Cuentos de verano: Pablo Grasso

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

RHG323


Temblores. No sabe bien por qué vuelven esos temblores vociferantes; pujos intermitentes; arañazos en zigzag. Esos temblores son como los recorridos frenéticos de un calambre eléctrico prolongándose bajo los músculos. Y la persistente sensación de hartazgo, ahora, al recordarlos, y el vacío, antes, mucho antes, en la profundidad anodina de la noche. Y esa ansiedad del camino por consumir… ¡Adelante! Toda esa molestia emocional –el retintín programado- que supone yuxtaponer la piel amarilla del mapa sobre el tablero del coche en movimiento.

Al fin y al cabo, se dice no muy convencido X, esta ha sido la fuerza motriz, el combustible que ha movilizado por años sus miserables pasiones: viajar, leer y drogarse (y por mucho que las siga balbuceando, por mucho que las dé vuelta, se tratan de palabras vacías). Entonces, sin meditar o hacer una teoría general del asunto, en fin, algo que contribuya a atenuar el estado vertiginoso de sus conciencias, deciden emprender una nueva peregrinación juntos; otra muesca que agregarle a la secuencia PATAGONIA, SAN JUAN, JUJUY, ENTRE RÍOS, LA RIOJA, BUENOS AIRES, CATAMARCA, ROSARIO, CÓRDOBA, BOLIVIA, CHILE, URUGUAY.

El plan es bastante sencillo: a) viajar sin detenerse, b) ser conscientes de ese viajar ininterrumpido, c) detenerse cuando ya no sea posible seguir adelante y d) regresar, juntos o por separado, pero regresar al punto de partida. La hoja de ruta es a todas luces caprichosa, y una vez puesta sobre la mesa carece de la lógica progresiva que (se supone) deberían tener unas típicas vacaciones veraniegas. Son los pespunteos vitales de una clase social (la suya) demasiado aterrorizada como para deshacer, de buenas a primeras, el nudo atávico de la domesticación.[1] Luego, un día cualquiera, dicen a quien quiera oírlos: “Nos vamos porque nos vamos, nada más. 15 días, 20 a lo sumo... Sin detenerse. ¡Adelante!” (Habían leído por separado “Los autonautas de la cosmopista”: un error de juventud, como casi todo Cortázar, y quisieron mixturar esa lectura –papilla, papilla- con las investigaciones intersticiales, por otra parte tan difíciles de aclimatar a la temperatura anímica cuyana, de Peter Handke: ¡un bolazo total!). Esto será una crónica, escribirá luego X, la sesgada apropiación de una verdad íntima o su reflejo deformado. Puro esperpento.

El auto atraviesa un enjambre de camiones con acoplado. A lo largo del viaje, las vacas los mirarán mirarlas sin que un “eco” sensible termine por repercutir en ellos. (X recuerda cómo uno de esos extraños seres sorprendió al Grandísimo Polaco, mientras meditaba bajo un sol negro: “además, en aquel territorio de vacas no se aprecia la literatura".) Las manos indecisas a duras penas sostienen el volante que tiene los pliegues y meandros sinuosos de un euroboros de diseño francés; de pronto, del centro mismo de una pantalla negra, surge la belleza inefablemente expandida de un choque automovilístico: sus breves esquirlas carentes de expresión; los ramalazos de la carne o el flúor dérmico derramándose en el asfalto caliente; sirenas; humo.

COMIENZO DE ZONA PRODUCTIVA: certidumbre de que algo perteneciente a otro tiempo y lugar (quizá a la memoria erosionada de un individuo en otro planeta) ha quedado atrás o se ha perdido, inexorablemente. La frontera con SAN LUIS, para quien viene conduciendo desde MENDOZA, es un gran arco voltaico que enmarca a un minúsculo oficial de policía. ¿Acaso no debería atropellarlo?, se pregunta X; y duda; ¿acaso no se trata de un enemigo jurado? (¡¿por qué no?!) Pero termina por imponerse, ardiendo en el candil intermitente de las responsabilidades, el bolero crepuscular de una viuda. ¡Pasamos EL DESAGUADERO![2]

Deslizándose rápidamente a ras del suelo, los neumáticos de piel de foca enfurecidos por el ridículo sueño megalómano de los Saá: esculturas mastodónticas y arcoíris apaisado en la Autopista del Sol. En LA TOMA, pueblo de rostros y comercios cerrados, un bombero, entre risas y palabras de complicidad, le confiesa a Y: “¡vengo re loco!” (¡Ja!). En el campamento religioso, a orillas del embalse, las jóvenes monjas no paran de jugar con sus celulares nuevos; mueven los dedos como si rezaran en piloto automático. Los grupos juveniles; las milicias calladas. ¡Ojo! ¡El campamento está en peligro! Al borde del lago, cuña de tela oscura: las carpas se agitan con el viento remolinante del mediodía. La viuda negra es un carbón diminuto acurrucado bajo la colchoneta, y su veneno, succionado por el sopor mortecino de la siesta, un peligro latente sobre el cual el durmiente nunca pudo terminar de reflexionar.

EL MORRO es un lugar pequeño, un pozo serrano cuyos habitantes han ido, literalmente, desapareciendo. Puros fantasmas. Una particular tristeza, angustiante por momentos, sobrevuela cada palabra escuchada al azar: son las voces sobrevivientes a un lento y silencioso proceso de exterminio; ni que fuera Comala… Cara de Asesino y Cara de Violador: ambos están muertos, lo saben, y al salir de la proveeduría, lo miran con sus grandes ojos desorbitados; caminarán borrachos por las sierras hasta derrumbarse entonando un himno de guerra insomne. X quiere seguirlos; se reprime; se excita pensando en las posibilidades de esa figura

Triangulito cuento Grasso

Avanzan por caminos de tierra, casi huellas imperceptibles trazadas sobre la tortuosa piel del terreno. Piedras, toscas, charcos; alambrados; pájaros levantando vuelo al paso titubeante del Renault 12; Echeverría, Mansilla, Hernández, los malones, los capitanejos, Cruz, Fierro, allá un mangrullo, acá una toldería, y los fortines brotando como extraños caparazones de un horizonte teñido de añil… (Sorpresa al comprobar las limitaciones de ciertos clichés literarios: ese engaño no es nuevo en sus vidas, por el contrario, ya sucedió anteriormente en un viaje por el hologramático Norte; la promesa mineral incumplida; su incomprensión de extranjeros llenos de preconceptos.) Llueve, llueve y tiembla. El relámpago eleva la carpa sobre el suelo arcilloso del camping; es un puño que comprime la atmósfera nocturna. Hay algo afuera que se resiste a ser pensado, una suerte de invitación silenciosa a perderse en esa oscuridad torrencial, y no volver. Duermen ignorando que detrás de aquel muro está emplazado el cementerio comarcal; una tapia baja; arbustos desordenados; la puerta herrumbrada abierta; zumbidos: las moscas y las abejas del verano se divierten en el interior de un nicho roto. Un poco más de necrofilia, de prospección morbosa que consignar en estas páginas: La tumba en flor de Tiburcia Escudero, la cautiva de EL MORRO.[3] Las uñas de la guía del museo San José eran de color verde. Tetas Grandes ríe, explicando la historia del lugar; la leyenda dorada; el relato fragmentario de los pobres harrieros perdidos en el cerro; la sirena en la cúspide bajo la corona nubosa; el baqueano durmiendo la siesta, incomunicado; y el recuerdo de la familia de X navegando en el interior de un Torino naranja, una carroza pesadísima llena de problemas mecánicos; el radiador perforado; la panacea popular del pimentón. El columpio de la plaza principal se mecía empujado por el viento; la plaza estaba vacía. Fantasmas, otra vez. Niebla del mediodía (no se puede transitar).

Velos de aire gris, frio agudo en enero.

[…]

En una larga cola para cargar gas, un jubilado de Aguas del Estado les confiesa su lejano pasado alcohólico. Tubérculo de nariz roja, sonda maniática sosteniendo el vaivén perezoso de sus palabras. (Siempre hay un perro durmiendo la siesta en las rampas de las estaciones de servicio.)

Entran al germen de un pueblo (se diría más bien un esquema onírico previo a su fundación); a lo lejos, como un mar repentino, descubren una aguada; el cielo se pudre en grandes gotas negras y redondas. Un pelirrojo se había perdido cerca de una finca (era su nuevo patrón y venía a conocerla). Retroceden. La huella del camino desaparece bajo el cielo invertido; otro giro del planeta y la tarde huye, rápida e indolora. Súbito pánico ante posibles desperfectos técnicos; ruidos amenazantes que hacen dudar sobre el estado general del motor. Como se verá, X es un hipocondríaco de temer.

En movimiento continuo, por rutas y caminos de tierra, hacia el CORREDOR DE LOS COMENCHINGONES. Peleas de pareja: folklore del viaje, ¡tan agotadoras! Y quiere ir en cierta dirección, al norte; X, parapetado detrás del mapa, disimula su total desconcierto. ¡Se han perdido! Estruendo de insectos borrachos de lluvia.

PAPAGAYOS: la hostería donde pasan la noche es el escenario ideal para filmar una película porno (hasta encontraron un puma de utilería en la habitación). Hay manchas sospechosas sobre el colchón, como de orina o sangre. La muchacha encargada del aseo tenía los brazos llenos de cortes; el dueño del lugar, un hombre bajo y de pelo ensortijado, anda de aquí para allá, ocupado en oscuros menesteres; su camisa floreada; sus extraños secretitos en el garaje…

¡Palmeras entre las sierras!

¡Grillos mutantes!

[…]

Noche. Pasan tres, cuatro, cinco patos: los automovilistas, sorprendidos, esperan. Todas las plazas de todos los pueblos son idénticas: adolescentes tanteándose mutuamente en las zonas febriles de la histeria (giran sin saberlo la noria defectuosa de la evolución). Noche espiralada, corre un viento reconfortante entre los álamos. “Esto es nomás”, dice el habitante de un poblado llamado EL RECUERDO; le faltan los dientes; tiene hambre, se le nota en los ojos; 2 pájaros y ½ desaparecen bajo su sombrero. De pronto, el auto se transforma en un impiadoso Moloch que demanda más y más combustible.

En medio de las sierras de PAPAGAYOS, cuando el sol arrancaba vivos colores a la naturaleza, el cuerpo hinchado de una mujer bajando por un empinado sendero les trae a la memoria unos versos de Baudelaire:

Recuerda lo que vimos, alma mía, / esa mañana de verano tan dulce: /

a la vuelta de un sendero una carroña infame / en un lecho sembrado de guijarros.

¿A cuántos Cristos, Vírgenes y Ceferinos han ascendido, movidos tan sólo por el afán de obtener un panorama inédito, una imagen condenada desde el principio a las incesantes reversiones de la memoria? Solo, en el silencio de un camping municipal, X escribe -oh, Bolaño- bajo el auspicio de las estrellas; parecen estallar ante sus ojos creando extrañas simetrías.

VILLA LARCA: La mujer temía por la seguridad de su automóvil; “soy de Buenos Aires”, dice, a modo de pretexto. Para una sociología del camping municipal: entre la cumbia villera, el cuarteto, el humor cordobés y el rock nacional, suele colarse el vozarrón de un payador cantando sus tristes verdades; es la nostalgia del antiguo mundo agrario. Un viejo mira el suelo recién regado y toma mate en silencio; la burla goteando de las fauces de sus nietos –una generación perdida por la frivolidad y el consumo-, late sin mayores consecuencias. Modos de la masculinidad agreste: esa parejita madura al calor de un estereotipo imbécil, “remanyado”. Sirenas serranas: la celulitis como rasgo de estilo.

MUSEO INTI HUASI: alguien, en algún lugar, todavía resiste; una pequeña colección de fósiles; trabajos en madera; fotografías; mapas antiguos; instrumentos musicales. “Estos pueblos viven en el inframundo”. Daniel M., un barbudo profesor de geografía, dibuja sobre la tierra el croquis del nuevo recorrido que mañana, a primera hora y por motivos que sólo ellos entienden, emprenderán; lo hace con una ramita que se rompe cada pocos centímetros/kilómetros. Este sistema de notación – el empleado a lo largo de esta crónica- es vago e impreciso y se diluye en hondas lagunas en donde él ignora qué hizo, dijo u observó.

LOS MOLLES: Siempre que se observa a una familia de vacaciones, puede distinguirse, escondido y con expresión de un indecible sufrimiento, al que por méritos propios (los modos fulgurantes de su fragilidad) resulta ser el más desgraciado de sus integrantes; gordo, marica, petiso, machona, fea, desgarbada, con los pezones como mandarinas, suele mirar al mundo como si se tratara de un coto de caza hermético; y alucina; berrea. La joven cuadripléjica, por ejemplo, que miraba pasar las horas al borde de la pileta (¿quería saltar?); su malla negra en suspensión; la sombra amoratada de sus ojos pequeños como una feroz alegoría.

VILLA ELENA: Una gigantesca esmeralda brillando en el corazón escondido de las sierras. Vistas desde su edad actual, las hazañas del niño solitario y montañés que fue, aún mantienen, a pesar del tiempo transcurrido, su aura de cosa mágica intocada; con un cuchillo de utilería (“¿quién sos? ¿Rambo?”) X bordeaba el río hasta llegar a una profunda pileta natural: bestial entre la hierba.

Hay un momento del atardecer en que la naturaleza parece orquestada por un compositor dodecafónico. Peleas familiares en el silencio nocturno (el mítico enfrentamiento entre un nieto y su abuelo, con resultado incierto). ¿Alguien ha sopesado alguna vez la verdadera dimensión de la expresión “cuando la naturaleza manda”? (¿Por qué razón X vuelve una y otra vez, como en un sueño persistente, a VALLE FÉRTIL?). Este viaje, a diferencia de los anteriores, es una desquiciada guerra de nervios. Una pelea contra lo peor/mejor de sí mismos.

MERLO es CARLOS PAZ: el infierno en toda su chabacana dimensión. Súbita comprensión del alcoholismo de Antonio Esteban Agüero, el poeta. La contaminación inmobiliaria, el juego, la hipocresía oficial, etc. La mazamorra podrida. Casas de blanco sepulcro; las calles de tierra seca; la basura al borde de la ruta; la curiosidad de los perros hambrientos; los supermercados chinos.

SIERRA DE LOS COMECHINGONES: dejan atrás, en el último giro de la ruta, casi al ras del horizonte, la cresta borrosa de un espejismo (¿o será otro engaño de su imaginación en tránsito?). Escrito en una libreta: Ruido, ruido humano, a copulación humana, a exceso poblacional. Somos el cáncer maligno de la naturaleza, su tiro de gracia. Nada mejor que la naturaleza sin nosotros. Y niños, demasiados niños, hordas de niños por doquier.

EL TALITA: Comisario gordo de pueblo; el lugar común, su perversa campechanía; casa bajas; hornos de barro; niñas en bicicletas: van de a dos por el medio de la calle desierta; caballos de mirada apagada; pájaros y, de pronto,

AQUÍ TAMBIÉN AVANZA EL PAÍS

¿Lagartijas vendiendo artesanías? Al reparo de un sauce, cuya sombra poblada de pájaros les brinda sosiego. PORTAL DE LA HUERTITA: Entran en un extraño remanso hippie: el ¿dueño? del camping anda descalzo y agradece a las plantas cada vez que las utiliza. Es una secta, X está seguro: demasiado secretito y suciedad artificial. Huele a espermicida, a sudor joven de iluminado. No soporta su pretenciosa armonía, la del lugar y sus ocasionales habitantes. Casa rupestre, sin luz. Colchones en el suelo; alguien llora y ríe al mismo tiempo. Llegan camionetas, una mujer de vestido largo camina como flotando. La voz pausada de un muchacho desgrana en la tarde que muere fragmentos de “Mi planta de naranja lima”, de Vasconcelos (asombra que lo haga ante un auditorio compuesto por dos hombres maduros y un perro de nombre Aikén). ¡A la mierda con el clan Manson!

En medio de la nada, como una encarnación de la imaginación herzogeana, un barco boya, su quilla delirante oxidada bajo un cielo de aluminio.

[…]

Gente de tierra adentro: hay una frontera invisible –otra más- que no conviene traspasar. Escribiendo bajo el sol, a orillas del río Quines, en un boliche de pueblo; al principio los miran raro, después se acostumbran. “Diez días sin leer”, dice X, “un día sin alcohol y a cinco años de la última sesión intensiva de quetamina… Alejado de ‘Umbral’ y sus delirantes sierpes, en fin, en paz.”

Monotonía de la espera. Mejor: huir por la tangente solar. Las arañas, su instinto anticipando la violencia del tornado. Negra mancha de aceite líquido sobre la serranía, al oeste. Al costado del sol moribundo. Y en el aire, entre la agitación de los elementos: Los Charros vibrando sobre la mesa de los galanes. Pasan arañas como manos suplicantes a 20 cm del Santo Bebedor. Ruge la rockola, el río y el canal periférico donde se baña un hombre panzón.

Todo es esplendor, nada se rebaja ni desvirtúa. Nada termina. Lo han percibido así: un universo deslumbrante.

Por Pablo Grasso


[1] “Sabido es que los esclavos agradecen la porción, la chispa de tiempo encapsulado que el Amo, en su desmesurada perversión, cada tanto simula regalarles (nada adormece tanto como el ritornello imbécil de la identidad).”

[2] “Toda frontera denota un límite, algo que está ahí para que, indefectiblemente, se tenga la necesidad de evadir o hacerlo estallar por el aire; vale decir: un soldado judío en la Franja de Gaza, su culo empollando un misil; de las tecnologías del horror, la más vieja: la sagrada.”

[3] “Yo tenía entonces 20 años. Era una hermosa mañana de noviembre y estaba haciendo cuajada en dos grandes ollas de hierro junto con mi mamá. De pronto, sentimos tal tropel como si el cerro se viniera abajo. Salí corriendo al patio y vi que, rodeando casi toda la casa, había como doscientos indios gritando: “¡Matando huinca (cristiano)!”

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