Cuentos de verano: Fernando Montaña Berdugo

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento..

Me lo dijo una gitana

Por eso, cuando ella mostraba orgullosa al resto de los colonos el retrato de Patoruzito con la exclamación: ¡Huija, felicidades mi amor!, encerradas en un gran círculo con letras rojas, no pude menos que sentirme un boludo.

Tres días de encierro, casi sin dormir, en ayunas, en el caos creativo para dar con el mejor poema, la más dulce canción que conmoviera sus sentidos. Tan sensible, tan romántica ella y todo para nada.

Por eso cuando el gordito Upa esbozaba su sonrisa canchera por haberme ganado de mano con su intención animada en simulcop, vulgar xerox o sccaner, no pude menos que sentirme Isidorito, siempre a la sombra del Caciquito Patagónico.

Allí estábamos todos en la aldea gitana, en medio de carpas coloridas, como ilustrados por la pluma de Dante Quinterno. Como en cada cuadrito de esa famosa historieta llamada Patoruzú, los buenos ganaban, saboreaban como un elixir relajante las empanadas de la Chacha, mientras que los malos, o en su defecto los osados o para la ideología del autor los loquitos, los antisistema, debían padecer la persecución del Coronel Cañones, del Capitán Metralla y en el último de los casos la moralina toda del clan Patoruzek, gráficamente la peor de las tragedias.

Así me sentía entonces en esa colectividad de la Quinta Sección, a la que fui a echar mis cartas motivado por unos ojos profundamente oscuros y una cintura que danzaba al ritmo de mi corazón. La dulce gitana del lunar sobre su labio superior más que adivinar mi suerte, me arrojó lejos de su destino, junto a los naipes, los poemas y mis esforzadas canciones noctámbulas.

Por eso en un ambiente en que prevalecían las lacrimógenas melodías de Roberto Sánchez, hice ¡plop!, al ver que los ojos gitanos que tanto quería, solo buscaban los de Upa, el gordito de aros y pañuelos rojos, quien se había ganado la admiración y respeto de toda la aldea por su talento inigualable para el garabato. Yo en cambio no hice cuadro, no fui héroe de su historieta. Me gané el averno, cargué el estigma de ser un soñador de noches de Mau Mau, de tener amistades rayadas como Cachorra, el malo de la pluma de Quinterno.

Y no pude menos que comprobar en piel propia cuan crueles suelen ser las gitanas, o los autores de viñetas para quienes no somos de su misma tribu o condición. 

Por Fernando Montaña Berdugo 

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10 de Diciembre de 2016|00:01
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