Cuentos de verano: Graciela Reveco de Manzano

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Las voces del pueblo se extinguían a medida que avanzaba la noche con su negra alfombra encendida. Más negra que nunca detrás del aro apenas visible de la luna vieja. Arcadio bostezó largamente, y se entretuvo contando las luces que se iban encendiendo, una a una, dentro de las primitivas casonas que resumían su entorno con unos cuantos latidos de vida. Allí había nacido. Creció entre los árboles y los guijarros. Mamó el aire de la montaña hasta hacerlo parte de su sangre, y las manos fueron pico y pala para ayudar a los pobladores a levantar cobijo. Pocos de ellos quedaban ya, y Arcadio sabía que llegaría el alba que empujaría con su bosquejo de luz hasta la última esencia, y que luego ya no habría pequeños candelabros para contar, como solía hacer antes de tomar el buen vino que le ayudaba con el sueño.

La ciudad estaba relativamente cerca, y el pequeño poblado se desgajaba. Falto de oxígeno, moría lentamente con el crecimiento de la urbanización hacia el lado contrario. Arcadio bajaba una vez al mes para tomar su escaso salario de pasivo. Lo gastaba todo en comestibles, y en ese líquido rojo, y virtuoso, que le calentaba el corazón escarchado por la ausencia, astillado por los recuerdos, pero que no cesaba de latir dentro del pecho como un huracán sin freno.

Mortis emitió su queja lastimera como si adivinara dentro de su coraza perruna el dolor que emergía de su dueño. Era un perro demasiado luengo, pelado, flaco y perezoso. De tan negro, sólo los ojos podían verse en la oscuridad, y echado a los pies de Arcadio se desdibujaba entre la maleza. El hombre buscó la cabeza sombría y se aferró a ese único latido que lo mantenía con vida.

Desde la colina, podía avistar la vivienda derruida que alguna vez Lorenza y él decidieron ocupar desoyendo creencias que
concluían en alguna leyenda apta para la sobremesa. Nadie podría arrancarlo de ese lugar que le inyectó su savia para que fuera árbol, maleza y viento cuando quisiera.

Constituyeron una familia y su mujer hacía uso del acervo popular para entretener a sus hijos. Volvió los ojos hacia atrás, donde el río se deslizaba rudamente entre las piedras con un alboroto de truchas esperando el anzuelo que las llevaría a la sartén. Altos pinares bordeaban el otro lado del río y oculta detrás de la fronda verde y espesa se alzaba la precaria construcción. De allí emergía, como un lamento distante, la leyenda que tantas veces brotó de la boca de Lorenza. El recuerdo se deshizo transparente sobre la cara curtida y empañó la mirada hasta rajar el horizonte como si fuera un cristal. Mortis ahogó el sollozo con un aullido que cruzó el cielo hasta perderse en el confín que estaba más allá de la nada. Quizás él también recordaba la voz que llenaba todos los espacios posibles dentro del pequeño mundo que les perteneció alguna vez. La voz de Lorenza, cálida y hasta divertida, narraba las historias más cruentas.

Ocurrió hace tantos años, que ya murieron todas las plantas del jardín y se secó la vertiente del río que abrió aquel forastero para nutrir su pedazo de tierra, pero lo que aún perduran son los pinos cada vez más altos, como una verde pared que anticipa la orden de no atravesarla, porque en esa casa quedó encerrado un misterio sublime. El hombre llegó solo y tomó por esposa a una doncella que nunca nadie pudo ver. Dicen, que por el color de sus cabellos asemejaba la flor del ceibo; que durante el día, era flor, y durante la noche, mujer. Una tarde que el hombre pescaba apacible, esperando el bostezo de las sombras, no pudo percibir la presencia de los cerdos salvajes, que cruzaron sigilosamente el río para deglutir, con voracidad increíble, la única flor del jardín. El forastero, frente a la desolación, no se quedó en el lugar, pero dejó el conjuro de la muerte flotando en el aire para siempre. Cuentan que no se puede permanecer toda una noche porque luego es imposible regresar a la vida cotidiana.

Lorenza murió y la leyenda quedó anclada en el recuerdo. Sus hijos la llevaron al derrotero que les marcó la vida, y él subió a la colina acompañado de Mortis. Construyó una casucha bien en lo alto, de modo que sus ojos pudieran llegar de un extremo al otro sin escatimar estrellas, ni satélites. Allí se quedó.

Cuando sus hijos lo buscaron para arrancarlo como una raíz inservible de la tierra gruesa y olorosa, cruzó el río y se ocultó detrás de uno de los cipreses más altos. Jamás se iría para desangrarse entre el ruido horrísono del mundo. Quería soledad, sosiego y silencio. Solo, con el aullido apenas audible de Mortis. Y ellos, la sangre de su sangre, que abrió vertientes hacia otras latitudes, regresaron a su vida resignados, tal vez aliviados ¿qué importaba ya?

En esa circunstancia, que lo obligó a llegar hasta allí (sabía que sus hijos jamás cruzarían el río), pudo ver, entre el espeso ramaje, la casa legendaria. Eran solamente tres paredes de adobe (una pared y el techo estaban derruidos), y ¡Oh, sorpresa! un ceibo sin flor se alzaba estoico en medio de la estepa montañosa. Algo le aceleró el ritmo cardíaco y volvió sobre sus pasos. Aún no era tiempo de avanzar. Tal vez, cuando Mortis arrojara al viento su último gañido de queja crónica.

Las estaciones marcharon con un sin fin de letanías cromáticas. Las lluvias arreciaron y magnificaron el panorama con una refracción de luces divergentes. Sobre todo, el verdadero silencio y la soledad se conjugaron en un mismo tiempo verbal: respirar la vida. Y respirando el mismo oxígeno que Mortis, ambos derramados como una gelatina amorfa sobre los guijarros y los espinos, vieron partir a los últimos pobladores. La noche brilló solamente con la luz de las estrellas y Arcadio no pudo seguir el mismo cómputo de costumbre.

Rayaba el alba como un grueso faldón rosado donde el sol desprendía sus primeros flecos de luz. El ruido ensordecedor enloqueció a Mortis. El aullido se convirtió en una queja mortal y dejó que las patas largas y huesudas lo llevaran como un pájaro hacia el fondo de la colina, donde varias máquinas demoledoras arrasaban progresivamente el corazón del viejo poblado. Arcadio no pudo detenerlo.

Las máquinas hicieron su trabajo durante todo el día, y él esperó a Mortis sentado en la loma más alta, hasta la hora del crepúsculo, intentando dibujar con la mirada las almas muertas que se diluían entre el polvo de cada hogar esfumado. Sólo en ese momento, levantó la gastada anatomía y descendió en busca del animal. Un olor a polvo, y a trastos enmohecidos, le restaron oxígeno a sus pulmones, pero no se detuvo. Del pueblo sólo quedaba un manchón oscuro y nuboso, y sintió en la piel el desalojo de lo que fue parte de su existencia. La fría partitura del viento, y el celaje palpitante del anochecer, avivaron su dolorosa hiperestesia, y aún bajo el vidrio roto de las retinas pudo distinguir el lomo negro, doblado en dos, intentando salir de la cuna de escombros que lo atrapara. Los dedos seniles escarbaron con la magnificencia de otro tiempo hasta que lograron rescatar al atrevido infortunado. Mortis no aullaba, sólo emitía un gorjeo que se escapaba del hocico con una línea roja, goteante. El grito ahogado de Arcadio murió en el silencio de la nada. Levantó al animal intentando hacerle el menor daño, y cruzó el largo cuerpo sobre su cuello sin ninguna dificultad, pues los huesos rotos se amoldaban como una goma. Con la mano derecha aferraba las patas traseras, y con la izquierda acariciaba la cabeza que colgaba del lado del corazón. Una mancha roja se deslizaba ostensiblemente desde la camisa raída hasta la punta de los zapatos. Envuelto como un pañuelo granate al cuello de su amo, Mortis cruzó el río sin quejarse.

Atravesaban los cipreses cuando Arcadio ya no lo sintió latir. La fronda quedó verde a su espalda y avanzó decidido. Era el momento de resurgir la voz de Lorenza y quedarse en ella para siempre. No quitó al perro de su cuello. No quería desprender lo último que le quedaba. Pero... ¿qué estaba diciendo? ¿Dónde quedaron sus hijos cuando Lorenza se llevó con ella toda su energía? Él los alejó... ¿por qué? No había pueblo, no había alma, pero su proyección proliferaba en alguna parte. Sonrió con una resignación dividida en lágrimas. Miró a su alrededor. Los últimos temporales de granizo, agua y nieve derrumbaron otras dos paredes de la casa misteriosa, y sólo una quedaba en pie esperando el breve soplido del viento para dejarse vencer. Si hubo una vertiente del río, nada lo indicaba en ese momento, y el ceibo que alguna vez creyó ver, no era otra cosa que un arbusto más en medio de la estepa que cubría la montaña desnuda. Volvió a sonreír, pero esta vez con la simpleza de lo evidente. Quizás en otro tiempo, manos como las suyas, intentaron convertir ese pequeño lugar en un oasis delicioso. Y nada más. Lorenza fue una magnífica cuentista.

Arcadio buscó una piedra que pudiera contener el cansancio y allí se dejó caer sin mover a Mortis de su cuello. Aún la sangre estaba tibia y lo protegía del frío de la soledad. Trataría de recobrar el dominio de sus propias fuerzas interiores, y quizás luego podría regresar en busca de sus hijos. Ahora, vaya saber por qué designio, comprendía la razón de vida que no pudo llevarse Lorenza.

La noche avanzó rauda, sigilosa, llena de estrellas, y sin luna.

Cuando el alba esbozó a lo lejos una furiosa peregrinación de luces anaranjadas, Arcadio sintió que el aire ya no le llegaba a los pulmones, que le crecían dos alas plumosas que lo alzaban del suelo como si fuera una brizna. Para ese entonces, Mortis ya había alcanzado el rigor de la muerte abrazado a su garganta.

Por Graciela Reveco de Manzano

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11 de Diciembre de 2016|04:56
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