Abuelita era escritora

Cuando comenzó a frecuentar círculos literarios se hacía llamar, junto a sus conmilitones, “hacedores de la cultura”. Y se sentía plena con un micrófono.

Pensar que sus bisnietos en alguna reunión familiar, o cuando se reúnan a cenar con amigos, proclamarán orgullosamente: “Abuelita era escritora”. Y las demás personas imaginarán a una señora mayor, canosa, sentada en un sillón chino, en una galería de una casona antigua, hermoseada su figura por el sol que penetra a través de vidrios de colores, entre plantas de interiores, tomando una taza de té al atardecer, con un cuaderno de notas y una edición con páginas amarillentas de una cuento de Katherine Mansfield en su regazo.

Una señora que probablemente supiese expresarse en francés, que acaso admirase la poesía de Borges, y que fuese poseedora de una frondosa biblioteca, con antiguos volúmenes y ediciones; y anaqueles en los cuales cohabitaban Lugones, Lord Chesterfield, Dickens, Kipling y Maupassant; Chesterton, Poe y Mansilla; y por supuesto Cortázar y Sarmiento.

O acaso las imaginaciones de los receptores de la frase los lleven a una joven con ideas e ideales, un tanto transgresora y rebelde, que haya estado al tanto del mayo francés. Una mujer delgada, de pantalones, que fumaba y admiraba un poco a Lola Mora.

O… ¿por qué no? Una anciana dulce y bonachona, con mucho de madre norteña y provinciana, con la nobleza interior, la verdadera, la de la gente de antes; capaz de recitar párrafos, sonetos y odas de los españoles. Una señora que hubiese leído el Quijote, y a Espronceda.

¡Si supieran!

A abuelita Dios no la había bendecido con la pasión por la lectura, ni con la aplicación a los estudios; pues, apurada por ponerse a tono con las exigencias de la vida, tampoco había hecho nada por adquirir cualidades tan fútiles.

Abuelita poseía menos sensibilidad y talento que frivolidad y ansias de figuración.

“Nada mejor que la palabra escrita para figurar” –había pensado- y deprisa comenzó a ensayar con algunas estrofas en las cuales descubrió que los verbos en algunas conjugaciones rimaban asombrosamente fácil; que “puma” iba al tono admirablemente bien con “espuma” y “noche” con “coche”; la cuestión era buscarle la rima a cada palabra. Lo de la idea era absolutamente secundario; y que (no entendía por qué) no podía sustraerse a escribir “ti” o “tu” en lugar de “vos”. Luego, influenciada por las corrientes de la época, le había sido revelado el gran secreto: ¡Se podía hacer poesía con frases sueltas, inconexas, dejando de lado el cansador trabajo de la rima!; ¡frases en las cuales solamente el autor era el poseedor del profundo enigma del sentido que tenían (¿tenían sentido?)! Pero mientras esas palabras dijesen pomposamente, no faltaría quien tildaría de “bella”, “sublime” o alguna otra cosa por el estilo a esa poesía, sin dudas muy bella y sublime.

Y fue así que conocimos la mejor parte de la producción de abuelita. Poemas que decían más o menos así: “Sombras de arena/ pies descalzos en la noche/ deseos oscuros/ y el mar de estrellas que me delata”.

Abuelita, en algún rincón oscuro de su mente, sospechaba que Katherine Mansfield era una actriz norteamericana rubia y voluptuosa, contemporánea de Marilyn.

Abuelita escribía términos como “tuvistes”,o “vistes”, y utilizaba mucho, muchísimo la frase “nubes como copos de algodón”, “cielo encapotado”, “andando caminos” y “frío que calaba hasta los huesos”; incluso, puertas adentro, en familia, solía decir “haiga” “la calor” y “se levantó un vientito”.

No pienses, desprevenido lector, que Abuelita no leía.

Paulo Coelho, y un tal Stamateas, eran su alma mater; y (a hurtadillas de algunos) solía llevarse un Corín Tellado a la cama.

Cuando abuelita comenzó a frecuentar círculos literarios se hacía llamar, junto a sus conmilitones, “hacedores de la cultura”. Y se sentía plena con un micrófono en la mano recitando sus obras a otros escritores no menos audaces; y que luego de acabada su exposición, la cubrían de elogios, llamando, como dije, “bello, sublime, hermoso” y todo eso a su obra.

Abuelita era escritora.

Había publicado dos libros de poesías. “La rosa zahorí” y “Corazones trenzados”; en los cuales estaba condensado lo mejor de lo mejor de su obra.

Cuando fallecía algún escritor famoso, Abuelita era la primera en publicar interminablemente frases y fragmentos de la obra del escritor en las redes sociales de aquel tiempo; luego de una semana, procedía puntualmente a olvidar a ese escritor (como si se pudiese olvidar lo que no se conoce); y continuaba con su copiosa obra.

Porque abuelita era una escritora muy, pero muy prolífica. Defecaba con tesón y ahínco tres o cuatro poemas de su autoría diariamente. Pues pensaba, junto con el maestro que era su mentor, que la poesía era “noventa por ciento transpiración y diez por ciento inspiración”. Sin dudas una afirmación absolutamente sabia y certera, pues la repetían en sus tertulias la mayoría de los hacedores de la cultura.

Un día, en unas cajas viejas, los nietos encontraron casi completas las ediciones de los dos libros que abuelita había publicado. Se preguntaban, extrañados y agradecidos, por qué la gente no los había adquirido en sus tiempos.

Abuelita junto a su grupo de amigos escritores habían recurrido al sencillo expediente de tomar por las solapas al concepto “escritor”, lo habían arrojado al medio de la zanja, lo habían arrastrado por las aguas servidas, habían procedido a cubrirlo de lodo, luego de ello sumergirlo en las cloacas y coronarlo de abrojos.

Entonces sí.

Entonces sí, lo tomaron como quien toma una estola, se lo colgaron al cuello, descubrieron con asombro y orgullo que les iba a la perfección; y con ese atuendo salieron a la calle a leer sus poemas, micrófono en mano, a quien quisiera escucharlos.

¿Qué te pareció la nota?
No me gustó8/10
Opiniones (0)
3 de Diciembre de 2016|00:00
1
ERROR
3 de Diciembre de 2016|00:00
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
    28 de Noviembre de 2016
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016