La física en la investigación criminológica

“Una disciplina rebelde”, asegura Rodolfo “Willy” Pregliasco, director del Grupo de Física Forense del Instituto Balseiro.

La oficina de Rodolfo “Willy” Pregliasco está en el primer piso de uno de los edificios del Balseiro, el instituto ubicado en las afueras de Bariloche (al lado del Centro Atómico) que forma a los “genios” de la física argentina. Allí Pregliasco desarrolló esta disciplina junto a Ernesto Martínez a fines de los noventa. Con él, les dieron las verdades de la ciencia a investigaciones de casos célebres en la Argentina, como la Masacre de Trelew de 1972, el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en Avellaneda en 2002, y la reconstrucción de los hechos del 20 de diciembre de 2001, durante la caída de De la Rúa, en la que Pregliasco y su equipo trabajan en la actualidad.


Y aunque considera que “cada caso deja una marca”, el que más lo marcó fue el de Trelew (uno de los primeros de terrorismo de Estado en el país).

-¿Cómo fue esa experiencia?
-Estuvimos durante un mes trabajando hasta altas horas de la noche en una base militar. A medida que avanzábamos en la reconstrucción, la habitación vacía se iba llenando de evidencias. Empezábamos a ver la ubicación de las celdas, de los catres, las inscripciones de las paredes, ocultadas por años de pintura. Estábamos en el lugar donde pasó todo, organizando la información que quedaba en el lugar 35 años más tarde. Éramos conscientes de que se trataba de un capítulo importante de la historia de nuestro país: fue el primer antecedente de terrorismo de Estado, en el que se ejecuta a prisioneros oficialmente detenidos. Nuestra contribución a la comprensión de la causa fue muy modesta, pero sentí el peso de una responsabilidad, que excedía al juicio que se estaba llevando a cabo.

-¿Y cómo ayuda la física a investigar este tipo de crímenes?
-Yo no pensaba que sirviera de mucho. Comenzamos a dedicarnos a esto junto con Ernesto Martínez como si fuera un hobby, una actividad para aprender algo antes de un asado. Nuestra gran sorpresa fue ver que servía tanto. Que las habilidades necesarias para la investigación científica eran una novedad en el ambiente judicial y que parecían diseñadas para resolver causas judiciales, en particular nuestra capacidad para manejarnos y ordenar enormes volúmenes de datos, graficarlos y tratar de organizar un todo contradictorio.

-¿Cuánto ha ayudado la tecnología para aplicar el conocimiento científico en estas investigaciones?
-En general, la gente tiene demasiada expectativa en el avance tecnológico, y eso tiene un fundamento: tenemos cada vez mejores equipos con técnicas más precisas, pero siempre ha sido más valioso, más importante y más caro formar y mantener al profesional que opera los equipos, compara, experimenta y saca conclusiones con ellos. Siempre lo esencial es el conocimiento y la búsqueda. Los equipos son sólo herramientas, como alguna vez el papel y el lápiz fueron grandes avances tecnológicos.

-¿En qué tipo de casos la física forense es un aporte valioso?

-No lo sé. Ni se puede saber mucho de antemano. Hay que revisar en cada caso qué es lo que la física puede aportar. Hay que tener en cuenta que el trabajo forense involucra a mucha gente y es de carácter interdisciplinario. La física por sí sola no resuelve las cosas, apenas hace un aporte que complementa el de otros profesionales.

-¿Y qué conocimientos de la física son los que más utilizan?
-Es distinto en cada caso. Sin embargo, la experiencia sugiere que hay temas que se repiten. El manejo de grandes volúmenes de datos, la capacidad de organizarlos en una reconstrucción coherente. Siempre aparece la estadística, porque cada afirmación requiere de poder evaluar su contundencia. Hemos hecho cosas con el uso de la física del sonido y los algoritmos de procesamiento de restricciones.

Pregliasco tiene un carisma particular para comunicar la ciencia. Él lo describe como “compartir nuestra sorpresa por la naturaleza”. Por eso suele aceptar invitaciones para dar charlas en escuelas: “Me gusta volver a la escuela y contar la buena nueva: lo que aprendemos allí sirve, es poderoso, misterioso y vibrante”, asegura con sabiduría.

-¿Qué les dirías a los chicos que ven a la física como algo muy difícil?
-La física (y no es la única disciplina con esta propiedad) tiene la virtud de preguntarse cómo funciona el mundo. Son preguntas extrañas, que permiten explorar fronteras en lo grande, en lo pequeño, en el inicio y en el fin de los tiempos. Es un territorio enorme para la curiosidad y la maravilla. Es mejor saber y estudiar, que te lo cuenten en un programa por la tele.

Después, la respuesta de Willy se abre al infinito: “La ciencia tiene una propiedad muy interesante: se basa en argumentos, y en argumentos que tenemos que construir en un diálogo, un debate. En ciencia es una de las pocas disciplinas en las que una discusión puede hacerte cambiar de opinión. Es una actividad colectiva y con una larga historia. No tiene jerarquías y cualquiera está autorizado a preguntar y a cuestionar desde el primer momento. La física es una disciplina rebelde. De alguna manera encarna a la razón que cuestiona al poder. Así comenzó la física moderna con Galileo. Es la manera de argumentar de la democracia que nos interesa”.

-¿Cómo te acercaste a la física, por qué elegiste esta carrera?
-Me encantaría decirte que de chiquito admiraba a Einstein... pero la verdad es que no tenía idea. Elegí estudiar física como podría haber estudiado Ingeniería o Literatura. Lo bueno es que elegí algo, el resto se va construyendo. Tenemos una larga tradición de orientadores que parecen oráculos: nos quieren hacer creer que sólo hay una manera de ser feliz para cada uno de nosotros. No creo en eso. Me parece que hay muchos caminos para elegir y en muchos de ellos hay un poco de alegría, un poco de esfuerzo y un poco de decepción. Lo peor es cuando uno no elige y vive lamentándose de lo que podría haber hecho. Lamento muchas cosas de mi vida, pero siempre son cosas que no hice en su momento. Todo lo vivido intensamente es bueno y deja una huella y un aprendizaje.

Fuente: Prensa UNCuyo, Leonardo Oliva

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