Cuentos de verano: Adrián Monetti

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 En honor a Luisa

Primero se murieron las flores amarillas, después una nube y después se murió Luisa. Se murió de vieja, sin grandes exclamaciones y sin meter en problemas a nadie. Se murió calladita, con los ojos cerrados y la boca sonriendo. Y apenas se fue nacieron flores amarillas y una nube. El cura Ángel le quiso dar la extremaunción, cosa que ella rechazó amablemente.

El cura no insistió. Estaba nervioso. Mientras hablaba las palabras se le caían como baba. Entonces se limpiaba con el dorso de la mano y se llenaba las falanges y la muñeca de letras desparramadas. Sin que nadie se diera cuenta se comió un par de efes y una de minúscula, insignificante, pero que le costó tragar más que las otras. El cura sabía que tenía que actuar con la misericordia que requería el momento, aunque fuera bendecirla de reojo, pero no se animó, no pudo.

Terminó sus asuntos y salió por la puerta, sin mirar a nadie, con la mirada en el piso, rumbo al cementerio a preparar el entierro. En la puerta se cruzó con el doctor Peralta pero no se reconocieron. El Doctor quería salvar a Luisa de esas manos hipócritas, ponerle alas o ruedas y llevársela lejos, pero solo atinó a quedarse en el rincón más oscuro de la habitación, mirando hacia el piso. Nunca más usó ese estetoscopio, porque sabía que ahí estaba guardado el último latido del corazón de Luisa; por años estuvo en el cajón del escritorio de su consultorio, hasta que lo agarró su nieto para jugar y el último latido de Luisa se escapó por la ventana.

No hubo tiempo para el café, ni la grapa ni el coñac, tampoco para un rosario. Un corro de mujeres se adelantaba a las cosas que debían disponerse. Del apuro casi meten en el cajón al cuerpo, para después vestirlo y por último lavarlo. No fuera cosa que Luisa

se arrepintiera y se levantara y se llenase de flores amarillas por donde ella caminase. Eran cuatro o cinco mujeres sin edad, podían ser ancianas o adolescentes que no habría diferencia. Hacían los menesteres de la muerte con sigilo, con la confianza de la costumbre. Vestían de negro, gris o verde oscuro, el pelo en rodete y las tetas apretadas con corcet, para no tentar a nadie, debajo de las blusas y los escapularios. Aburrimientos de siestas mirando la estampita de San Roque, de Lucas Tadeo y la del

Arcángel Gabriel, repitiendo hasta que las lenguas sangraban el Credo. Siempre dispuestas para el puterío e inventar vidas ajenas. La odiaban, por eso la lavaban, la amortajaban con sedas y le ponían flores amarillas recién nacidas entre el poco pelo blanco.

Despacito, para no despertarla.

El pueblo estaba en silencio, latiendo. Algunos se reían felices, pero por dentro. Contentos como chanchos, como chanchos sigilosos, no fuese cosa que el recato volviese a la edad de piedra, y que la moral y las buenas costumbres se fuesen al carajo.

Algunos prendieron velas a escondidas y los pábilos se convirtieron en flores amarillas, pero no le dijeron a nadie. Algunos la lloraron, pero sin lágrimas, sollozo seco y secreto, con pañuelo de seda bordado a mano, escondido en la manga.

En la calle esperaban unas diez personas, todos hombres, y una carroza tirada por dos caballos muertos de hambre. Eran blancos y sucios, con panzas bombeadas y pulgas con panzas bombeadas. Ojos vidriosos, el cuello gacho. Crines a punto de quebrarse como hielo. El dueño de la funeraria, Ramírez, de muy buena gana hubiese prestado el Kaiser Carabela, negro y gigante, para llevar a los muertos con confort y olor a tapizado nuevo. Pero su mujer estaba entre las que ayudaban en el trámite del entierro, entonces cedió la carroza y los caballos. Por ese gesto mínimo y para nada casual se le crearía un infierno íntimo de reproches y estampitas de San Cipriano que duraría años, hasta que él mismo viajó en el Kaiser Carabela, en la parte de atrás.

Bastaba una sola persona para llevar el cajón, de chiquita que era Luisa. Todos los presentes, que no eran ni muchos ni pocos, solo los justos, se ofrecieron dando un paso hacia delante. No fue necesario, porque el ataúd voló solito desde la casa hasta la carroza. El farmacéutico Elías, que estaba 50 km más al norte, asegura que en ese momento vio a una mariposa verde con cara de sueño transformarse en una roja y en otra amarilla más pequeñas, aunque todavía no se sabe qué relación tuvo con el hecho.

Los caballos resoplaron y pararon las orejas. Uno rascó el piso con la pata, nervioso. El viejo Molito subió a la carroza y tomó las riendas. Estaba vestido con el frac y la galera, y sabía que era la última vez, porque para manejar el Carabela ya don Ramírez le había dado un saco negro; la camisa y la corbata los tenía que poner él. Por costumbre nunca miraba los cajones, esperaba un tiempo prudencial y azuzaba al Gaucho y a la Jimena y estos salían despacio, por la calle de tierra. Pero a Luisa la tuvo que mirar, de soslayo, mientras hacía que se ajustaba el zapato, y la sospechó cómoda entre las seis maderas que la envolvían y se sintió un tanto reconfortado, aunque no cambió el rostro circunspecto y la mirada sin adiós.

Los caballos al sentir el cuero en el lomo arrancaron. Les costó hacer pie los primeros pasos; hacía tiempo que nadie les cambiaba las herraduras, pulidas de tanto ir y venir al cementerio, sobre todo los inviernos. Daban ganas de ayudarlos al Gaucho y a la Jimena, de empujarlos un poquito. Los dos a duras penas llevaban como podían la carga. El cuero cayó sobre el cuero. El viejo Molito le dio otro latigazo cortito al gaucho, el más remolón según su criterio, el más viejo según la naturaleza. Al viejo Molito le partía el corazón azuzar a las bestias, no por ellas, sino porque el traje se le rajaba en el sobaco cuando levantaba el brazo, después de mil zurcidas infructuosas.

Dos cuadras por la calle de asfalto, hasta la primera de tierra. El cementerio se acercaba despacito, casi ni se movía. Cuesta arriba el Gaucho y la Jimena seguían caminando, luchaban contra el piso, paso por paso. Parecían muertos, los ojos en blanco, la boca espumosa y la lengua cortada por los dientes. La cuadra de los negocios pasó lastimosa. Aparecían los primeros yuyos de la pared del cementerio.

Empezaban a asomar las primeras lápidas. Todos se comenzaron a sentir más aliviados, la cosa terminaría pronto. Las puertas de reja negra del cementerio se ofrecían, solícitas, unos metros más allá.

Entonces ocurrió lo inesperado. Los caballos siempre doblaban solos y entraban por el portón, no hacía falta que el viejo Molito les tirara la rienda para guiarlos. Caminaban por el senderito flanqueado de margaritas y cruces y se detenían ante la tumba cavada

para la ocasión. Pero esa vez siguieron, a pesar de los azotes y de los insultos entre dientes. Poseídos por una fuerza descomunal siguieron caminando cada vez más rápido. Repentinamente su pelo se volvió limpio y sano, les salieron músculos y dientes. Briosos siguieron al trote, casi salvajes, perfectos. Las crines estallaron en llamas. Alguien intentó pararse delante de ellos pero fue ignorado; otro intentó tomarse de la parte trasera de la carroza, pero fue despedido por una corriente eléctrica, proveniente de la madera del ataúd. El cura Ángel y el enterrador, que estaban esperando en la puerta del cementerio la llegada de Luisa, juran que vieron pasar al Gaucho, a la Jimena y a la carroza volando, dejando una estela de cometa rabioso, y que del féretro salían estrellitas de colores y remolinos de luces. Los que iban detrás en romería se miraron entre ellos, se encogieron de hombros y continuaron como pudieron detrás de los caballos. El viejo Molito, conmocionado por las circunstancias, se arrojó sin medir las consecuencias, pero una fuerza invisible y misteriosa lo detuvo unos centímetros antes del suelo y lo depositó con suavidad en él, pero sin poder evitar que el saco se terminara de rasgar en la axila.

El milagro ya estaba declarado. El cura Ángel lo declaró tácitamente al salir detrás del carro y empezar a bendecir a diestra y siniestra. La emoción de los hombres iba subiendo con cada paso del Gaucho y de la Jimena, una devoción creciente se apoderaba de ellos, los convertía en fieles privilegiados. Estaban decididos a caminar hasta el otro pueblo, hasta otro mundo. Ellos iban a crear la leyenda con sus relatos desperdigados a los cuatro vientos, con sus palabras vividas.

Unos doscientos metros más allá del final del pueblo los caballos se detuvieron. Cayeron fláccidamente al piso, como si sus órganos, sus huesos y su sangre se hubieran evaporado. Quedaron solo los cueros, tirados en el piso como sombras de Hiroshima.

Agotados, los acompañantes se sentaron en el piso y miraron en derredor. Era un lugar bonito, al lado de un zanjón que prometía agua en un futuro más cercano y de un sauce que parecía extrañar a alguien.

El féretro no estaba. Luisa había desaparecido y nunca habría de aparecer. No tenía por qué. La carroza estaba exhausta. Las ruedas de madera se empezaron a convertir en aserrín y de a poco todo el resto fue haciendo un montículo. Luego un remolino que

apareció quién sabe de dónde se lo llevó.

No se sabe de quién fue la idea, pero todos los presentes estuvieron de acuerdo después de tantas señales. Lo que había que hacer era claro e innegable.

Había que perpetuar la memoria de la difunta. Entonces, con el padre Ángel a la cabeza, fundaron el primer prostíbulo del pueblo, en honor a Luisa.

Con el milagro ya certificado por la autoridad competente estaba vigente la adoración. Levantaron un galpón y lo dividieron con tabiques de madera.

Una comisión fue a un remate a la ciudad y trajo seis camas de hierro, que eran de un hospital psiquiátrico. Consiguieron lámparas rojas, vestidos de dama y sábanas para la ocasión en una feria de turcos incomprensibles pero muy diligentes.

Cuando el sitio estuvo listo algunos se animaron a colgar unos cuadros que creyeron apropiados; un barco a vapor luchando contra una tormenta y unos cazadores vestidos de rojo mezclados con perros siguiendo a una zorra invisible. Buscaron en la casa de Luisa una foto suya, alguna imagen que la recordara, pero no encontraron. Entonces se llevaron la cortina de piedras rojas, verdes y amarillas que estaba en la entrada del cuarto donde atendía a los clientes y la colgaron en la entrada del galpón. Y se sentaron en la puerta, bajo el sauce y junto al zanjón que traía un poquito de agua, a esperar, mirando cómo crecían unas flores amarillas chiquititas.

Lentamente, fueron llegando. Mujeres arreciadas por la necesidad, la soledad y otras urgencias, dispuestas a ejercer el oficio. Del norte, de pueblos vecinos, una que parecía polaca, la única rubia, que se hacía la que no sabía español; de las ciudades y del espacio. Y el lugar se hizo chico. Entonces había que esperar en el patio, entre las flores amarillas, que se desocupara alguna cama; y para no aburrirse habían puesto un combinado y bailaban como anticipando. Ángel, que no era más el cura, puso unas mesas y una barra. Trajo ron, ginebra, cerveza, grapa, ajenjo y jugo de naranja.

Colgaron focos del sauce y les pusieron pañuelos de seda amarilla. Y el ruido se escuchaba desde el pueblo y las mismas viejas que la habían amortajado llamaban a la policía para quejarse por la felicidad que se escuchaba desde lo de Luisa. El comisario aprovechaba y se arrimaba para tomar una grapa con naranja o cerveza con granadina, inventos del Ángel, y se ponía a esperar a la polaca. Mientras, el farmacéutico Elías hacía mariposas de papel maché y el viejo Molito estacionaba el Kaiser Carabela cerca de la puerta para que don Ramírez no tuviera que caminar tanto.

Una noche alguien se puso una flor amarilla en la solapa del saco y esta acción casual se tornó una costumbre, luego, con el tiempo, en una especie de señal de pertenencia a una hermandad secreta, y todas las casas del pueblo tuvieron flores amarillas subrepticias en una solapa.

Por Adrián Monetti

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