Testimonios del horror de la Primera Guerra Mundial

“Me gusta recibir cartas con regalos… Enseguida piensas: en algún lugar hay gente que vive en paz, hay vida llena de luz…”, dice uno de los soldados.

El pueblo en la guerra tapa

Tal vez, a poco más de un siglo del comienzo de lo que por entonces se denominó la Gran Guerra, la llegada a la Argentina por primera vez de El pueblo en la guerra, Testimonios de soldados en el frente de la Primera Guerra Mundial (Hermida Editores), de Sofía Fedórchenko (1880-1957), sea mucho más que oportuno.

En una época de tanta violencia y de Estados que, por prevención o por venganza, no encuentran mejor forma de reaccionar que con la belicosidad, la decisión de Hermida Editores es un gran acierto, porque El pueblo en la guerra es el resultado de la compilación de testimonios que realizó Fedórchenko mientras cumplía su trabajo como enfermera durante la Primera Guerra Mundial.

Sofía Ferdónchenko

Sofía Ferdónchenko.

Un siglo nos separa de aquella guerra que se expandió por el mundo y las cosas han cambiado mucho. Las trincheras quedaron en el olvido, las armas de destrucción masiva hicieron obsoleto el combate cuerpo a cuerpo, los campos de batalla pueden terminar siendo las mismísimas ciudades, pero hay algo que permanece inmutable: es el pueblo, es la gente la que va a combatir, la que pone su cuerpo sin tener muy en claro por qué, la deja su casa y su familia para ir a luchar por algo que ni siquiera puede comprender del todo.

Por eso, este libro es más que necesario, porque en él Fedórchenko reúne (aúna) la voz del pueblo, del hombre que de un día para el otro se encontró en una trinchera ante un enemigo que en otras condiciones podría ser un compañero de copas en un bar.

Reflexiones simples pero de una profundidad inconmensurable sobre la guerra, los jefes, los compañeros y los enemigos, sobre los recuerdos de la vida en sus pueblos y las heridas (mutilaciones muchas veces) producto de encontrarse en el frente de batalla.

“Me gusta recibir cartas con regalos… Enseguida piensas: en algún lugar hay gente que vive en paz, hay vida llena de luz…”, dice uno; “A decir verdad, no considero enemigo a ninguna persona. ¿Qué me importa el alemán si no me ha hecho daño alguno? Pero sé que a los soldados no nos corresponde pensar así”, agrega otro.

Las voces anónimas se van complementando hasta formar un paisaje de un espíritu humano alejado de las mezquindades de las guerras en la que los gobiernos lo metieron. Un pedazo de pan o un cigarrillo compartido, un jardín que quedó allá lejos, tal vez un resentimiento incomprensible contra el que se tiene enfrente. Y las imágenes, los cientos de imágenes sin sentido, como la de un trigal amarillo, con espigas “como para dar gracias a Dios”, pero sembrado de muertos de ambos bandos.

El registro del horror que logró Fedórchenko en El pueblo en la guerra, publicado por primera vez en 1917, supera las barreras del tiempo, sencillamente porque es humano.

Alejandro Frias

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4 de Diciembre de 2016|16:58
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