La serpiente en el jardín

La felicidad de escribir en contraposición con la mediocridad de algunos funcionarios. Consejos para futuras convocatorias del Vendimia.

A los siete años yo ya sabía que iba a ser escritora. Lo que no sabía era en lo que me estaba metiendo pero mocosa que no levantaba esto del suelo, leía muchísimo y ya sentía eso que se llama vocación. Lo que sí sabía era que escribir me iba a hacer muy feliz. ¡Y era cierto! Escribir me hace muy feliz. Me río y canto y me froto las manos y no me pongo a bailar para no perder tiempo, pero soy feliz feliz feliz, incluso cuando estoy escribiendo cosas tristes y aun espantosas que les pasan a mis personajes. Todo lo que tenga que ver con la escritura me hace feliz. El diálogo con los iguales, por ejemplo. El instante en el que una deja de pensar, de sentir, de actuar, deja todo de lado para que aparezca la voz de la mujer que acaba de asomar en el texto (“Cuando yo lo oí hablar a Funes, ya tuve el cuento”, le dijo una vez Borges a un amigo mío). Y tantas otras cosas. La amistad que se va tejiendo con los editores, también por ejemplo. O que la llamen a una para integrar un jurado en un concurso de narrativa, ese es otro ejemplo. Una se entusiasma, no piensa en el arduo trabajo, no: piensa en los textos que va a leer y está segura, segurísima, de que va a encontrar algo excepcional, de que alguien va a ser premiado y ese alguien se va a sentir asombrado primero, exultante después, maravillado, y va a sentir que valieron la pena los días y las noches de esfuerzo peleando con las palabras. Ah, qué bueno. Y encima le pagan a una.

En fin. A veces. ¿Cómo que a veces? Claro, a mí me ha pasado que un club de barrio o de un pueblo cercano no tenga plata para pagarme. Y bueno, si no les alcanza ni para el alquiler del local, no importa, leamos, encontremos algo que valga la pena.

Otra osa es que tengan guita pero no le paguen a una. ¿Cómo? Pero sí, eso también puede suceder. En realidad no sé si sucede. A mí acaba de sucederme y todavía no puedo reponerme de la sorpresa. Es que cuando una se encuentra cara a cara con los estafadores, le cuesta tranquilizarse. ¿Qué es eso? ¿Puede alguien ser tan caradura, tan chanta, tan malhechor como para decir le vamos a pagar tanto, señora, mándenos su número de cuenta bancaria, etc. etc. etc. y después hacerse el sota y no pagar un solo centavo? Y sí, puede. La gente del Ministerio de Cultura de la provincia de Mendoza hizo eso sin que se le moviera un pelo. Supongo que en este momento se ríen de mí a carcajadas, ¿por qué le vamos a pagar, eh? Má que se joda, dijo que el concurso tenía que declararse desierto, no le paguemos nada. Y así fue. No me pagaron nada. Es más, hubo un tal Riquelme que me mandaba mails asegurándome que ya ya me pagaban, e incluso que ya me habían pagado pero el banco no había acreditado la suma. Y no era cierto, nada era cierto.

La cosa fue así: los tres jurados dijimos que no había ningún texto que mereciera el premio y fundamentamos el veredicto en un acta. Fue una desilusión porque (véase más arriba) una siempre espera encontrar algo muy bueno. Entonces la gente del Ministerio se enojó, ay qué miedo, y ¿qué hicieron? Trucharon el acta que había escrito el presidente del jurado. Dijimos: no vamos a firmar lo que no hemos redactado. Dijeron: entonces no les vanos a pagar.

Aclaración: de los tres jurados uno era mendocino y quiso convencernos de que había cuentos excepcionales entre el material que nos habían mandado. Cuáles, a ver. Nos recomendó algunos, los releímos, no estuvimos de acuerdo, no había nada que pudiéramos premiar. Comprendo que quisieran premiar a un comprovinciano, pero no había caso. Les aconsejé que en el futuro eligieran un jurado mendocino y le dijeran lo que tenía que premiar: denle el primer premio a Fulanito, el segundo a Menganita y una mención especial a mi tía doña Estrabófila que escribe unos cuentos románticos preciosos. Y listo.

Mientras tanto, he acrecentado mi experiencia en cuanto a la felicidad de la escritura. Para mí no hay nada mejor. Supongo que los buzos pensarán que no hay en la vida nada mejor que bajar al fondo del mar y los escultores pensarán que, bueno, ya saben. Pero yo tengo que agregar otro pensamiento: ”Tené cuidado, muchacha, tené cuidado; averiguá si es gente honesta antes de comprometerte, no seas pavota”.

Un poco tarde pero la sabiduría me habló directamente a la conciencia.

Angélica Gorodische, Rosario, febrero 2015

¿Qué te pareció la nota?
No me gustó7/10
Opiniones (1)
4 de Diciembre de 2016|05:11
2
ERROR
4 de Diciembre de 2016|05:11
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Cri cri cri. ¿Leerá el gobierno cultural lo que escribió Gorodischer? No, seguro que no lo lee. Así que nadie espere nada. Salud. Juan López
    1
En Imágenes
Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
28 de Noviembre de 2016
Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016