Poemas de verano: Julio Fernández Peláez

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen poema...

 El Principe

Ese recorrido de andamiarse,

Irse haciendo capa sobre capa,

Chupin sobre Chopin,

Bahia Blanca sobre San Telmo,

Ordinarias las cosas negras,

Extraordinarias las mentes rubias.

Y así, incomprensiblemente,

Desvanecerse de un giro,

Caer como las torres.

Y tú, Delfín de algún principado Norte alpino,

Delfín al fin y al principio:

Heredero de toda una secuenciación

Histo-lirica-moralizante.

He aquí yo y mi alcurnia de plastilina,

A los tumbos por la calle Palestina,

Más que solo por la vida prístina,

mi alcoholismo anacrónico

De vino tinto y ginebra-tonic,

Agudo,

Grave,

Pernicioso,

Padre mío.



La muerte

A mí me persigue la muerte,

sin tregua me persigue y me faja,

pero no se anima a llevarme la muerte,

quizás el infierno ya está lleno de reventados,

quizás ya soy tizón del infierno, un indio, un boliviano,

quizás la muerte solo goce, perversita, arrimarme el bochín,

de vez en cuando,

cada dos años,

o cuándo pinta

en forma de fichas,

en forma de mujeres,

en forma de botellas,

en forma de tumores,

en forma de ausencias,

en forma de cigarrillos.

La muerte viene, me faja y se va,

es peor que tu viejo la muerte,

yo no la ando llamando para que venga,

(a veces, un mensajito de vez en cuando, medio borracha)

pero nunca me corté invocándola,

nunca me masturbe mirando a Gustavo Garzón ni a Darín,

nunca escuche todo un día Cadena3,

nunca te deje de amar.

En este mundo de dolor dónde habitamos de lunes a lunes

y a veces los lunes son feriados,

debería tener tu corazón, o algún corazón, o mi corazón,

disecado al sol

(sobre diarios prolijos)

y relleno de aserrín y obsidiana brishante

como un amuleto infatigable,

que opere sobre el morbo de mi chele,

y lo pederasta de mis actos,

que evite por todos los medios profilácticos posibles,

la matanza que se avecina.


Por Julio Fernández Peláez

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