Cuentos de verano: Roberto Pérez

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Ghost writer

Siempre me sentí mal por hacer esto, pero no queda más remedio. He nacido con esta maldita facilidad para escribir hasta durmiendo, y aquí estoy, a punto de dar vida a otro mártir. No hubo más opción; la épica con finales mortuorios y redentores está inscripta en estos genes modificados gracias a los cuales escribo 14 horas diarias sin cansarme, y ha recuperado su rol social de contenedor, de “gran relato”, que allá por finales del siglo XX abandonara por completo.

¿Me pierdo algo? Creo que no. Más tiempo de lucidez y decisión apenas serviría para ver agonizar a mis creaturas, esos moldes que la humanidad no se cansa de aborrecer pero necesita como el oxígeno que pagan los que pueden.

Ahora mismo está pasando lo de siempre: cuanto más ruido alrededor, mejor es. Todo gira y miles pasan, soportando la lluvia habitual y natural para ellos, tanto como para mí lo es escribir detrás de un vidrio, bien sentado y con el café reglamentario por delante. Pero solo le hago caso a lo que debo: producir la penúltima saga repleta de profecías, consunción y padecimientos corporales en pos de algo mejor, que no llegará con solo escribirlo, desde ya. Alguien padecerá lo indecible, en medio de orgías de carne desgarrada y muertes espantosas. Pero qué me importa, si lo hice mil veces y lo haré mil más.

¿Y para cuándo la redención? Yo qué sé… no estoy para escribir eso. Ya vendrá cuando le dé la gana a quien deba darle, y según redacté en cientos de oportunidades y otros antes que yo también, no será en este mundo. En todo caso, lo anuncian solapadamente algunos de los personajes que incluyo en las sagas, casi siempre los profetas o los iluminados. Algunas veces intenté que fuera gente común y corriente quienes recibieran las revelaciones, pero al poco rato lo modificaba, volviendo al molde tradicional de los elegidos excepcionales, los bichos raros encargados tanto de dar la buena nueva a los comunes como de señalar al elegido, exponiéndolo así a la represión y a su horrible destino terrenal.

También suelo darle al malhadado Mesías de turno un entorno familiar y social, porque de alguna manera hay que explicar que viene a salvar al resto de los desgraciados que penan con él en las diferentes cloacas en que se ha dividido todo lo que vemos. En ese ámbito no pueden ni deben faltar la madre inmaculada, la ramera de gran corazón, los amigos de siempre que lo acompañan hasta el fin (incluyendo al asqueroso traidor que tendrá un final igual o peor que el del mártir pero sin la salvación eterna como recompensa sino todo lo contrario) autoridades despóticas no sin algún justo pero cobarde entre ellos, multitudes cebadas con sangre y manejadas por los poderes establecidos, y todo el menú conocido para cualquiera que haya tomado alguna vez un libro religioso entre sus manos.

Claro; escribir sobre eso no era nada, ya lo dije. Lo repulsivo del asunto es cuando esos pobres desgraciados son creados e insertados en determinados estamentos como si fueran plantas; y allí crecerán, serán ungidos redentores de los infelices entre los que malvivan, para luego ser invariablemente destrozados por el “Stablishmen” de turno. Antes, por supuesto, obrarán milagros, dejarán enseñanzas perennes, encandilarán a muchos y enfurecerán a muchos más. Y he aquí lo importante: aquellos a los que más incomoden serán los más poderosos, sus verdugos, quienes encarnan un orden pavorosamente injusto, precisamente ese contra el que el salvador se revela. Ellos, los impiadosos, también caerán, porque para eso vino el Mesías. Pero de distinta forma: primero, los consumirá el olvido, para luego ser reemplazados por quienes muestren más tolerancia (primero) aceptación (después) y finalmente más identificación con los sediciosos que ungieron al (ya a esa altura) mistificado y despanzurrado santón.

Claro está que absolutamente siempre se verificará un proceso algo perverso: Al cabo de la tolerancia, la aceptación y la identificación, serán los seguidores del occiso tan llorado quienes se alcen con el poder, no sin antes integrarse con facciones de aquellos que les mataron al ídolo. Menudearán las acusaciones de traición, contubernio y desdoro, pero represores y reprimidos terminarán hibridándose en una organización social básicamente igual a la anterior (jerárquica, estamentaria) aunque habiendo integrado sectores antes divergentes. Y vuelta a girar la rueda, antes que todo esté lo suficientemente putrefacto para ameritar la llegada de otro desgraciado bocón que terminará hecho picadillo, dejando una sarta de acólitos que serán quienes realmente hagan el trabajo pesado.

Es un proceso sencillo, aunque era un tanto largo al principio. Es que había que seleccionar al sujeto-redentor entre varios con condiciones de líder y suficiente inconsciencia, dejar que se curtiera en el sufrimiento propio y ajeno durante años, y luego hacerlo estallar de santa ira. Pero con los avances científicos, los tipos fueron “plantados” en diferentes comunidades, cargando ya con la programación genética adecuada al fin de hacer lo que se les encomienda. Como yo.

Y después de todo el lío, sociedades que fueron muy poco refinadas pudieron ser encajadas en cierta modernidad bastante presentable sin entrar en detalles. Siempre quedan por el camino las tripas de muchos, empezando por el adorado, y eso es lo que siempre me trastorna un poco, ya que soy yo el que escribe “el guión” para que las matanzas sucedan.

Bueno, pero no debo quejarme tanto. Peor les va a esos engendros, las famosas “obras de arte vivientes” que últimamente se pusieron a matar a sus creadores, aún cuando se pensaba que no tenían sesos como para algo así, y fueron reprimidas salvajemente, aunque quedan varias dando vueltas y jodiendo por ahí. Yo, al menos soy un humano bastante “natural”; apenas me modificaron los genes antes de nacer para que escribiera como un poseso, y que escribiera este tipo de cosas. Y mucho peor les va, desde ya, a tanto mártir de ocasión como los que salen de mi teclado. Al menos, mis textos tienen un “plus” artístico: no solo son los bocetos escritos para crear al desgraciado, sino que en ellos se inspira la iconografía que luego será la manifestación visual de cada saga de redención. Eso es un pálido consuelo.

Sin embargo, lo que priva es la angustia. Ahora mismo estoy por diseñar a otro. Al parecer, hay cierta comunidad no legalizada, llena de resentidos que están revelándose contra quienes no deberían, justo esos que no los autorizaron a estar donde están, y ni siquiera a existir. Otra falla de control genético; es que desde que lo estatizaron, hay fugas por todos lados. Esto con las empresas privadas no pasaba.

Pero bueno, debo pensar en las características del mártir; a ver…Esos desgraciados son de los autodenominados “puros”, o sin modificaciones genéticas. Por lo general, eso es mentira. Disimulan como pueden que son más o menos un engendro, como casi todos hoy. Y yo voy a usar esa mala conciencia para presentarles un “puro” de aquellos, que vendrá huyendo de otras comunidades donde lo persiguen para modificarlo y por lo tanto “amaestrarlo”. Pero obviamente el tipo será un invento como todos los demás, de modo que no costará nada reventarlo como un sapo cuando ya haya dejado su mensaje de “concordia, paz, buena convivencia” y demás fruslerías que se usan en estos casos. Es lo de siempre: primero te acaudillo en nombre de la libertad y contra la exclusión, y después te entrego atado de pies y manos en nombre de la igualdad de todos y la tranquilidad social. O sea que haremos algo clásico. A ver…

Por Roberto Pérez

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9 de Diciembre de 2016|03:08
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