Cienciología, una religión de ciencia ficción

De qué se trata esta iglesia, que tiene entre sus seguidores a personajes como Tom Cruise. Génesis y crónica de una fe de otro planeta.

De todas las maneras que tiene un escritor de ciencia ficción de alcanzar la fama, sin duda la más original fue la elegida por Lafayette Ronald Hubbard. No llegó a ella a través de sus numerosos relatos firmados con diversos pseudónimos (Rene Lafayette, Tom Esterbrook, Kurt von Rachen, Captain B.A. Northrup, Winchester Remington Colt), sino en su calidad de fundador de la Iglesia de la Cienciología. Y, aunque a primera vista ambas cosas no parezcan relacionadas, su capacidad inventiva de aventuras interplanetarias resultó decisiva en la génesis del credo cienciológico.

De entrada, la ciencia ficción le proporcionó el trampolín desde el cual se lanzó al estrellato como profeta visionario. En concreto, fue en el número de mayo de 1950 de Astounding Science Fiction, decana de las revistas del género de Estados Unidos, en donde, con el artículo Dianetics: the evolution of a Science, presentó en sociedad su “tecnología de curación espiritual”.

La dianética tomaba de Freud la idea de la estructura tripartida de la mente y la premisa de que los problemas psicológicos se enraízan en el pasado, concretamente en la fase prenatal.

Prometía eliminar las huellas dejadas por recuerdos traumáticos, los “engramas reactivos”, mediante una auditoría en cuyo curso el paciente, estimulado por un auditor, revivía los episodios negativos hasta borrar su impronta. Por si eso fuera poco, la nueva “ciencia de la mente”, al llevar el cerebro al nivel óptimo, impulsaría la evolución humana a un estadio superior, el Homo Novis.

Al artículo le siguió un libro, Dianetics: The Modern Science of Mental Health, que vendió millones de ejemplares. El escritor creó entonces la Fundación de Investigación en Dianética, abocada a curar todo tipo de males psicológicos y psicosomáticos. La dianética se convirtió en la psicoterapia de moda. Sus contenidos de autoayuda aumentaron su tirón: cualquier par de amigos podía auditarse mutuamente; con 15 minutos de auditoría, afirmaba la publicidad, se obtendrían más beneficios que en cinco años en el diván.

Hubbard llegó a auditar al novelista Aldous Huxley mientras reclutaba como auditores a los autores de ciencia ficción Theodore Sturgeon y A. E. van Vogt. El dinero entraba a espuertas, la gente pagaba por auditarse o por formarse como terapeutas.

Mas el descontrol financiero, las peleas internas y la acusación de ejercicio ilegal de la psiquiatría acabaron con la Fundación. Hubbard perdió hasta el copyright del nombre dianética.

No se desanimó; en 1954 relanzó su doctrina en Los Ángeles bajo otra denominación: Iglesia de la Cienciología (del griego “saber cómo saber”). Sus ambiciones eran ahora mucho más vastas: la dianética perseguía la salud física y mental; la cienciología, ‘‘estudio y manejo del espíritu en relación con sí mismo, los universos y la otra vida”, aspiraba a la salvación de cuerpo y alma.

El cambio de objetivos vino teñido de misticismo. Hubbard pergeñó una teología protagonizada por los thétanos, entes que representan la dimensión inmortal de la persona. Tales espíritus venían encarnándose en seres humanos desde tiempo inmemorial. La salvación pasaba por lograr que el thétano propio se liberase de su carga negativa y adquiriera control sobre su entorno a través de un proceso de purificación corporal combinado con el estudio de los textos cienciológicos.

Así, lo que surgió como un tipo de psicología popular desembocó en un culto en toda la regla. Al dar el paso, Hubbard rompió con sus referentes, en particular con Freud, quien había tachado a la religión de ‘‘neurosis obsesiva universal de la humanidad”. Pero del maestro vienés nunca olvidó una lección: cobrar a buen precio la ayuda terapéutica. El pago por casi todos sus servicios distinguiría a la nueva confesión de las demás, asegurando su rápido enriquecimiento.

La Ópera Espacial al altar

Al distanciarse del psicoanálisis, Hubbard buscó otras fuentes de inspiración. Al meollo terapéutico de la dianética le añadió las ideas de la transmigración y de la salvación, como “limpieza del karma”, sacadas del budismo y el hinduismo.

Pero, sobre todo, echó mano de un bagaje que conocía al dedillo: la ciencia ficción. De su acervo escogió algunos tópicos populares: la invasión alienígena, los universos lejanos y los seres con superpoderes adquiridos por medios técnicos o espirituales.

El modelo narrativo de la Ópera Espacial le sirvió para incorporar dichos temas. La influencia del subgénero pródigo en peripecias cósmicas a cargo de héroes y archivillanos arquetípicos es patente en la historia de Xenu. Esbozada en una conferencia de 1967, cuando Hubbard habló a sus acólitos de un cataclismo ocurrido hacía 75 millones de años en nuestro sector de la Vía Láctea, cobró forma más tarde en un guión cinematográfico, Revolt in the Stars (1977).

La trama se centraba en las fechorías de Xenu, el malvado líder de la Confederación Galática: enfrentado al problema de la superpoblación, el déspota no tenía mejor ocurrencia que deportar los individuos indeseables a la Tierra para, una vez desembarcados, exterminarlos con bombas H.

Que no se trataba de un mero relato lo confirmaron miembros renegados de la iglesia de Hubbard. En los niveles avanzados de iniciación, revelaron, los neófitos aprenden que los thétanos no son sino los espíritus de las víctimas de Xenu, convertido de tal guisa en el Darth Vader del panteón cienciológico. Como almas en pena, los thétanosse vienen encarnando en las personas, trastornándolos con los engramas traumáticos de la masacre ocurrida hace 75 millones de años.

La Ópera Espacial inspiraba asimismo su Diccionario Técnico: la entrada Marcab Confederacy habla de una civilización interplanetaria de más de 200.000 años de antigüedad. Formada con restos de civilizaciones anteriores, en los últimos diez mil años cayó en una decadencia marcada por la afición a los “automóviles, trajes de ejecutivo, sombreros fedora, teléfonos, naves espaciales”, al punto de parecer “un duplicado desmejorado de la actual civilización estadounidense”. Otra entrada está dedicada a la Confederación galáctica Espinol; y otra a Helatrobus, una nación interplanetaria desaparecida hace billones de años.

Hubbard, que aparcó su carrera literaria para volcarse a su apostolado, trasvasó su fecunda creatividad al evangelio cienciológico. Lejos de negar los ostensibles parecidos entre su dogmática y la ciencia ficción, los justificó argumentando que este género funciona como un mecanismo de reminiscencia colectiva de lo sucedido a los thétanos en la noche de los tiempos.

Y así, con retales de ficciones y de diversas creencias se confeccionaron los artículos de fe de la cienciología. La jugada tuvo éxito: hoy sus portavoces dicen contar con diez millones de fieles –entre ellos celebridades como Tom Cruise, John Travolta, Isaac Hayes y Juliette Lewis– y más de seis mil templos, misiones y grupos en 150 países. Más reticentes se muestran a la hora de precisar el trasfondo económico de una fe que funciona como una multinacional presente en diversos rubros (editoriales, rehabilitación de drogodependientes, producción de audiovisuales y empresas) cuyos activos se valoran en muchos millones de dólares, aunque se ignora exactamente cuántos.

De la literatura de masas a la mercadotecnia espiritual

¿Cómo pudo un escritor de un género menospreciado alzar semejante imperio? Ciertamente, nada parecía predestinarlo a ello. Nacido en 1911 en un hogar modesto de Nebraska, Hubbard se ganó la vida durante años produciendo relatos para revistas pulp, publicaciones de papel barato que gozaron en Norteamérica de enorme popularidad entre los años 20 y 40.

Capaz de escribir entre 70.000 y 100.000 palabras al mes, se convirtió en el rey de la velocidad de los autorespulp. Tocó todos los palos: novelas del oeste, de misterio y de fantasía, aunque fueron las de ciencia ficción las que le hicieron popular. Ejemplos de ello son Final Blackout (1948) y To the Stars (1950), historias de héroes solitarios destinados a salvar el mundo con sus poderes mentales sobrehumanos.

La Segunda Guerra Mundial interrumpió su carrera de escribidor a destajo. Durante su etapa en los marines se empapó de lecturas de psicoanálisis, hipnotismo, filosofía oriental. Una vez desmovilizado, regresó a California y, como a tantos veteranos, le costó readaptarse a la vida civil. En esos años se vinculó a la secta esotérica de Aleister Crowley, aficionada a ritos sexuales mágicos.

 Un lío de faldas acabó con la asociación, dirigida por un experto del Jet Propulsion Lab, aunque Hubbard sacaría provecho de lo aprendido, tanto en lo simbólico (la cruz de ocho puntos que adoptaría como emblema de su iglesia) como en la organización de una grey de creyentes. Retomó sin gran éxito la producción de relatos de ciencia ficción, mientras sintetizaba por escrito lo que había rumiado de sus lecturas y experiencias, con los que tendría un éxito inesperado. 

La gestación y recepción de la dianética y la cienciología no se comprenden al margen de sus circunstancias de tiempo y lugar. Cuando irrumpieron en escena, Estados Unidos se rendía al psicoanálisis y otras psicologías de la profundidad. Al mismo tiempo, se disparaban los temores suscitados por la revolución científica, condensados en el terror a una hecatombe atómica. No podía haber mejor caldo de cultivo para lucubraciones semejantes que una sociedad subyugada por los traumas primitivos desvelados por el doctor Sigmundo, y aterrorizada por el rumbo suicida de la carrera armamentista; una sociedad ávida de autoconocimiento y de salvación personal.

El mismo Hubbard lo reconoció: “La cienciología nació en el mismo crisol que la bomba atómica”. No por capricho su ensayo Science of survival (1951) giraba en torno a la supervivencia de la humanidad bajo la amenaza de una guerra nuclear motivada por la influencia irracional de los engramas.

Por añadidura, California, su base de operaciones, era el estado más receptivo a la religiosidad de la New Age. En el “supermercado espiritual” de la Costa Oeste, señala Hugh Urban, Hubbard se destacó como uno de los vendedores más creativos, eclécticos e innovadores.

Finalmente, no se puede desligar su trayectoria de la deriva irracional seguida por muchos autores de ciencia ficción en la década de los 50. La desilusión ante el armamentismo nuclear, la burocratización de la ciencia, la apropiación de los frutos de la investigación por las corporaciones y la masificación de la sociedad de consumo mermaron la confianza en los ideales de progreso, y algunos –entre ellos, Hubbard– se refugiaron en fantasías escapistas y sueños de omnipotencia.

La realidad imita a la ciencia ficción

Resulta fácil burlarse de la cienciología, pero, en justicia, ¿qué religión, examinada a la fría luz de la razón, no se reduce a un manojo de nociones descabelladas? Sabemos que no es su coherencia lógica lo que determina su acogida sino su sintonía con el espíritu de la época.

Ni la virginidad de la madre de Dios ni la transformación de la sangre en vino desentonaban entre pastores devotos de magos y milagros; ni los postulados cienciológicos les suenan inverosímiles a creyentes en inteligencias alienígenas, apocalipsis nucleares y terapias empoderadoras. Tampoco el patchwork tejido por Hubbard se escapa de lo habitual; unos cuantos innovadores religiosos pasaron a la historia por armar cultos sincréticos combinando trozos de judaísmo, cristianismo y taoísmo.

 Más productivo sería intentar entender por qué, de todos los espiritualismos de la New Age, la cienciología fue el más exitoso. Quizá una respuesta radique en que esta, en contraste con antiguallas como el esoterismo de Crowley, adicto al ocultismo, la magia y las sociedades secretas, es un producto contemporáneo, un resultado de la fascinación norteamericana por la ciencia, la tecnología y el coaching, un budismo high tech que concilia modernidad y afanes de trascendencia. 

Otro rasgo diferencial lo representa su uso descarado de la imaginería de la Ópera Espacial. No era la primera vez que se empleaba la ciencia ficción con fines persuasiva: lo demostró la ufología, deudora de los platillos voladores del cine de Serie B; la NASA, que vendió su programa espacial invocando a Verne y su viaje a la Luna; y los pacifistas, que anunciaban la catástrofe nuclear plasmada en la literatura apocalíptica.

En una era desencantada, la anticipación científica aporta épicas cósmicas, prodigios tecnológicos y una apertura al futuro que hacen de ella un sucedáneo de religiones anquilosadas y un envoltorio resultón de las más variados discursos.

Hubbar vivió hasta el final inmerso en una mezcla de realidad y ciencia ficción. Lo prueban sus últimas novelas: Battlefield Earth (1980), la lucha de los terrícolas contra los alienígenas que se adueñaron del planeta en el pasado (Travolta protagonizaría su versión cinematográfica en el año 2002); y Mission Earth (1985), la saga de una confederación estelar regida por un emperador tiránico. En ambas obras, catecismo cienciológico y guerras galácticas se solapan de modo inextricable.

¿Creía Hubbard en lo que predicaba o era el impostor que dicen sus críticos? Una cosa parece seguro, y es que al mostrar que un autor de relatos pulp podía crear una realidad a su gusto manipulando conciencias y fantasías, hizo su biografía digna de una pesadilla de Philip K. Dick.

Fuente: http://www.agenciasinc.es/

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  1. Mientras haya gente que necesite CREER y lo prefiera a SABER, la MATRIX tiene la batalla ganada y seguiremos siendo una especie tristemente desempoderada.
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  2. ..el problema no son las " boludeces" , sino quien las crée , y son muuuuuchosssss.
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  3. flaco: hay que conseguir guita a como dé lugar.. no tienen escrúpulos. Conozco un vecino que anda en esta boludez y no te das una idea la cara de perdido que tiene...
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  4. Igual de descabellado y ridiculo que las religiones tradicionales....Tipos que caminan por las aguas, que abren el mar, que multiplican panes...esta habla de extraterrestres, trasfondo economico igual que el cristianismo, judaismo etc....
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