Cuentos de verano: Marcelo Salvatore

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Tango

Vestía mis mejores pilchas, un traje negro con finas líneas grises, camisa blanca y un corbatín oscuro como se estilaba entonces.

Una última acción de control frente a la espejada puerta.

Pagué y entré.

Una escalera reptaba hacia las profundidades del antiguo bodegón. En sus entrañas hervía lo que se conocía como “La Imperial”, la milonga más grande y clandestina de la ciudad. Después de la veda que impuso el Gobierno a la práctica y difusión del Tango en todas sus expresiones estos recintos secretos se hicieron muy populares. A ellos acudían las orquestas típicas de todos los lugares, tendencias y tiempos.

Recuerdo que me dejé el bigote unas semanas antes para parecer más grande. No funcionó. Tuve que sobornar al matón de la puerta con unos habanos “Romeo y Julieta” que mi viejo trajo de un viaje antes de morir, nada era mucho para esa noche. El destino o vaya a saber qué fuerza me decía que tenía que estar en ese momento y lugar, infringir la orden de mi madre, la prohibición gubernamental y arriesgarme a entrar. Eso hice, para bien o mal. Lustre final del blanquinegro zapato derecho en la pantorrilla izquierda y encaré.

El salón se abrió ante mí deslumbrándome. Las mesas con sus sillas repletas de parejas elegantes diseminadas en torno de la pista de baile en donde los cuerpos buscaban completar las más elaboradas figuras en tan sólo algunos centímetros. En el aire los acordes de “Milonguero Viejo” del maestro Di Sarli me empujaron a recorrer el salón. Con un cigarro en un rincón simulando gestos de grande a mis dieciocho, mientras miraba de reojo a todos lados sin encontrar lo que fui a buscar. Peinaba mi ridículo bigote de cuatro pelos impaciente cuando detrás de una pareja surgió mi ansiada joya, Marian del Mar. Sentada sola junto a un trago oscuro, larga boquilla y el cigarro con su humo tenue. Coronaba su rizado cabello azabache con una dorada peineta. Largos guantes que vestían sus delicadas manos hasta que estas se convertían en brazos con la armonía del tallo de una cala. En su cuello le adornaba un pañuelo corto de terciopelo rojo. Dándose aires con su abanico de marfil buscaba con la mirada de cometa nacida en esos ojos del cielo, como cazando entre los hombres que la deseaban. El sólo verla fue como una descarga. De pronto el sudor de mis manos y mi atolondrado corazón galopando por su causa. Uno se acercó y le propuso un baile. Ella aceptó y se puso de pie dejando caer su largo vestido azul con corte a la pierna derecha, como se comenzaba a usar por entonces. El andar a la pista y una espalda de escandalosa piel desnuda. Él la abrazó. Ella aceptó. La pieza aún no comenzaba y ellos buscaban el equilibrio. Entonces los acordes de Pascual Contursi que acababa de hacerse dueño del escenario les embrujó para dar los pasos más atrevidos. Yo la deseaba en las penumbras. Como la deseaba desde el día aquel en que me la crucé por primera vez.

Al morir mi padre nos dejó su viejo negocio y una montaña de deudas. Dejé los estudios para ayudar a mi madre con la tarea y con sus dolores. Llegó tarde a la despensa. Estábamos cerrando y ella buscaba tabaco. Recuerdo que iluminó mi gris mercado con su sonrisa al agradecerme por atenderla a deshoras. “Es una milonguera, no te le acerques por nada. Ellas sólo traen problemas” Mi madre murmuraba al ver mi cara viéndola alejarse tras el frio vidrio. Desde esa noche le seguí los pasos. Soborné a mi prima mayor para que en el patio del conventillo me enseñara algunos pasos del prohibido baile. Y así, cuando me creí preparado, junté mis ahorros para encarar hacia el bodegón de la calle Ayacucho que servía de cáscara para “La Imperial”. En mi divague no noté que Marian del Mar volvía a su trago, su cigarro estilizado y a las miradas de cazadora. Miré al escenario rogando que no pusieran milongas, aún no aprendía su compás. Anunciaron a un tal Roberto Goyeneche, de áspera voz agradeció y anunció “Mariposita”. Decidido encaré hacia donde aguardaba despreocupada. Los primeros acordes y yo que a sólo unos pasos ensayaba mi presentación pretendiendo contener mis nervios. Sí, aún hoy lo recuerdo todo. Yo de pie ante ella, emperadora de belleza sin igual. Aclaré mi voz y procuré un intento de saludo. Al notar mi presencia ella giró sus ojos a mí. Sus enormes y profundos ojos se iluminaron para acompañar esa clara sonrisa de media luna. Quedé inmóvil en ese segundo que vivirá en mí por siempre. Con toda mi nulidad pude armar una invitación a bailar. Luego todo se tornó oscuro.

Gritos en las penumbras y el humo irritante. Corridas y sólo algunas imágenes. Entre los fogonazos venidos de todos lados pude reconocer a Osvaldo Pugliese ayudando a Mariano Mores a huir tras el telón. Un Horacio Salgán junto a Ángel D’Agostino y a Miguel Caló llevándose entre los empujones a unas rubias de New York. Y en medio de la redada tironeando un blanco bandoneón, a Aníbal Troilo y al marplatense Ástor Piazzolla, con rojas mejillas de tanto esfuerzo.

Pero mi Marian del Mar no estaba.

Yo, desde el piso me reconocía con el mate roto por un bastón tosiendo por los gases. Un oficial de rostro cubierto y gris coraza me arrastró a la calle. Luego al vehículo, al juez y a esta condena de por vida.

El viejo cesa con sus recuerdos. Es mi compañía de celda. Yo estoy aquí por miles de crímenes, tantos que ya ni recuerdo si alguna vez fui inocente, él por un baile prohibido y un amor que nunca fue. No sé qué pena es la peor. Se acomoda ante la pequeña ventila que nos recuerda que existe una vida afuera. Una y otra vez es lo mismo, todos los días es igual. Siente la brisa y la claridad mientras deja escapar de su mente un pensamiento hecho queja desnuda.

_Si tan solo le hubiese dicho mi nombre…

Por Marcelo Salvatore

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