Cuentos de verano: Evangelina Herrera

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Confesiones 

Chiquitita, como apretadita al medio, las piernitas arqueadas por años y años de carga. Vieja, tan vieja que se hubiese pensado que no había vivido. Requetevieja y bonita, se había arrugado sin deformarse y su cara deba la impresión de un angelito antiguo y ajado.

Sirva como introducción decir que pasó sus últimos años confesándose ante la puerta clausurada del baño del patio y que se santiguaba al pasar por la jaula de los zorzales con el respeto y la seriedad de quien pasa frente a un velorio.

La enfermedad le regaló la inconsciencia de su condición, pero no el olvido.

Así, por una simple cerradura rota, (dicho sea de paso, mi mamá tenía la teoría de que esa cerradura le había costado la vida a mi padre, y la explicaba con pelos y señales en una retorcida suerte de laberinto de hechos fortuitos y absurdos); por esa cerradura, decía, supimos que firmábamos con un apellido que no nos pertenecía y que en nuestra familia la paternidad era un verdadero acto de amor y profunda fe...

O eso creía ella. Esa etapa de su vida estaba llena de fantasía y confusión. Entre nombres de hijos muertos y actores de cine, nunca supimos si no estaba confesando una película. Al parecer, su niñez estaba más presente y clara.

Pero fueron sus pecados veniales los que nos alegraban la vida en ese tiempo. Las travesuras más inocentes, su ignorancia casi de santa, y sobre todo el aire contrito y acongojado que adquiría frente a la puerta.

-Le he mentido a mi mamá, Padre. Le dije que yo nunca pensaba en hombres y no hago más que soñar con Valentino. Pero son sueños, eso no es pensar, ¿cierto?, le dije que nunca había visto uno desnudo y espié cuando le lavaba el culito al nene de la Beba. Tiene seis años y un pedacito de carne o algo así entre las piernas que me dio un poquito de asco. Tiene dos como pelotitas también, pobrecito. Se les va cayendo cuando crecen, padre? 

Desde la ventana de la pieza de Antonio nos reíamos como locos. Nos causaba una gracia increíble ver como esas ingenuidades la habían torturado desde niña, al punto de confesarlas ante esa puerta eternamente cerrada. Tal vez para ella era la del cielo.

A veces, después de reírnos un rato nos daba pena y alguno de nosotros, por lo general Antonio, la llevaba despacio y con cuidado a su habitación.

La situación era siempre repentina, aunque no inesperada.

Algunas veces, mirando fijo el tazón de café con leche del desayuno, empezaba a rezar con voz de abeja y ya sabíamos que iba a salir despacito hacia el patio.

-Ay padre! Me pesa el corazón! Me da mucha vergüenza, pero hay partes del cuerpo que… me pican, me hacen rosquillitas. Y cuando le pregunté a mi mamá me pegó una cachetada y me mandó urgente para acá.- miraba para abajo y cada tanto los ojitos se levantaban hacia la puerta pestañeando rápido- Yo no sé por qué me pasa eso, padre, yo no me toco, ni nada, ni me miro siquiera. ¿Es pecado? Son como ganitas de hacer pichí, nada más.

Mariano se retorcía de la risa en el piso. Gabriela se puso colorada y tuvo tan mala suerte que la vi.

-Ah!!!! Sabés de lo que habla la abuela no?-

Me empujó, pisé a Mariano y la risa subió de volumen.

Antonio, siempre tan consciente, se enojó bastante, aunque no podía disimular la sonrisa mientras nos retaba.

-No sean hijos de puta, pobre vieja, hace un frío de cagarse!

Y salía a buscarla.

Le costaba levantarse el doble que hincarse. Ahora que mis huesos empiezan a parecerse a los suyos, imagino sus rodillitas puntudas contra el piso y me ahogo de pena y ternura.

Lo difícil era entenderle cuando estaba sin la dentadura, y peor aún si confesaba algo más grave. Esas cosas las cuchicheaba prácticamente en el ojo de la cerradura rota.

-Padre…..¡Padre!. ¿me escucha? Me han pasado dos cosas terribles, bueno, una la hice y la otra me pasó. Yo creo que fue castigo, ¿sabe?, y tengo mucho miedo.
Las cosas no fueron como yo esperaba, padre, ni como yo quería, bah, un ratito no quería y al otro sí, no sé, estoy confundida, porque en las películas no cuentan lo que le pasa a la chica después que la besan, ¿vio? Y él me besó un poco con mi permiso y otro poco de prepo. Yo quería, pero suavecito, apenas tocarse los labios. Y él me apretaba fuerte y me dio miedo, y calor, y vergüenza, pero me gustó, también, me tiritaban las piernas, las tenía flojitas, flojitas y era como que me faltaba el aire. Pero eso no es lo peor!- Lloraba como si los fuegos el infierno ardieran solo para ella-Salí corriendo y me metí en el baño de la escuela. Sentí que me hacía pis y pensé que era eso que me pasaba antes, que mi mamá se enojaba tanto, ¿se acuerda? Pero cuando me miré era sangre padre!!!!!!!! –A esa altura los sollozos eran como aulliditos de perro recién nacido- Dios me castigó y, tengo miedo! Y no me animo a decirle a mi mamá y seguro que ahora me muero!
Sin dudarlo salíamos a consolarla, entre risas calladas y compasión por la crueldad de los tiempos que le tocaron.

En sus momentos de lucidez, que raleaban, la abuela nos contaba cosas reales. Nos gustaba escucharla porque era como ver una novela. Habían pasado tantos años que parecía increíble que la protagonista fuera un ser vivo todavía.
-Este es Alfredito, mi primer hijo, que se murió.

Nos mostraba la fotito de un bebé ruludo que estaba en su mesa de luz, siempre con una rama de olivo bendito en el marco.

-Se murió porque tu abuelo echó veneno en las plantas, por las hormigas, y él se comió una hojita de helecho envenenada. Los bebés se llevan todo a la boca, cuando tengas uno fijate que no se acerque a las plantas.

La tristeza le llenaba los ojos y yo pensaba que la enfermedad era una bendición que la llevaba a regiones de su vida donde el dolor se aliviaba con solo confesarse.
Una tarde de verano, mientras tomábamos mate abajo del parralito, Gabriela, siempre avara la pendeja; desde chiquita, hizo un berrinche porque según ella alguien le había sacado la muñeca que hablaba.

Gabriela jamás había usado un juguete. Los acovachaba impecables, como acovacha hoy la plata.

La muñeca en cuestión decía “mamᔠcuando le apretaban la panza con una voz metálica espantosa. Confieso hoy, ya mayor, que yo intenté que hiciera gárgaras para que sonara mejor.

-Alguien la tocó, le sale la voz ronca!!!!-vociferaba entre hipos fingidos Gabriela y volvía a apretarle la panza a su Fiorella.

-Mamá- graznaba el bicho de pelo de nylon, con voz de mirlo con gripe.

La abuela empezó a zumbar un Ave María y los ojitos arrugados empezaron a lagrimear.

-Mamá-decía la muñeca

-Mamá- decía la abuela

Una y otra vez, como fascinada, hasta que soltó el llanto y partió, con el peso y la lentitud de la resignación, hacia la puerta del baño.

Los zorzales parecieron inclinar la cabeza cuando se persigno y se quedaron callados.

Tardó una eternidad en hincarse y nosotros, que siempre salíamos corriendo a verla nos quedamos quietos. Una especie de miedo nos inmovilizó. Antonio no había llegado de trabajar y no sabíamos por qué su ausencia nos produjo una sensación de desamparo. Los gemidos nos obligaron a acercarnos.

-Digale a mi mamá que me perdone, padre, por favor!-Perdóneme usted también!

Se apretó los ojos con mucha fuerza y el llanto se convirtió en sacudidas. Arrodillada ahí, toda remordimientos, parecía una estatuita de pesebre. El pelito blanco, las manitos de laucha, los zapatitos mínimos.

Antonio llegó a los gritos.

-Che! Han dejado el mate acá y se enfrió!

-Shhhhh! Vení, le susurré mientras lo llevaba al patio de atrás a los tirones.
Verla y estallar fueron una sola cosa.

-¡La puta madre che! ¡la van a ver morirse un día y se van a seguir cagando de risa, manga de cabrones!

Le queríamos explicar que nadie se estaba riendo, que teníamos miedo de tocarla y que se rompiera; pero no nos escuchaba.

La levantó del piso, le sacudió el vestido y la llevó sosteniéndola y acariciándole el pelo hasta su cama.

-Gracias papá- dijo ella cuando le sacó los zapatos y le acomodó las sábanas.

Al día siguiente no se levantó a desayunar y cuando fuimos a buscarla la encontramos peinando la muñeca de Gabriela y cantándole muy despacito el “Arroz con leche” a la fotito de Alfredo, ya sin el olivo.

Hasta su muerte, que fue mansa, como un las aspas de un ventilador que se detiene de a poco, Antonio fue su papá, será por eso que él se quedó con sus ojos. Cuando se vendió la casa lo más difícil fue ver cómo rompían la puerta del bañito del patio y le echaban agua y lavandina a nuestra historia.

Por Evangelina Herrera

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3 de Diciembre de 2016|19:05
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