“La postura de Halperin Donghi elude explicaciones simples”

El historiador y ensayista Elías José Palti revisa la herencia intelectual de su colega y maestro, Tulio Halperín Donghi, muerto a fines del año pasado.

El historiador y ensayista Elías José Palti revisa la herencia intelectual de su colega y maestro, Tulio Halperín Donghi, muerto a fines del año pasado, poniendo el acento en el contexto de recepción de su obra, destacando su rigor y Revolución y guerra -sobre el siglo XIX- como su libro fundamental. 

Palti es doctor en Historia por la Universidad de Berkeley, California (Estados Unidos), y realizó también estudios posdoctorales en El Colegio de México y en la Universidad de Harvard. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Nacional de Quilmes y como investigador en el Conicet.

Entre sus libros, La Nación como problema. Los historiadores y la cuestión nacional; La política del disenso; La invención de una legitimidad, El tiempo de la política; Verdades y saberes del marxismo; El momento romántico y El giro lingüístico. La versión definitiva de Revolución y guerra fue publicada el año pasado por la editorial Siglo XXI.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

- Además de sus libros, sus ideas y su prosa, ¿qué es lo que cree usted la historiografía argentina perdió con la desaparición de Tulio Halperín Donghi?

- En primer lugar, hay que tener en cuenta el contexto en que se produjo la recepción de la obra de Halperín. La difusión de la misma se produjo en el marco del regreso de la democracia, cuando había un gran vacío historiográfico, y una gran avidez por desarrollar perspectivas nuevas, que se alejen de las visiones tradicionales marcadas por la oposición entre liberales yrevisionistas. Creo fue una gran suerte la nuestra que haya sido Halperín quien nos señalara el camino. Más allá de los contenidos de su obra, lo que nos dejé como herencia, entiendo, es un modo problemático de abordar el pasado. Permitime ilustrar esto con una referencia personal. De algún modo, yo, como la mayoría de los historiadores argentinos de mi generación, mantenemos siempre una especie de diálogo secreto con él. Cuando escribimos algo, lo tenemos como un punto de referencia inevitable, como nuestro interlocutor implícito, sea cual fuere el tema que trabajemos. Normalmente, esperábamos que él coincidiera con nosotros y aprobara nuestros puntos de vista. Pero también sabíamos que siempre él le encontraría alguna vuelta al asunto; que, aun cuando acordase con nosotros, descubriría también algo más, algo que permite ver la cuestión, al mismo tiempo, desde otra perspectiva distinta a la nuestra. Y eso es, creo, lo más importante, porque hace que ese diálogo que mantuvimos, y aún hoy mantenemos con él, no se acabe nunca. Nos infunde la sensación de que siempre toda interpretación deja alguna arista afuera, y nos impulsa a seguir siempre buscando otras posibles perspectivas, y considerando eventuales objeciones. En suma, se trata de una postura ante la historia que elude las explicaciones simples.

- ¿Cuál de sus libros le parece el más representativo de sus ideales y acaso el más sólido, más argumentado, menos cuestionable?

- Sin duda, su obra fundamental es Revolución y guerra. Allí desarrolla una visión del período revolucionario absolutamente novedoso y que integra en un solo cuadro diversidad de niveles de análisis. Básicamente, nos permite entender mucho mejor cuál fue el sentido del trastocamiento entonces producido, cómo debemos entender que se trató, efectivamente, de unarevolución, aun cuando no corresponda a ninguno de los marcos normativos que suelen imponérsele al término. Y ese es un aporte fundamental, porque nos señala un tipo de aproximación que desmonta todo intento de ceñir los procesos históricos a modelos predeterminados, que se limiten a medir hasta qué punto la realidad se aleja o se acerca a dichos modelos, sin preocuparse por entender concretamente tales procesos. En todo caso, así planteada la cuestión, en términos de modelos y desviaciones, los resultados de nuestra investigación serán siempre más o menos previsibles, puesto que las posibles opciones se encuentran allí ya severamente restringidas de antemano.

- Historiadores serios han discutido fuertemente con Halperín. ¿Ha sido ese su caso? Como sea, ¿qué crítica le haría, o mejor, tuvo usted algún núcleo de discusión intensa con él?

- De toda su obra, me parece que el libro más débil es su primer trabajo publicado, sobre el pensamiento de Echeverría. Siento que allí se encontraba aún muy ceñido a los esquemas analíticos, definitivamente pobres, de quienes fueron sus maestros, entre los que se encontraban los fundadores de la historiografía de ideas en nuestro país. Básicamente, lo que a ellos les preocupaba era determinar cuán iluminista o cuán historicista era Echeverría. Está claro que por esa vía no se podía avanzar demasiado, y que cualquier cosa que pudiera decirse al respeto no sería nada muy original. Creo que su viaje a España marcó un giro fundamental en su pensamiento histórico, y liberó el gran potencial que se encontraba en él aún latente. El abismo que separaTradición política española e ideología revolucionaria respecto a aquél otro escrito es ilustrativo al respecto.

- En sus libros más de batalla, los de los 90, ¿piensa usted que se filtraba, digo más notablemente, su ideología, aunque eso no tengo nada de repudiable?

- Sin duda, sus trabajos mejor realizados son aquellos que tratan sobre el siglo XIX. A medida que se aproxima al presente, su perspectiva histórica se contamina con consideraciones algo sesgadas por su visión de la realidad presente, y, en este sentido, si bien sus opiniones suelen ser siempre muy penetrantes y sofisticadas, no siempre logran superar el carácter de tales, de meras opiniones. Eso se expresa en los cambios que pueden observarse entre sus obras del periodo, y que en algunos casos derivan de la comprobación de ciertos errores en las predicciones que en ocasiones aventuró.  

Fuente: Télam

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8 de Diciembre de 2016|23:05
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