Cuentos de verano: Laura Fiochetta

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Punto de partida

El otoño se impuso en la ciudad antes de su llegada oficial aquel marzo sin un certificado de autorización ni la espera ávida de nadie. Una brisa inconveniente ingresó abrupta por la ventana añeja de la habitación en donde Manuel dormía hacía ya varios días, entremezclado con cables gordos que le daban una mano para sobrevivir algunas horas más, o quizás meses, quien pudiera saberlo. La luz se exhibía sutil y no era clara la velocidad del paso de las agujas del reloj. Había indicios que generaban adivinanzas sobre el arribo de la noche o la presencia de los primeros rayos del sol, pero las certezas se esfumaban como el verano ese año.

En medio del silencio sepulcral de aquel cuarto, de manera repentina, se abrió la puerta y la voz casi tanguera de una mujer añosa se acercó imponente a los oídos con atisbos de incipiente sordera del hombre. “Manu, soy yo, he venido a cuidarte”, deslizó casi como una confesión de amor mientras sus pelos negros se posaban cómodos sobre ese cuerpo amodorrado. “Soy Elba, no te asustes- prosiguió- vengo a hacerte compañía como vos me hiciste hace 30 años, cuando yo estaba tan frágil que parecía el arbolito ese que habíamos plantado juntos en el medio del patio. ¿Qué pasa? ¿No te acordás? Era un pomelo, o un intento de aquel fruto porque nunca le hicimos llegar el agua que le hubiera hecho sostener un ciclo vital. Es que nos tirábamos a vagabundear entre los otros frutales. En el pasto, dormíamos, a veces desnudos en la penumbra verde del amanecer y nos besábamos de cuerpo entero entre el sonido incómodo de los mosquitos. Cuando se hacía la siesta, leíamos poemas viejos, propios y ajenos, o discutíamos a los gritos secos sobre las contradicciones insuperables de ser discípulos fervientes tanto de Lacan como de Lenin. ¿Hay un punto de unión entre el fin de análisis y la revolución? ¿Qué tiene que ver la falta con la conciencia de clase? ¿La clase obrera puede acceder al psicoanálisis? No digas nada, no hace falta que te esfuerces ahora en soltar palabras, siempre te resbalaste al olvido como quien se hunde entre la intersección misteriosa que forman las rocas con las olas.

Ahora estoy bien, ¿acaso no podés sentirme? Ya no inundo las sábanas de llanto fácil, como la lluvia que asoma fulminante y confusa. Eran otros tiempos, como cuando disputábamos sobre el punto final de nuestro versátil vínculo y escogías los puntos suspensivos. Y yo reclamaba límites, como esos que portan los mapas antiguos que te había regalado un tío de no sé donde, pero que eran la brújula predilecta para planear viajes que haríamos juntos, o aquellas vacaciones que tomamos por separado. ¿Buscábamos extrañarnos o sólo comprobar que en realidad ya estábamos unidos como flor y néctar? ¿Habría caminos, trenes, montañas o mares que, pese a la inmensidad evidente, serían capaces de declarar esta relación en franco vencimiento? Pero ahora, ¿quién nos devolverá esos años tirados hacia un recóndito infinito? Sí, esos años en los que cargaste mochila y con ella nuestros tibios cafés de las mañanas, la complicidad de nuestras conversaciones, el vino tinto de las noches de los inviernos mustios, los cigarrillos abandonados a la mitad para tener sexo furioso en medio de la cocina desvencijada, las risas contenidas en los colectivos ante mirada absorta de desconocidos, las escapadas en dúo por las tardes para pasear al perro.

Te dije que no te esperaría pero yo no fui avisada sobre esa advertencia valiosa. Y acá estoy otra vez, a tu lado, ahora que tenés ese aspecto debilucho que por momentos te hace irreconocible, como una sombra triste de vos y entonces estallo de ganas de entregarte un abrazo apretado y sostenido, que te devuelva el calor y la fuerza al cuerpo, como el atiborrado plato de sopa del comedor de la facultad. Quiero que me toques otra vez con tus manos ásperas, me recorras con el tacto, como si fuera un territorio inexplorado, una isla pequeña en medio de tu geografía ancha y revuelta. Sabelo: pretendo que nuestros dedos vayan al compás de nuestras lenguas, y con un beso empapado y hondo explotemos de deseo en un orgasmo, en medio de los gritos que ensayamos en miles de tonos.

Acá estoy otra vez. Viste, no me fui, sos vos el que acaba de llegar”.

Por Laura Fiochetta

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5 de Diciembre de 2016|13:35
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