Cuentos de verano: Leonor Sinay

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Y desaparecieron las sombras


“Quereme así piantao, piantao, piantao,

trepate a esta ternura de locos que hay en mí”


Temprano, esa mañana de abril me iba abriendo paso entre la niebla.

De repente, cruzó por mi cuerpo un escalofrío, una especie de arrancón. Me robaron el alma, pensé.

Sonreí por la puerilidad que se me había ocurrido. Sin embargo, algo no estaba bien. Sentía el cuerpo más liviano. La mochila, la ropa, las zapatillas, todo, estaba en su lugar.

Poco a poco el día se fue aclarando. Aparecieron los primeros rayos de sol cada vez más fuertes, presagiando uno de esos calores tardíos de mediados de abril.

En ese momento fue que me di cuenta. Me habían robado la sombra y al parecer no solamente a mí, las personas a mi alrededor palpaban su cuerpo como si algo les faltara. Aparentemente, aún no comprendían lo que les pasaba.

La sombra, dije yo en voz alta, nos han robado la sombra. ¿No ven que no se proyecta en el suelo?

Empecé a correr sin saber hacia dónde dirigirme.

Mi vida ya no sería la misma. Nada ni nadie sería igual sin sombra.

Corrí desesperado, la busqué a la vuelta de cada esquina, detrás de cada árbol, en el fondo de todas las acequias: la angustia me oprimía la garganta.

En esa sombra estaba mi niñez, mi adolescencia, la vida adulta recién comenzada.

De repente, alguien que conocía de algún lado corría a lo lejos.

Traté de ubicar esa figura, ese personaje que, bolsa al hombro, giraba a cada rato la cabeza para observar si era seguido.

_ ¿Cómo llegó aquí? ¿Por qué está aquí?_ Me dije.

Él tiene las sombras.

Lo alcancé y no pudo menos que detenerse. De todos modos no era peligroso.

Lo reconocí por el medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, las dos medias suelas clavadas en los pies, y la banderita de taxi libre que levantaba en una mano, ya que en la otra sostenía la bolsa.

_ Loco de la balada_ dije en voz alta_. Dejaste Buenos Aires. Nos robaste las sombras, le reproché, sabiendo que estaba hablando en forma inconexa.

_ No las robé, dijo, las liberé.

_No podés liberarlas, insistí. Ellas sin nosotros no existen y nosotros sin ellas tampoco_, agregué tristemente.

_No sabés lo que es estar encerrado. Yo sí. Mis amigos de Vieytes, los del Sauce lo saben. Estar encerrado es como estar muerto.

_En la bolsa también están presas, continué para hacerlo entrar en razón, si es que se puede hacer entrar en razón a un loco, aunque sea un loco tan querido.

¿A donde las llevabas?

_Las iba a liberar en el parque__, contestó serio. Y abrió la bolsa.

Las sombras salieron dando tumbos. Se erguían, saltaban y hacían piruetas Pero, como si la fuerza les decayera, poco a poco se fueron aproximando a nosotros, se apoyaron en nuestros hombros y deslizándose llegaron al suelo hasta formar un ángulo recto con nuestros cuerpos.

El loco de la balada me miró muy triste, se sacó el melón para saludarme, me regaló una banderita, y me dijo...

_Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...

Y así se fue, subido en su ilusión súper – sport, dejándonos a todos sin saber si teníamos o no prisionera a nuestra sombra.

Por Leonor Sinay

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