Cuentos de verano: Gonzalo Ruiz

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

El amor de Abril

A los diez años, una chica que sabe hacer payanitas enamora. Abril se sumó al curso en cuarto grado. En la primera clase de Gimnasia no quiso jugar al voley con las chicas y se prendió al fútbol con nosotros. Fue inevitable. Caí rendido a sus pies. Encima, se llamaba Abril, el mes de mi cumpleaños.

Era porteña, había llegado a Mendoza porque a su viejo lo trasladaron en el laburo. Entró al colegio más o menos en mayo y nos rompió la cabeza.

Todavía me acuerdo de la primera vez que hablé con ella. Fue a la semana de su llegada. Yo estaba comiendo tutucas mientras esperaba mi turno en el bebedero. Abril se me acercó y se presentó. Para mí, hablar con una chica era toda una rareza. Además, no me interesaba. A esa edad, claro.

– Hola, soy Abril, la nueva. Vos sos que el que te sentás en el rincón del fondo, ¿no? ¿Cómo te llamás?

– Rodrigo.

– Abril, mucho gusto –me dijo y me dio un beso en la mejilla, algo impensado, hasta desubicado. Menos mal que los chicos no estaban. Abril siguió.

– ¿Por qué comés tutucas?

– No sé… me gustan.

– A mí me encantan los juguitos congelados. El de ananá es riquísimo.

– Ah, sí…

– ¿Te gusta el fútbol?

– Sí.

– A mí también. ¿De qué equipo sos?

– De Independiente.

– Ja, qué amargo.

Abril dio media vuelta y empezó a correr por el patio. Era la primera vez que veía correr a una niña con armonía. No sé por qué todas mis compañeras no sabían correr. Cuando trataban de hacerlo era como que el cuerpo se les desarticulaba, como que estaban haciendo una tarea extraña, ajena a la naturaleza femenina. Abril corría con la agilidad de Caniggia, con la velocidad de Gustavito López o Pascualito Rambert.

En un recreo estábamos jugando con los chicos a ver quién hacía más payanitas con una pelota de tenis. Nadie pasaba las diez. Abril nos pidió que la dejáramos probar y metió 27 payanitas. Parecía el Diego. Era zurda y le daba a la pelotita con el empeine, tac, tac, tac, tac, el pie nunca tocaba el suelo, el toque era sutil. Ese día nos terminó de engatusar a todos. Cuando llegó a las 27 payanitas no quiso seguir, le dio risa y quizás también le dimos pena. Nos dio la pelota y nos dijo que practicáramos.

Para el Día de la Madre, todos hacíamos dibujos para regalar. Le poníamos mucha brillantina y papel glacé y salían esas cosas horribles que las madres guardan por obligación. Eran dibujos acordes a nuestros diez años. Abril rompía los moldes. Se dibujó en La Bombonera, en el medio de La 12, y llenó la hoja de brillantina azul y amarilla. Era una obra de arte, Abril.

En ese tiempo, lógicamente, no tenía la menor idea sobre qué era el amor. Pero estaba segurísimo de que estaba enamorado de Abril. Pasé todo cuarto grado sin decírselo. Me moría de vergüenza. En las vacaciones de invierno de quinto recién me animé. Mi viejo y el viejo de un compañero nos llevaron a varios chicos y chicas a ver no me acuerdo qué película a un cine de calle Lavalle. Era la época en la que veías una película, había como un entretiempo, comías unos algodones, unas manzanas acarameladas y volvías al cine a ver la segunda peli con el azúcar por las nubes.

Yo tenía todo planeado. Me senté a su lado, y antes de que empezara la película, cuando la luz ya estaba apagada y la gente comenzaba a hacer silencio, le dije al oído que me gustaba y que si quería ser mi novia. Me respondió que ya era hora, que se iba a cansar de esperar, y me dio un piquito. Después me agarró la mano, y de la alegría que tenía no me acuerdo nada más.

Desde ese día, el Rulo Richiardi empezó a hacer todo lo posible para que yo quedara como un boludo. Él también estaba muy enamorado de Abril. Yo trataba de no darle pelota. Llevaba el quilombo bastante bien. Pero en un partido en Gimnasia se desató el caos.

Abril jugaba para mi equipo y el Rulo jugaba para los otros. No me acuerdo cómo iba el partido, creo que perdíamos. Lo que sí me acuerdo es cuando escuché un grito, me di vuelta y Abril estaba en el piso, agarrándose la cara. Dijo, entre llanto, que el Rulo le había metido un codazo. Y se me nubló la vista. Me le fui al Rulo y nos recontrarrecagamos a trompadas. El Rulo perdió un diente y a mí me dejó un ojo como de boxeador. Firmamos el libro de disciplina, llamaron a nuestros viejos y casi nos echan a la mierda. Zafamos, todavía no sé cómo.

Abril, después de esa pelea con el Rulo, cuando volvimos al curso, me dio un beso que no olvidé jamás. Todos se reían, pero yo fui el tipo más feliz del mundo. A las semanas, me contó que se iba de Mendoza porque a su viejo lo trasladaban a Río Negro. Yo me hice el duro delante de ella, pero cuando llegué a mi casa las lágrimas me salieron solas. Antes de terminar quinto grado, Abril se despidió de todos y se fue con su familia al sur.

Al principio nos escribíamos cartas cada dos semanas, después cada un mes, cada tres, cada seis, hasta que un día, a mediados de sexto grado, no nos escribimos más. Terminamos la primaria, entré a la secundaria junto con el Rulo y nos hicimos grandes amigos. Siempre nos cagábamos de risa cuando nos acordábamos de esa piñadera. Con el tiempo, él se recibió de ingeniero industrial y se fue a Europa. Yo me recibí de kinesiólogo y me quedé en Mendoza.

Nunca más supe de Abril hasta ayer.

Me habló mi vieja y me dijo que había llamado una tal Abril Santana, que dejó un celular, porque estaba en Mendoza y quería verme. Creí que era imposible, pero le llamé y quedamos en juntarnos en un café de la Peatonal.

Llegué al café. No alcancé a sentarme que la vi venir. Abril llega sonriendo, hermosa siempre, me da un abrazo muy largo, se sienta y lo primero que me dice es que no lo puede creer, que estoy muy grande, que ella sabía que en algún momento nos íbamos a volver a ver, que casi se muere de alegría cuando en mi casa de siempre atendió mi vieja. Y me pregunta si estoy casado, si tengo hijos, si me acuerdo de la tarde del cine, de cuando nos ganaba haciendo payanitas, del codazo del Rulo, y se ríe y me repite que no lo puede creer, que qué loco todo, y me confiesa que el Rulo ni la tocó esa vez de la piñadera, que ella exageró porque quería ver si yo reaccionaba, y que mi reacción la enamoró para toda la vida y que tenía muchísimas ganas de verme y que ahora ella es profesora de Historia, que vive en la Capital Federal, que se casó joven, a los veinte, pero se separó después –“una pendejada”, me dice– y me cuenta que tiene una nena de cuatro y que está feliz de tenerme enfrente y me vuelve a repetir que no lo puede creer y me confiesa que nunca dejó de extrañarme y la veo a los ojos y tiene esa alegría de la infancia, ese carisma de siempre y no sé si estoy en un café de la Peatonal o en el patio del colegio, todo da vueltas, y no entiendo bien si Abril tiene veintiocho años u once, pero la veo haciendo payanitas y diciéndome que soy un amargo y de repente me parece que todo está oscuro y se parece a un cine y tomo fuerzas, aguanto la respiración y le digo al oído que me gusta y ella me dice que ya era hora y la vuelvo a ver y Abril es toda una mujer y me acuerdo del partido ante el Rulo, y ahora pienso que el Rulo ni la tocó, que ella fingió y me da vergüenza y pienso que estoy frente a una mentirosa y que por su culpa me cagué a trompadas con un gran amigo y que casi nos echan de la escuela y que encima perdimos ese partido porque se suspendió y no lo pudimos dar vuelta y me pongo de pie, ella me vuelve a sonreír, la luz de la mañana la alumbra su cara, tomo aire, la veo a los ojos y le digo, sin vueltas, como se dicen las cosas importantes en la vida, algo que me pide salir desde el corazón:

– Abril, andate bien a la mierda.

Por Gonzalo Ruiz

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8 de Diciembre de 2016|19:06
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