Cuentos de verano: Emanuel Facello

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Despertó en la más profunda y obstinada soledad. Casi siempre en los últimos tres meses -cobrando forma de costumbre, penosa costumbre- solía despertar <<Solo>>. Enceguecido, estiró su mano, tanteó la mesa de luz y aprisionó el despertador. Giró su cuerpo, y sin pensar, se entregó nuevamente a los enormes y atenazadores brazos de ese monstruo devorador que denominan <<sueño>>. Tras un espacio de tiempo inefable -trance confuso y maravilloso entre ambos mundos: el del sueño y el de la vigilia- entreabrió sus pegoteados y ardidos ojos, mantuvo la vista fija en el ventilador que giraba con desdén y luego vislumbró panorámicamente su cuarto…. Todo estaba en su justo lugar. Le agradaba esa idea del caos ordenado, sí alguien metía mano en sus cosas poniendo <<orden>>, todo se hubiese convertido en otro caos incipiente. Prefería el sutil desorden establecido a la intromisión de un novedoso cosmos caótico.

Una línea de luz se filtraba por la celosía de la ventana, acariciaba la pared y anunciaba el arribo inminente de la mañana. Una extraña música semejante al silencio envolvía su cuarto y dotaba de un peculiar misterio el interior de ese refugio grisáceo, el interior de esa solitaria burbuja en la cual pernoctaban las costumbres, que, con la erosión del tiempo se teñían de pena.

Poco a poco recobró la conciencia. Entendió que había que escalar el día en el tiempo, cual si fuese un peñasco de tiempo. Entendió que tenía que remontar la cuesta del día, a veces, interminable. Volvió la mirada hacía el reloj; las agujas, ineluctables, avanzaban firmes en su marcha hacia la nada. Triste destino ininteligible el de las agujas. Girando y girando, pasando infinitas veces por el mismo lugar. Transcurriendo y transcurriendo, encerradas y postergadas a un solo movimiento sin fin, a una incesante melodía sin variaciones.

Percibió una leve sensación de humedad en la mejilla, viró la pupila de su ojo derecho y alcanzó a vislumbrar dos o tres islas de baba que yacían en la funda de la almohada. Un par gotitas salivales se anidaban en la comisura de sus labios. Esa costumbre de dormir con la boca abierta no se iba a modificar hasta que no visitara al doctor de oído, garganta y nariz; o en su defecto hasta que no se cosiera -con hilo de metal- los labios; decisión que precisaba de una actitud un tanto extrema, pero no imposible de tomar, considerando que durante el transcurso se ese verano, ya tres hormigas aladas se habían suicidado adentrándose en las profundidades de su boca. Poéticas hormigas aladas que no precisaban un océano hondamente azul para internarse y desfallecer, bastaba la existencia de una boca abierta para rematar súbitamente una existencia errante.

Su boca rumiaba sabores oníricos y secos, cierta amargura salobre descendía o ascendía desde su garganta, despegó su lengua del paladar y restregó su ojo derecho. Escalar el día en el tiempo. Subir la cuesta interminable. Atravesar el turbio río de la existencia cotidiana: el miserable Aqueronte. En su mente comenzaron a reverberar palabras tales como: “Trabajo”, “Puntualidad”, “Responsabilidad”, “Jefe”, “Compañeros”…. revoloteaban como moscas espesas y le reventaban el escroto en mil partes, esas palabras le infundían una especie de logofobia. Aunque la balanza retomaba su equilibrio ante palabras como “Sueldo”, “Aguinaldo”, “Vacaciones”, “Feriado”… -triste y pobre consuelo que ofrece el mundo capital-. No obstante, su refinada sensibilidad social, con el paso del tiempo se había endurecido, y había aprendido a convivir con estos consuelos, esas palabras le reconstruían los testículos antes demolidos, y hasta le daban la tenue sensación de logolatría.

Con la mirada perdida en el cercano horizonte de su techo, y para olvidar la interminable cuesta del día, trató de restablecer las secuencias transcurridas durante la ejecución del acto onírico. Sin embargo dos o tres imágenes difusas se entremezclaban de manera inconexa en su mente. Abigarradas fotografías carentes de secuencias sucesivas. El sueño se había manifestado tras un oscuro velo.

Derrotado por el olvido, estiró su cuerpo para acomodar las partes desencajadas, desperdigó un poco la modorra; y una extraña, poderosa, poderosa, extraña y gigantesca fuerza energética atroz se concentró en el centro -ahora magnético- de su cuerpo. Entonces… deslizó su mano por debajo de su segunda piel -ya en trance- apenumbró sus ojos, se acarició lentamente y dejó que suceda… 

Por Emanuel Facello

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8 de Diciembre de 2016|17:49
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