítica edad. Conozco a una niña. Es como un beso todavía escondido en la boca, no se le permite más, se despereza solamente al sol, que es tenue, no quema, apaga la sed: adormece en el seno. Es joven como la tierra, leve como el aliento, como las hojas tiernas, como el alba y la felicidad. También yo conozco hermosos días. ¿Mas donde me llevarán? ¿Lo sabía usted ya? ¿Y sabe usted, Karina? Conozco también la grandeza de las mujeres: la espera de la madre, tal vez regrese a ella un triste hijo. Y conozco mi tierra, alegría sin causa, y la fidelidad. Sí, pero ignoro dónde se encuentra ahora. Conozco el despertar súbito de amarguras y desesperanzas, mas conocer es muy poco, y muy poco es querer, poco es saber la traición si el perdón es imposible. La muerte calla en presencia de los versos, verá, lo sueño aún. ¿Ante qué tempestad calla? ¿Ante qué horror? ¿Qué entenderemos allí? ¿Qué nos disgrega? ¿Qué muere también allí? ¿Qué cae allí eternamente? ¿Los amores? No quería, no quería callar, perdonad a Narcisa, perdonad el pecado y al mundo, encended una vela y rogad por la tierra, que diciembre con su hielo no la postre demasiado, que se le dé en abril lo que se les da a las flores, que sea para ella la noche bandera en una torre, que ondee hacia la luz, a la hora de los astros, que los amantes la alaben por el dolor. Tan cruelmente joven y ya maduro, me río hasta sangrar y lloro lágrimas de sangre y abandonado de Dios y a Dios abandonado, le escribo, Karina, y no sé si estoy vivo... Jirí Orten
    1
En Imágenes
15 fotos de la selección del año de National Geographic
8 de Diciembre de 2016
15 fotos de la selección del año de National Geographic