Cuentos de verano: Lila Levinson

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Cayó la patota del barrio Mallén

“…Muchos expertos sostienen que la delincuencia es producto entre otras causas de la exclusión de bienes culturales y bienes materiales, es decir son aquellos que quedan afuera de la educación y la justicia social. Por ello puede tener vigencia lo que Platón hace 2.300 años planteaba, que quien no realiza actos buenos es porque es ignorante. La ignorancia es no poder tener acceso a aquellos derechos que tenemos como ciudadanos.”


“Cayó la patota del barrio Mallén”. Así decía el título de la nota del diario con detalles de los motivos y énfasis en la bravura de la chica.

El barrio Mallén, había sido uno de los primeros en formarse como asentamiento. Con los años, las nuevas casas se dibujaron en forma un poco más prolija. Se hizo necesario establecer una comisaría y posta sanitaria para atender a los vecinos. A ésta, generalmente llegaban por balazos, cuchilladas, golpes, tajos, hemorragias por abortos provocados, y a veces, cuerpos sin retorno. Bastante trabajo tenía la policía: detención por agresiones, hurto, violaciones, asesinatos. En algunos casos no intervenía; resultaba mejor el ajuste de cuentas entre ellos. Ya se sabía, entraban a la galera y a los pocos días estaban de vuelta. Un circuito sin fin. Eran individuos que no aprendieron a controlar sus emociones primitivas.

La familia Barraza venía del norte. Ellos, habían llegado a Mendoza hacía varios años atrás. Un amigo del mismo pueblo los llamó. Su patrón necesitaba más brazos para la cosecha. Los tres se quedaron. Levantaron la casa en el barrio ayudados por otros paisanos.

Cuando sus padres cosechaban, Gloria niña, jugaba cerca sentada sobre el suelo. El silencio de la siesta le hacía escuchar como la tierra susurraba. Aún oía esos sonidos. Las viñas piden permiso al silencio para mover hojas y racimos. Gloria sabía perfectamente cómo eran sus vecinos y de qué patotas había que cuidarse. La mayoría eran jóvenes con carencia del medio familiar y escolar, mal uso del tiempo libre y de una gran agresividad. No tenía miedo. Los miedos son los criminales de la humanidad; te anulan antes de tiempo, te apresan. Eso le decía siempre su padre y ella lo tenía muy en cuenta. Además se había criado entre esos ocupantes. Conocía a los marihuaneros, a los chinchorreros, a los ladrones y a los asesinos. Con algunos hasta había jugado cuando chica. Pero al crecer se alejó naturalmente de esos grupos. Para ellos esos actos eran un método de procurarse sensaciones extraordinarias. Gloria reflexionaba que ella tuvo suerte en tener padres humildes con una educación ancestral responsable. En cambio esos vecinos algunos criados con distintos padres que se “juntaban” con las madres, las cuales estaban todo el día afuera trabajando, tenían un grito sordo: “¡Quiéranme un poco!”. Los padres les negaban amor. Quedaban motivados contra el mundo por la hostilidad. Además no existían diseños para canalizar sus energías y tal vez, potencialidades. Casi todos tenían síntomas de sedición profunda de la personalidad. Pero a quién le importaba darles reeducación social. Se criaban con una perturbadora disonancia entre la gravedad de la violación del derecho y la idea de los derechos de los demás cuando los atacaban o robaban. No había para ellos créditos de confianza, estaban marcados sólo como un problema de la sociedad.

Este era el último curso de secundaría. Por fin. El trabajo le impidió terminar antes, pero ya estaba. El próximo año se iría a Buenos Aires con su tía, que trabajaba como empleada en una casa de familia acomodada. Gloria trabajaba en un supermercado; al salir tomaba el autobús que la dejaba cerca de las dos de la tarde en el barrio. Ese viernes descendió del colectivo con la decisión de estudiar. El lunes rendiría la última evaluación y sería perito mercantil. Un sueño, una realidad.

Brotaron de la esquina. Eran cinco. Reconoció al Tordo y al Lito; los otros tres, desconocidos. Apuró el paso; sólo le quedaba media cuadra hasta la casa. Ellos fueron más rápidos. El Tordo siempre le decía al verla pasar, que quería ser el novio. Ella jamás contestaba. Ahora estaba allí. Como un gallo, cacareando. La insultaron con palabras obscenas peores que cuchilladas. Risas insolentes y chillonas. Amenazas de que la violarían. Graznidos de pájaros sangrientos. Uno de los muchachos que no conocía, morocho, alto, que despedía olor a vino rancio, tocó uno de sus pechos y luego, rápido, la manoseó grosero hasta abajo: Nunca sintió tanta degradación. La violencia fue afiliada desde tiempos muy remotos a la idea de la fuerza física y el poder. Aquellos seres lo ejercían. Ella sabía que unos meses atrás a una niña de diez años, la mataron a pocos metros de su casa, al quedar en medio de un tiroteo entre esas bandas que se disputaban el territorio para vender droga. Al oír los disparos, la chica se arrojó sobre su hermana de seis meses para protegerla. Todo eso pasó en segundos por el cerebro de Gloria. Entonces, una rebelión desconocida penetró en la piel, en las células, en los ovarios. Le dio rabia, una bronca ancestral. Pegaba con los puños, lanzaba puntapiés y aullaba con un sonido que después, se dio cuenta salía de su propia garganta. Los muchachos se fueron. Bien sabían que la comisaría quedaba a un paso. Allí entró frenética, con tiritones rabiosos preguntando si no habían escuchado nada. Le tomaron la denuncia con cierto resguardo.

Llegó a su hogar agitada. Los padres dormían la siesta. Se bañó y luego fue a la cocina a tomar unos mates. No podía alejar la sensación en el cuerpo de esa mano que la vejaba. Tuvo suerte, pensó. Lo peor era cómo transitaría en el futuro, cómo haría para ir a trabajar, para volver, ir al colegio, salir. La policía no podría cuidarla en todo momento, los padres trabajaban durante el día. Algo que no sabía cómo manejar estaba ocurriendo.

De pronto escuchó el motor de un vehículo: empezaron los tiros. Las balas retumbaban en el frente, en la puerta y en las ventanas. Sus padres salieron despavoridos del cuarto sin entender qué sucedía. Le dijeron que se derrumbara en el piso. Después de un rato los delincuentes se fueron. Sólo dejaron las marcas. Flotando, la pestilencia del miedo. Retomó el coraje y los denunció con nombres y apellidos. La policía los encontró refugiados en una casa y los detuvo. Dos menores y los otros que apenas habían alcanzado la edad para ser adultos.

Esa misma noche, en el barrio Mallén, tres sombras cargaban una vieja camioneta con unos pocos muebles, algunos bolsos con ropas y objetos de poco valor. El barrio, sería un lugar de remembranza, como si en realidad no hubiera existido. Ya sabían que en pocos días más la patota: libre. A lo sumo en dos o tres. La chica y los padres estaban convencidos, el retorno sería por algo más grave y terminal. La aprensión de toparse con alguno de estos malandras, la cuota diaria. No podían aceptar esas reglas, las balas florecerían. Por una vez sabotear a aquellos seres de cerebros alimentados de drogas, de impunidades, de anorexia en el alma restaría el gusto de la venganza derrochado en la nada. La familia nunca más podría ser descubierta. La mudanza de la noche, el escape, la única salida. La aceptación de la tía de recibirlos fue la iluminación del futuro.

Por Lila Levinson

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6 de Diciembre de 2016|02:57
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6 de Diciembre de 2016|02:57
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  1. Un aporte, independientemente del cuento. Lamentablemente nos han inoculado con la esencia de la división. Así todo es: bueno/malo, dios/diablo y ese taladrar secular nos atraviesa en lo cotidiano mucho más de lo que creemos. Si nos preguntan cómo nos va, decimos "en la lucha", nunca "disfrutando". Si nos agradecen, decimos "NO, gracias a vos" o "No es nada" o cualquier variación, pero siempre NEGANDO. Decimos MORIR DE MIEDO, pero no decimos VIVIR DE AMOR. En la introducción se lee NUNCA viene MAL... Pregunto ¿por qué no "SIEMPRE viene BIEN"? Digodeprontomeparece, como celebérrimo conductor solía repetir.
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