Cuentos de verano: Mercedes Fernández

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Historia de una espalda

(A Ana María Giunta, mi amiga)


Según me contaron, todo comenzó con aquella caja de bombones (¿o eran masas?), que ella llevaba una tarde increíble de sol. El encuentro no fue casual. El azar no existe. Hay una clase de predestinación, de hado, de signo, estrella o fatalismo escrito en cada partícula que permite el delicado equilibrio del universo. Por eso, aquella tarde, los caminos de ambos se cruzaron. Bajo la canícula aplastante, las miradas se fundieron, quizá reconociéndose de vidas anteriores, quizá presintiéndose en existencias futuras, tal vez ya con la convicción de que el uno estaba espejado en los restallantes ojos del otro para siempre.

Lo cierto es que todo pareció adquirir una florescencia alrededor y el amor estalló con el natural desborde con el que deben salir al exterior las pasiones. Se amaron durante años, durante instantes eternos, durante vidas intemporales. Con placer intenso bebieron los almíbares de su pasión. El la acariciaba larga, lenta, golosamente. Con la punta de los dedos reconocía una y otra vez cada espacio, cada centímetro de esa piel, cada hueco frugal, cada reborde u ondulación del cuerpo. Tenés una espalda de muchacha adolescente, escuchaba ella entre algodones, pues él se lo decía como para sí, en una clase de afán por no romper el hechizo.

Dije antes que bebieron hasta la última gota de la copa del amor, pero para ser justa, debí haber dicho comieron. Y para redondear la figura y ajustarla con precisión, agregar: comió. Ella comió y comió. Hasta lo increíble. Hasta el hartazgo. Y él siguió amándola y pasando y repasando con las delicadas yemas de sus dedos la piel de la amada.

Transcurrió el tiempo, pasaron las lunas, los estíos, los inviernos, las horas, los minutos. Ella engordaba y engordaba. Inútiles fueron los esfuerzos, las consultas médicas, las dietas dolorosas, los parapsicólogos y mano santas consultados. Ella engordaba.

Los espacios que antes fueron deliciosos tramos ondulantes eran ahora enormes y blanquísimas llanuras, peligrosas pendientes, inmensos y perfumados huecos. De todos modos, nada hizo peligrar el cariño entre ambos. Los momentos de pasión debieron restringirse a una sola forma de hacer el amor, pero a él le quedaba aún la delicia de acariciar más largamente la piel de la idolatrada esposa.

Pero la predestinación estaba echada. La monstruosa enfermedad prosiguió el curso y convirtió a aquella grácil figura que antaño llevara una fuente de masas (eran masas) en una lejana tarde de verano, en una descomunal figura que perdía, instante tras instante la forma humana.

Hubo que trasladarla a un sillón de tres cuerpos donde, entre almohadones con puntillas, ella comía bombones y dulces conque el esposo la agasajaba, mientras miraba arrobada el jardín. Y pronto fue llevada hasta una cama especialmente construida para soportar el peso de su cuerpo, pues peligró la posibilidad de poder extraerla del sillón, que amenazaba con enterrarse como garfios en las femeninas carnes. Aunque él no se amilanó. Siguió cautivado con las largas recorridas sensuales en el enorme cuerpo de la amada y con un esfuerzo cada vez mayor, cuando lograba voltearla, volvía a ensimismarse y continuaban escuchándose, ahora entre los ruiditos de los papeles plateados de los bombones de licor, los susurros de la voz varonil: Seguís teniendo una espalda de muchacha adolescente.

Pero las historias siempre epilogan. Y ésta tenía preparado un final casi previsible, según venían desencadenándose los acontecimientos. Todo había comenzado con una bandeja de masas rellenas y el final del capítulo tuvo la primera línea con uno de esos dulces que ella se llevó a la boca mientras él le acomodaba el almohadón sobre el que descansaba la larga cabellera femenina. El pareció notar que las mejillas sonrosadas se hinchaban más y más. Pero no era sólo la gentil faz la que crecía. Aumentaba también el tamaño de cuerpo. Espantado, vio como ella se agrandaba, se agigantaba, desbordaba la cama, alcanzaba las paredes, destrozaba los muebles contra los muros. Cuando vio que la desmesurada cabeza rompía en mil pedazos la araña de cristales que pendía del techo, saltó desesperado por la ventana que daba al jardín de los tilos que los amantes tanto habían querido. Desde el suelo, azorado, vio aparecer los ojos de aterciopeladas pestañas que lo miraban por última vez con una intensísima carga de amor. Instantes después, la casa explotaba y con ella el cuerpo amado de la eterna doncella. El aire se cargó entonces durante largos segundos de una fina lluvia plasmada del color y del intenso perfume de la piel de la esposa. La tarde, se asemejaba a aquella otra, solo que esta vez, el rabioso sol se opacó con los miles de retazos de piel rosada, que como una nube de rutilantes mariposas, revoloteó largamente sobre el jardín.

Enturbiados los ojos por las lágrimas, el fiel amante alcanzó una de aquellas maravillosas y mágicas palominas entre las manos, y suspirosamente musitó: Y sin embargo, continuabas teniendo la espalda de una muchacha adolescente.

Por Mercedes Fernández

¿Qué sentís?
100%Satisfacción0%Esperanza0%Bronca0%Tristeza0%Incertidumbre0%Indiferencia
Opiniones (0)
5 de Diciembre de 2016|22:06
1
ERROR
5 de Diciembre de 2016|22:06
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
    28 de Noviembre de 2016
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016