Cuentos de verano: Jorge Mezzabotta

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Regreso una y otra vez sobre este puñado de palabras y no sé qué hacer. Ensayo la primera persona y la tercera, busco un orden, intento orientar un poco al lector hacia donde voy. Presiento que no lo conseguiré. Reviso los otros borradores pero están llenos de tachones, enmiendas, marcas, señales y cicatrices, como mi propia piel; y me pregunto cómo explicar tanta piel ligada al tiempo en pocas palabras…

Miro mis manos. La lapicera estancada. Y voy hacia las manos del viejo, que está por empezar el trabajo, sosteniendo el bloque de barro sobre el torno. Lo veo ahora mojarse las manos, volver sobre el barro y girar suavemente el torno. (La lapicera gira entre mis dedos). El viejo aprieta el pedal y la pieza de barro da vueltas entre sus manos. En este instante pienso que la niñez es un lugar mágico, porque el viejo canta una antigua cantiga valenciana y el barro empieza a tomar forma. Y yo, tan niño, sentado atrás, no me animo a producir el menor ruido ni el más pequeño movimiento. Sólo escucho. Y miro. Estoy seguro de que ese barro bruto se entrega poco a poco a sus manos porque el viejo canta. Hasta podría jurar que la canción modifica todo. Porque el barro es ahora una bailarina que se desliza sensual entre las manos del viejo. Y, a partir de este momento, siento que nunca, jamás en mi vida, podré dejar de cantar.

Mis manos se detienen en esto: quizá la canción sea parte inseparable de la vida.

El viejo era muy cariñoso. No recuerdo que fuera de esos tipos que andan abrazando y besuqueando a todo el mundo. Sólo recuerdo que era muy cariñoso… Todavía puedo sentir su mano inmensa sobre la mía: “Chimanguito”, me decía. Ese es el único contacto físico que tengo presente. Sin embargo, su mayor gesto de amor hacia mí fue su risa. No es que él riera sólo para mí: él reía. ¡Y se divertía tanto!

Repaso las fiestas de fin de año y ahora lo veo riéndose con el tío Alfredo. Se ríen de un chiste, un chiste que alguna vez contaron y que tal vez nadie memorizó, ni siquiera ellos. Sin embargo, cada Año Nuevo, se ríen a carcajadas del mismo chiste. Su risa siempre agita mi mente y me conmueve…

Me detengo ante este abismo de papel. Pienso que mi intención de orientar al lector ha fracasado. Sonrío y mi sonrisa va creciendo hasta reír yo mismo a carcajadas: nunca podré guiar a nadie por los caminos del viejo. Quizá la risa sea otra parte de la vida o tal vez la canción y la risa sean la vida misma.

En fin, me resigno a que este texto no tenga un cierre y tal vez sólo siga siendo un comienzo. No agregaré nada más sobre el viejo. O sí. Sólo algo más: no hubo para él otro dios que el barro que amasó desde niño en la alfarería ni otra tierra que su club Atenas ni otra bandera que el vasito de Pineral de los domingos ni otra patria que la Mari y toda su familia alrededor de la mesa. Jamás lo oí lamentarse por nada. Jamás.

Noto que mucha gente disfruta de sus muertos: los lloran, los visitan en los cementerios, evocan momentos alegres o tristes, pero siempre con dolor… ¡Y eso es tan extraño para mí! Porque el viejo disfrutó tanto de la vida que sigue viviendo en mi vida, en mis manos, en mi risa, en mis canciones, aunque la muerte alguna vez lo haya alcanzado.

¿La muerte? ¿Qué es eso?

Por Jorge Mezzabotta, de Estamos trabajando para usted (Disculpe las molestias), 2012

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Opiniones (1)
2 de Diciembre de 2016|14:33
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2 de Diciembre de 2016|14:33
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  1. Excelente escritor. Recomiendo su libro 'Disculpe las molestias (estamos trabajando para usted)". Una joyita.
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