Cuentos de verano: Fabián Ariel Renna

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Martita, ¡es un milagro!

El pueblo nunca volvió a ser el mismo desde aquella calurosa siesta de febrero.

Marta vivía en la casa 39 del barrio Estrella Distante, era soltera, tenia tres hijos, de 3, 5 y 9 años, todos llevaban su apellido, debido a la pluripaternidad y a su incapacidad para retener a los hombres hasta el fin de cada gestación.

Trabajaba de empleada de servicio domestico en dos casas del centro de la ciudad, en una de lunes a viernes de 8 a 15 horas y en la otra tres veces por semana, en tareas de planchado.

Su situación mejoró desde que le otorgaron la asignación universal por hijo, una ayuda del estado de $ 200 por cada menor, ello le permitió dejar un trabajo de fin de semana, limpiando un local bailable.

La casa que ocupaba fue abandonada por una familia que se había ido a vivir a Chile, después que acusaron al propietario de abusar de dos menores del barrio y los vecinos intentaran varias veces incendiar la vivienda con todo y todos en su interior. Su última pareja, hábil en tareas de albañilería, arregló el techo del comedor y las cañerías de agua, la vivienda se tornó habitable para un pobre.

En el barrio no desentonaba con sus vecinos, era una comunidad compuesta en su mayoría por trabajadoras, que se dedicaban en general a limpiar la mierda de los burgueses de un country ubicado a dos kilómetros, cercado y con seguridad, con un desarrollo profuso en los últimos diez años. Siempre necesitaban una empleada de limpieza, el trabajo duraba hasta que un día los guardias de seguridad no la dejaban pasar, sin dar explicaciones. Cuando los propietarios solicitaban que no permitieran el ingreso al tal persona, sin necesidad de exponer las razones, se prohibía el ingreso de esta sin más.

Ese mes de febrero fue especialmente lluvioso, tormentas eléctricas y vientos de intensidad considerable, azotaron el piedemonte con regularidad, la primera quincena, el verano se despedía dejando huellas en las calles, arboledas y casas.

El hecho sucedió el segundo martes del mes, eran las 16 horas y Marta llegaba de trabajar en la casa de la Dra. Levy, una buena mujer, era jueza de familia y había confiado la organización de su hogar en ella, tenía llave de la casa y a las ocho ingresaba, preparaba el desayuno, lavaba los platos de la cena y cuando los Levy se iban a trabajar ordenaba los dormitorios, limpiaba los baños, lavaba ropa, preparaba el almuerzo, y cuando regresaban, comían, arreglaba todo nuevamente y se retiraba.

Bajó del colectivo en la entrada del barrio y desde la esquina anterior a su casa advirtió que tres vecinas y los niños estaban parados frente a su vivienda, apuró el paso, pensó que sus hijos podrían haber salido antes de la escuela y hecho alguna travesura o que le habían robado, no sería la primera vez que entraban ladrones a la casa. Pero no era nada de eso.

Pocha, la vecina más próxima, con un vestido floreado, en colores celestes, las manos en la cintura y la expresión de la cara consternada, dijo:

- Martita, es un milagro! – una lágrima brotaba de su ojo derecho y el izquierdo estaba congestionado a punto de estallar.

- Qué pasó? – preguntó Marta desorientada.

- Es la virgen.

- Qué?

- La virgen, nena. – la doblaba en edad y cariñosamente a veces de le decía nena.

- No entiendo. – entre el cansancio de una jornada de trabajo especialmente pesada y lo intempestivo de la situación, Marta no sabía de que le hablaban.

- En la pared de tu casa, en la mancha de humedad que esta en el frente, a la altura de la cocina, apareció una imagen de la virgen. – refirió más tranquila Pocha.

- Yo no veo nada Pochita, es la humedad de siempre, el hijo de puta del Rolo puso mal la grifería de la mesada y no deja de perder.

- Mira bien nena. Es la virgen.

- Si es la virgen, es un milagro – añadió la otra vecina, con la que Marta no se hablaba hace dos años.

- Milagro es que me dirija la palabra usted.

- No son momentos para rencores, es un milagro, esto pasa en distintos lugares del mundo, lo vi en la televisión hace poco, se manifiesta la virgencita para traer un mensaje.

- Un mensaje. Este barrio lo que menos necesita son mensajes.- replicó Marta.

- Vos y tu incredulidad, es la virgen nena, es algo bueno.

- Eso espero.

Marta miro un rato la pared y fue a cambiarse de ropa para buscar a sus hijos a la salida de la escuela-

Atribulada por sus pensamientos anduvo el camino hacia el colegio, espero a sus hijos y al retornar encontró a Pocha arrodillada frente a la pared de la vivienda, prendiendo velas y rezando en voz alta junto a su hija mayor un Ave María. Cuando iba a increparla por la invasión y la escena que estaba montando, se detuvo, no le salieron las palabras, se persignó y entro a la vivienda callada.

Por qué en mi casa?, se preguntaba, nunca fui muy creyente, soy bautizada, hice la comunión en la escuela, pero nunca tuve una relación muy especial con dios, de hecho se olvidó bastante de mi y de mi familia.

Al día siguiente, al partir al trabajo la vino a ver el Padre Juan Carlos, de la Parroquia del barrio, le dijo que no sabia con certeza de que se trataba, pero que estas cosas pasaban, que estando la virgen de por medio no podía ser nada malo, que si servía para atraer a la gente del barrio a misa, él estaría feliz.

Marta permanecía incrédula, en su trabajo no comentó nada. Los Levy eran gente estudiada, culta, se reirían de ella si relataba el suceso.

Esa la tarde, el frente se su casa era un santuario, a las velas se habían sumado dos imágenes de la virgen, unos zapatitos de bebe, botellas de agua y gente de los barrios cercanos se arrimaba a ver la imagen con una mezcla de temor y fe.

A medida que pasaban los días la noticia se expandió, llegó la televisión local, un canal de Buenos Aires, se publicó una nota el diario Los Andes. En la calle se instalaron dos puestos de venta de estampitas y rosarios. Día a día crecía la concurrencia.

El fin de semana no pudo casi salir de la casa. En la noche del sábado no la dejaron dormir, el domingo desfilaron casi doscientas personas, dejando ofrendas, orando.

Una mujer del barrio comentó que se produjo un milagro, su hijo regresó sano a casa después de tres años sin saber nada de él. Estuvo preso en San Juan por hurto agravado, le redujeron la pena y de la cárcel salió ileso. Así, en pocos días se multiplicaron las anécdotas que daban cuenta de la bondad de la virgen.

Marta aún no podía creer lo que estaba pasando.

Los alumnos de la escuela escribieron un poema a la virgen y lo pegaron en la verja de la casa.

Un domingo a fin de mes, después de mucho pensarlo, Marta se levantó a la madrugada, recogió las velas, botellas, ofrendas y las colocó en bolsas de residuos negras. Una vez despejado el lugar, procedió a pintar la pared de blanco y de esta manera hizo desaparecer la imagen de la virgen.

Ese lunes salió temprano a su trabajo, los niños estaban en la casa de su abuela materna, procuró no hablar con nadie. Después de una largo día de trabajo, al regresar bajó del colectivo en la entrada del barrio y desde la esquina anterior a su casa divisó el humo. Tres vecinas y los niños estaban parados frente a su vivienda. Apuró el paso.

Pocha, la vecina más próxima, con un vestido floreado, de colores celestes, el mismo que usó hace dos semanas, con las manos en la cintura y la expresión de la cara consternada, dijo:

- Martita, es una desgracia. Se quemó tu casa!, un incendio devastador, no te quedó nada. 

Por Fabián Ariel Renna

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