Cuentos de verano: Carlos Córdova

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Los lobos 

(A mi mama María y a mi tata Nicolás Lauriente, que me enseñaron a viajar…)


Los lobos me persiguen. En la estación de dolores he comprado tabaco y el periódico, me he hundido en el asiento y me he sumido en la lectura, es víspera de navidad y muchos viajan para reunirse con sus parientes. Anoche abordé en Retiro.

Arrinconado contra el asiento saco mi libreta y anoto todo cuanto se me ocurre: pienso en lo bello que es viajar en tren, en la línea de árboles que pasan fugazmente por la ventanilla y dejan su impresión borrosa en el ojo.

En Junín bajo y camino por el andén, el cielo es un inmenso mapa estelar. En la esquina sur una mujer vende flores, arma pequeños ramilletes que ofrece a los transeúntes y los vende. Salgo de la estación y me introduzco en un cafetín: agua mineral y café negro- le pido al mozo sin despegar los ojos de la editorial.

Cuando regreso el tren aún descansa sobre los rieles. Siento el impulso de abandonarlo, el vago sentimiento de que si lo hago los lobos desaparecerán.

En el final del vagón encuentro algunos asientos desocupados, elijo uno y me desparramo cuan largo soy, una sensación de alivio me recorre el cuerpo El viento me golpea la cara. De a poco te vas quedando sin palabras Carlos: primero una, luego otra, luego la siguiente. Cierro un poco la ventanilla y enciendo un cigarro. Al otro lado del pasillo hay una chica, es muy bonita y lleva puesto un vestido estampado en flores, la miro y sin quererlo le tiro el humo en la cara.

-Disculpe- le digo azorado, no me di cuenta. Me mira y asiente con la cabeza.

Busco alguna excusa para hablarle pero no encuentro, todas parecen ridículas: "qué calor ¿no?", "¿va usted muy lejos?", "parece que fuera a llover". Sigo unos instantes sumido en esa tarea pero me doy por abatido y abro mi diario. Siempre he sido un pavo con las pibas…

En ese momento me dice:

-Parece preocupado ¿le pasa algo?

Dejo pasar unos segundos y contesto:

-No... Bueno, yo… en realidad sí.

-Ya lo decía, soy una persona muy perceptiva. ¿De qué se trata, lo ha abandonado su mujer? -dice con sorna.

-No, es algo más complejo.

-Si le ayuda puede contarme, me encanta escuchar, además soy una chica muy discreta.

-No lo creería y como dice usted: yo también soy una persona discreta. Bueno, no quiero molestarlo. Es sólo que cuando lo vi me dieron ganas de hablar. Pensé que con usted podría abordar algún tópico algo más interesante de los que se suelen tener con los compañeros de viaje.

-Le agradezco, me encantaría, pero temo involucrarla.

-¿Por qué, es prófugo de la justicia?

-No, nada de eso. Soy estudiante de una..., quizás deba decir era. Ahora me ocupan otros asuntos.

-¿Cuáles?

-Volvemos a lo mismo, si le cuento me tomaría por loco, o peor… me creería. Entonces ambos estaríamos en el mismo dilema.

-Es usted verdaderamente extraño.

-Bueno si, aunque no más que cualquiera en mi situación.

-Hum...ha pensado que si me cuenta su problema tal vez deje de ser un dilema de uno y pase a ser de dos- como usted dice- y luego tal vez yo lo refiera a algún amigo entonces seríamos tres y este a algún otro y así la serie se multiplicaría y... Ya no sería su problema sino el de todos. ¡Que tal! -dice esperando mi respuesta. Pero esto sucedería sólo si usted quiere porque como le dije: soy una piba discreta.

-El argumento es en verdad fascinante ¿por qué no me deja pensarlo?

-Tómese su tiempo, me quedan algunas estaciones.

-Le gustaría acompañarme al bar, le invito un refresco.

-Deje que acomode algunas cosas y vamos.

Durante el camino a través de los vagones pude apreciar que se trataba de una joven encantadora. Era asombrosa su habilidad para sortear a los pasajeros aglutinados en los pasillos o amontonados en los descansos. "¡Venga, venga!, no se quede atrás, que no llegamos nunca, me decía cada tanto. Pero mi experiencia en los trenes era muy inferior a la suya y no podía evitar quedar rezagado. Al final luego de una larga lucha alcanzamos los coches Pullman.

-Estos vagones cuentan con el aire acondicionado, no como nosotros que perdemos tres kilos a razón de cien kilómetros. Uno de estos viajes por año es la mejor manera de mantener la silueta.

-Es usted muy divertida, nunca lo pensé como un tratamiento para adelgazar.

-Dije mantener la silueta, ¿Es que acaso me veo gorda?

-No quise decir eso, veo que es muy susceptible en lo respecta a...

-Al fin, acá está, ya llegamos, le parece aquella mesa.

Nos sentamos cómodamente y comenzamos a hablar mientras yo sorbía mi cerveza y ella un refresco-cola. De a poco me fui enterando de algunas cosas de su vida: del motivo de su viaje, del primer novio de la adolescencia y como es usual en este tipo de charlas; de una que otra preferencia. El azul al rojo, las margaritas a las violetas, las faldas amplias a los jeans ajustados.

Recuerdo la manera amable con la que me refirió sus hazañas: un viaje a Quilmas junto a una amiga, una visita a casa de su abuela en Buenos Aires, una salida a un baile con las compañeras del secundario, en fin, las cosas que uno cuenta para darse a conocer.

También dije algunas cosas- aunque debo reconocer que supo respetar mi silencio- que era escritor y antes periodista y antes vaya a saber qué, que me gustaba viajar en coche, ir a la playa los veranos, leer por la noche y uno que otro hábito inofensivo. No dije que sentía miedo, que los lobos me perseguían y que había tomado el tren para escapar como un adolescente.

Oscurece y las luces de los pueblos se reflejan en nuestras ventanillas. La conversación decae y las palabras se transforman en un extraño ronroneo que se confunde con el traqueteo del tren, con el bamboleo de nuestros cuerpos cansados, un bla bla bla arrullador que nos invita al sueño y al olvido. Apoyo mi cabeza en la mesa y me quedo mirando a Isabel.

Amanece, los mozos preparan las mesas para el desayuno, un contingente de ancianos espera en el umbral. La señorita se bajó en Santa Rosa-dice el mozo mientras me entregaba un papel arrugado.

Saco pacientemente mis anteojos y comienzo a leer.

"Carlos: No he querido despertarte y apenas tengo tiempo de escribir estas líneas. Estoy un poco confundida, anoche tuve un sueño en el que vos dormías y yo soñaba tu sueño. Fue muy extraño. Pero había algo más perturbante. En el sueño te perseguían unos lobos como esos que una suele ver en las películas, corrían a tu alrededor y te iban cercando de a poco. Eras un animal de presa, una carnada a la que aquellos lobos perseguían endemoniadamente. Yo trataba de ahuyentarlos, pero vos insistías que los dejara, que ya se cansarían. Cuando desperté vi uno de esos lobos correr por el andén…. De más esta decir que nuestra fauna no cuenta con esos ejemplares, lo sé porque lo aprendí en el secundario y además porque se cae de obvio. Había varias personas pero nadie advirtió su presencia. No sé qué pueda significar esto y si lo anoto es porque creo-siento que al escribirlo quizás deje de atormentarme. Te dejo un gran beso y también mi dirección en Santa Rosa por si quieres visitarme. Isabel."

Cuando terminé de leer la carta sentí alivio. Al menos esos animales me perseguían solo a mí. De nada sirvió que me quedara con la cara pegada a la ventanilla. Se habían marchado. Pedí el periódico, leí las noticias de siempre y me dirigí a mi asiento. El tren estaba vacío, el recambio de pasajeros había disminuido y elegí un lugar de mi gusto. Un poco más relajado me dediqué a ver el paisaje. No sé cuanto tiempo pasó, lo que pude advertir es que cuando volví de ese limbo de imágenes, el sol estaba alto y el fresco de la mañana se había escabullido.

Saqué mi libreta e hice algunas anotaciones al azar: una niña jugando con su muñeca, un verso de Rimbaud, un helado de fresa... Todo confundido en una narración caótica, apenas numeral. En ese momento sentí el furioso embate de la maquinaria contra el viento, contra las nubes, contra el paisaje. Contra el mundo…

La vi deslizándose por las vías, poseyendo cada milímetro, atravesando la sórdida barrera del silencio para lanzar su rugido de león, de animal salvaje, de bestia indomable que asecha a su presa, entonces comprendí que la máquina era el mundo que me devoraba. Los recuerdos que se reúnen y se dispersan sin motivo aparente: un día de sol en la playa, la foto de alguien amado… La realidad girando como un tiovivo y yo tratando de alcanzar la argolla: esa efímera gloria de la infancia.

Pero mi problema es otro, mi problema son los lobos que siguen mi rastro. No sé que pensar, tal vez deba desistir, dejar que esos animales de presa hagan de mi carroña. La verdad no lo sé. Ni siquiera sé el motivo por el que me siguen. Por qué yo, por qué entre todos los hombres del planeta me elijen a mí.

Me he quedado dormido y en el entresueño he presentido la tormenta, la tempestad, el soplo. Los relámpagos iluminando el azul grisáceo de la tarde como el flash de una polaroid sobre el inocente paisaje. He sentido la humedad, el fresco, el vaho. No he pensado más....

He dejado las cosas descansar, las he lanzado como una pelota de baloncesto. Y ahora-cómodamente sentado- sigo el trazo irregular de las gotas que se deslizan por la ventanilla.

La cabeza apoyada contra el respaldo, el resoplido de alguien que duerme unos asientos adelante o unos asientos atrás, el mozo que pasa vendiendo sanguches y bebidas.

"Sanguches y bebidas," -repite el hombre vestido de blanco- "sanguches y bebidas" y presiento que es un mantra, una letanía que vende a los pasajeros por un par de pesos.

De a poco estos animales te acorralan Carlos. Hubiera preferido un callejón oscuro, como en las novelas de Chandler o Vernón Sullivan, un rufián cualquiera. Pero no, son lobos, animales acostumbrados a asechar largas horas hasta agotar a su presa.

Un anciano se ha sentado junto a mí, parece inquieto, como si algo le molestase.

Dejo caer la cabeza entre mis piernas buscando una razón, pero no la hay, esa razón no existe.

Una voz me despierta...

-Usted está aquí por los lobos, ¿verdad?

Miro al anciano sin saber qué decir. Usa un bastón con cachas de nácar que contrasta con un pelo largo y descolorido, un sudor frío me recorre el cuerpo a la manera de un lento calambre.

Pone su mano en mi hombro y dice:

-Venga, vamos a tomar un trago. Se levanta sin mirarme y hecha a caminar. Dejo mis cosas y lo sigo. Al llegar al bar pide dos ginebras y dice tomándose el mentón:

-Lo he estado observando desde que dejó su casa. A ellos también, agrega con tono siniestro.

Quiero preguntarle pero me detiene inmediatamente.

-Tome su trago -dice. Cuando esté tranquilo hablamos.

Cuando hube terminado el anciano comenzó su relato:

-La historia que le voy ha contar es larga, así que omitiré los detalles. Cuando tenía su edad era pintor, había venido a Buenos Aires para hacerme famoso: cosas de la juventud.

Una noche de invierno me pasó lo mismo que a usted, también corrí asustado sin saber qué hacer, primero busqué refugio en lugares públicos, luego escondiéndome en zaguanes o baldíos. Al amanecer volví a casa. Hacía poco había llegado y no conocía mucha gente. Imagínese, no podía ir a la casa de alguien y decirle: "che, disculpá, no me podés aguantar unos días, sabés qué pasa: unos lobos me persiguen y no me dejan en paz". Así pues, resolví vagar por las calles, me metía en los boliches o me sentaba en los bancos anónimos de las plazoletas.

Sabía, de un modo más cierto que la verdad o la certeza, que los lobos volverían. Estaba cerca de Retiro y -al igual que a usted- la idea del tren me vino a la cabeza. Al llegar a la boletería el corazón me latía como un redoblante.

Usé lo que tenía a mano: unas cerillas y unos cuantos papeles, los bocetos caían al piso frenéticamente. En la noche cuando los veía: bocetaba, de a poco pude ir diferenciándolos, aunque los rasgos eran bastantes difusos. Durante el día dormía y en la noche me mantenía atento. La segunda jornada distinguí claramente uno.

Entonces se me ocurrió colocarles nombres: al primero lo llamé Urhs. De esto han pasado más de treinta años. La idea que tenía en mente era que quizá nombrándolos perderían su condicional espectral y encontraría esa razón, por la que usted se pregunta. En ese momento no sabía de ellos mucho más de lo que usted sabe ahora y aun hoy hay muchas cosas que ignoro.

El anciano hizo una pausa para tomar aliento.

-Le pedí que me dijera sin dilación el motivo por el que me perseguían.

Sonrío, como si no hubiera dicho nada y continuó su relato:

-Quizá tenía razón, aun no lo sé, pero de paso me servía para pasar el tiempo y detener esa "sensación: de laxa espera" de la que nada tengo que explicarle.

El tren que había tomado se dirigía al interior, en un pequeño pueblito de la pampa- 25 de Mayo creo- bajé al andén. Eran las cuatro o cinco de la mañana, fue cuando vi por primera vez a Urhs. Era realmente imponente: su pelaje oscurecía a la noche. Sobre sus cuatro patas mostraba una solemnidad que no he vuelto a apreciar en ser alguno. Ni el menor jadeo se dejaba escapar por su hocico. Corría peligro y no quise ser menos. Lo miré a los ojos y traté de sostener la mirada. Luego de un rato bajó la cabeza -lo creí derrotado- al instante siguiente caí de bruces bajo todo el peso de su cuerpo.

Muchas cosas aprendí en aquel viaje - continuó diciendo.

Su piel -la del viejo- dejaba traslucir unas venas añejas. Pensé en su corazón, una maquinaria oxidada que arrojaba sus últimos latidos. Oxida y vieja…Las uñas, extremadamente largas y limpias: cuidadas con devota minuciosidad, me asustaron. Un nuevo traqueteo del tren me devolvió a su relato…

”La paciencia, la tensión, la espera. Esas eran las cosas que mis cerillas no habían captado. Rompí los bocetos y comencé nuevamente. Mi error fue retratar la fuerza bruta. No soy adepto a las metáforas pero como buen advenedizo pensé en la lira, en la tensión de la cuerda. Uhrs poseía esa fuerza."

El anciano estiró la mano y me entregó un boceto.

- Este es Ursh-dijo con solemnidad.

El animal retratado en el papel amarillento era el mismo que me perseguía. No pude ocultar el pánico, el miedo se apoderó de cada uno de mis gestos, desde el tobillo hasta mi cara. Busqué una excusa y me fugué al baño, cuando regresé el anciano había desaparecido.

A la mierda con el viejo-me dije- es tan exasperante como los lobos. En ese momento no sabía que volveríamos a encontrarnos.

Al llegar me hospedé en un hotelucho de mala muerte.

Durante unos días tuve paz, más por seguridad que por distracción organicé una pequeña rutina. A la mañana me sentaba en algún bar, pedía café y dejaba que el sol golpeara tranquilamente mi cara. Así pasaron varios días. De a poco la sensación de miedo fue disminuyendo, incluso llegué a pensar que los lobos habían desaparecido.

Salvo por la siesta-que se prolongaba como una amenaza infinita- me sentí a salvo. Esa presunción hizo aun más perturbadores los acontecimientos que se suscitaron.

Una mañana, cuando caminaba tranquilamente el viejo apareció.

-¿Puedo acompañarlo?-dijo con una cortesía del todo impostada.

-Usted de nuevo.

-Bueno, ¿por qué no? -contestó mientras tomaba mi brazo como si fuese lo más normal del mundo.

La primera sensación fue de sorpresa, pero pronto advertí que su presencia implicaba también la de ellos. Con su brazo apoyado en el mío el aciano me impuso una marcha cansina que me exasperaba.

¿Ha probado los vinos mendocinos?-dijo -son excelentes.

-¿Usted me toma el pelo?-contesté enojado.

-Bueno... Solo quería distraerlo.

Bajó la vista y dijo:

-Yo también los he perdido.

-¿Y eso lo entristece? le pregunté mientras trataba de zafarme de su brazo.

-¿A usted no?

-Pues claro que no ¡qué piensa!

-Que no entiende.

-La verdad, no.

El viejo ajusto aun más el paso y asentó por primera vez su bastón en el piso. Su empuñadura era de lobo.

-Esa no fue la única vez que los vi-dijo continuando su relato. Al primer encuentro siguió un segundo y tuvo lugar unos meses después, de regreso en Buenos Aires. Ajado por el tedioso paso de los días decidí hacer algo fuera de lo normal. No me refiero a clases de tenis, ni a un partido de ajedrez en el Ateneo, sino algo verdaderamente extraordinario. Ese tipo de cosas que miradas en retrospectiva damos en llamar antológicas.

Existen muchas maneras de morir, generalmente basta dejar que el tiempo haga lo suyo. Yo no quería ese destino-el viejo se detuvo como para recobrar aliento. Sacó un pañuelo de su saco negro y tosió con levedad fantasmagórica.

-Quería comprender-continuó diciendo. Junté los bosquejos y trabajé sobre ellos: analicé cada línea, cada trazo del carbón sobre el papel. De a poco pude organizar unas cuantas cosas. Al final sólo somos carbón… todos estamos al alcance de una cerilla. Plombagina.

La humanidad es algo mudable-me dije: un abrigo que uno puede descartar, dejar colgado en el ropero tal cual un gabán. Sólo hace falta el afán necesario. Por mi parte creo que me fastidiaba el ejercicio de lo humano. Sé que hablo con vaguedad pero comprenda, es un sentimiento difícil de explicar.

Perder la condición de humano y asumir la de lobo parecía de algún modo... ¿Cómo decirlo? Libertario...

Dejé escapar una risita irónica que terminó por avergonzarme.

-Lo sé, lo sé, suena descabellado y ridículo. Estamos llenos de cuentos de hombres aullando a la luna y cosas del estilo. Hollywood se ha encargado de vulgarizar el relato.

-Pero desde entonces cada día me siento menos humano. No crea que no soy consciente de lo que digo, pero debe acordar conmigo que el hecho de que lo persiga una manada de lobos, también es una locura.

-Por fin algo coherente- dije de manera inmediata.

El viejo pareció no escuchar. Paró el paso y dijo sin dramatismo pero con firmeza: "Ellos lo esperan, debe marcharse"- esbozando una sonrisa en la que dejó ver sus afilados caninos.

-Usted está loco. ¿Qué piensa, que tengo cita?

-Debo irme-dijo soltando mi brazo. El anciano emprendió una lenta carrera y se perdió por una de callejuelas laterales de la Avenida San Martín.

Esta es una historia sin argumento-pensé. Esos lobos al final no son más que un tenue reflejo en mi ojo. La desolación y la miseria que nos cerca. El miedo. El final que no se atreve con nosotros. Ni tan incorpóreos para ser fantasmas, ni tan reales para recibir una puñalada.

En la oscuridad de mi pieza decidí volver a Buenos Aires.

El tren descansaba cómodamente sobre los rieles. Con una serenidad impasible: invulnerable a la salida o al regreso. Un buda de trece vagones y una campana. Sonaría el silbato y comenzaría su extenuada carrera. Lenta al principio, furiosa al final.

Me senté y dejé que la ventanilla abierta atenuara los efectos de un verano devorador. Abandonábamos la ciudad y los niños con las caras pegadas a las ventanillas saludaban a sus pares que se detenían a mirar absortos el paso del tren.

No he querido pensar, el espectáculo que ofrecen los niños ha captado mi atención, tal vez a la espera de que ese mundo me succionase he postergado cualquier pensamiento. La cercanía de los niños me inspira una seguridad que no sé explicar, una especie de serenidad que examinada detenidamente sólo puede ser fruto de ese universo conjetural que inspira la inocencia.

Si lo pincho explotará como un globo de helio. Si zanjo mi carne o mutilo un pequeño trozo de cuerpo, sangraré. Ese afán de mantener unido lo disperso, anclar el cuerpo y decir basta, es una tontería, eso que escucho no son aullidos, lo que veo no son lobos, el anciano no es más que un fantasma, pero si acepto esto al mismo tiempo debo rechazar de plano el mundo que me rodea, los niños no están allí con sus caritas en las ventanas, y este mismo texto es imposible.

Ojala la vida transcurriese a bordo de un tren, sobre los rieles de una maquinaria, una vida de durmientes y estaciones, dividida en kilómetros o kilómetros de kilómetros y no en años o meses. O días o horas…

Un calendario de rieles y amores…

Al llegar a Retiro cometí la estupidez de creer que estaba a salvo, que los lobos e incluso el anciano desaparecerían. Esa presunción se desplomó en un santiamén, pero aun así, por un tiempo los olvidé. Olvidé la persecución, la cacería, la espera. Retomé las tareas abandonadas y hasta en un exceso de optimismo me incorporé a la vida en la ciudad.

Nunca he sido un asiduo de la "cultura" pero aquellas semanas visité cuanta conferencia se presentó ante mis ojos. Sin el menor tacto, me hice de nuevas amistades y hasta de algún affaire ocasional con la idea de que en el tumulto estaría protegido. A pesar de mi esfuerzo el miedo siguió latente, en cada esquina, bar, bus, en cualquier lugar temía el encuentro. La ansiedad derivó en obsesión y el alba solía encontrarme a menudo con la cara en la ventana, espiando la calle.

Finalmente abandoné esa vida lactaria de joven culto y me encerré.

Durante algún tiempo mantuve la misma rutina. No hubo progresos pero aún así sostuve la posición. Creí que en la mecánica repetición encontraría cierto alivio. Noche tras noche espié la calle. Como si en la elaboración de un método hallase el sosiego que tanto necesitaba. Parecía un monje repitiendo su mantra en algún monasterio perdido del Tibet urbano y difuso. Milenario y Moderno…

No siempre podía mantenerme atento por lo que modifiqué algunos hábitos. El alimentarme se convirtió en un problema y terminé por trasladar la cocina junto a la ventana de la calle. Allí mismo coloqué un pequeño sofá y clausuré el resto del departamento, a excepción del baño. Aún así las horas de sueño me dejaban indefenso. ¿Qué haría si aparecían mientras descansaba?

Cuando salía a comprar alimentos extremaba los cuidados, nunca me alejaba demasiado y en pocas semanas ahuyente a los tres o cuatro conocidos que tenía. Supongo que el aislamiento y la constante incertidumbre me llevaron a tomar esta decisión.

Sé que ellos me esperan, que siguen allí y me esperan, la noche es su refugio y esperan mi salida… Se también que quedarme no tiene sentido, que el encierro o el tiempo no lograrán disuadirlos… Estoy preparado...

El anciano tenía razón: los lobos siempre nos persiguen…

He llegado a la esquina, la llovizna golpea suavemente mi cara, mas allá la ciudad se abre como un puzzle, más allá el tren comienza su lenta carrera.

Más allá vuelvo a ser el anciano. El lobo. El mundo.

Por Carlos Córdova

PD 2015: Escribí este relato en los años 90, en aquellos años fríos del neo-liberalismo. Siendo presidente Carlos Menen. Por esos días se desmantelaba-desguazaba el sistema ferroviario argentino. La revolución productiva que había prometido el ex-presidente mostraba su verdadera cara, depredadora.

Como muchos mendocinos fui un asiduo y feliz usuario del ferrocarril. Hoy hay toda una generación que no sabe qué es viajar en tren. Por muchos años los trenes garantizaron la conectividad del transporte en argentina, igualando en materia social-cultural-económica el territorio, llevando desarrollo al país de adentro. Los argentinos debemos recuperar los trenes. Anoto esta postdata porque creo que ayuda a la inteligencia-comprensión del texto. El neoliberalismo es un lobo que nos persigue y nos come la esperanza.

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3 de Diciembre de 2016|17:00
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3 de Diciembre de 2016|17:00
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  1. casi me quedo dormido , aflojale al porro que ya te comio la mitad del cerebro
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