Cuentos de verano: Emilio Fernández Cordón

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Uvas en los ojos

Al Elicerio -que era más negro que yo pero se veía más blanco porque había hecho primer año de la secundaria- los ojos se le llenaron de juguetes cuando la descubrió bajando del camión. La Santina, ocupada en que las ojotas de sus pies no le pifiaran a la escalerita apoyada en la culata, ni nos miró.

En aquella mitad de marzo, acechado por el otoño, el verano vomitaba sol sobre la finca fileteada de parral y viña. Los racimos, reventones, festejaban las tijeras del final. O del principio de su jugoso destino. Hombres y mujeres colmaban de vendimia tachos y canastos. Atesoraban fichas miserables de centavos miserables. Sudaban desdicha de nacimiento por la piel de los sueños. Forjaban hambrientos espejismos por donde escapar de las penurias, tan siquiera por un ratito. Los chocos, alborotados, engullían los granos fáciles caídos en el suelo de hojas.

Claro, por ese entonces no sabíamos tanto. Ni queríamos. La adolescencia nos pintaba de ganas la vida porque, en ese entonces, no sabíamos tanto. Ni queríamos. Todo era un juego. Y jugábamos a ser grandes. Desde chiquitos.

El Elicerio tendría unos quince, capaz que dieciséis, y yo, yo qué sé yo, capaz que catorce o quince. Y esa era nuestra tierra, la de nuestros padres, la de los abuelos, la de la infancia, la del futuro, la del patrón. Porque en ese entonces no sabíamos tanto. Ni queríamos.

La niña nos cocinó de fiebre la sangre. Descendió del camión con los bolivianos que venían a ayudarnos y nos quedamos babeando cosquillas por el corazón. Y la entrepierna. Si bien era más negra que nosotros, nos parecía más linda que la rubia hija, con ese olor a los otros, del dueño. Y que el cielo. Pero no nos dio ni así de bolilla, la chinita.

Más tarde supimos, entre yerbiado y tortitas con chicharrones, que se llamaba Santina. Que tenía catorce y medio. Que la habían traído, desde allá lejos, a la cosecha. Así nos enteramos que la Argentina de Mendoza era mejor que su país. Había trabajo. Los que habíamos cosechado desde los seis -todos los que la escuchábamos- alzamos los hombros en un “Pa’qué”, si jamás podríamos gambetear la miseria.

Pero que la Santina era linda, era linda. Las tetas, todavía capullos, amagaban definirse como cerros. Las piernas, que adivinábamos bajo las polleras de frazada y colores, eran ocultas raíces torneadas de la más apetecible de las cepas. Y queríamos, si supiéramos cómo, enredarnos ahí, y allí, donde se juntaban. Hasta que se presentara la Huesuda.

Porque el Elicerio y yo estábamos en esos días como vinimos al mundo. No, desnudos no. Vírgenes de mujer. Y eso queríamos: conocer mujer. Pero no sabíamos tanto.

Hasta que, a la semana de que le vimos las lunas de la sonrisa, dulce leche en la mirada, terremotos en las nalgas y promesas de besos bravos en la boquita de barro, nos juramentamos entrar en ella antes de morir. O sea, mañana. O pasado. A más tardar.

Ta’bien, porque el Elicerio era más grande y más blanco que yo. Yo, en una de ésas, tendría otra oportunidad. Qué se le va a ser. Eso decía mi tata: Qué se le va a hacer, cuando los santos le fallaban. Y bueno: ¡Qué! El Elicerio era mayor que yo. Y más clarito.

Así, mientras los cantos entre violas, quenas y sikus musicaban la noche ciega, a la sola luz de las brasas de asado pobre para los pobres, el Elicerio la sacó a bailar.

Y la llevó pa’lo oscuro. Donde el galpón le hacía sombras al ruido.

Apenas manoteó la carne mansa, y dura, escuchó. La palabra originaria. Preguntando. Como pidiendo:

-¿Me querés?

Y el Elicerio, con las manos atiborradas de. Qué iba a decir:

-Sí, mujer. Hasta la muerte.

Y la Santina entonces, plena, cierta, verdadera, desafió:

-Yo también.

Y se sacó la pollera de frazada y colores. Y desabrochó la blusa que contenía la cordillera. Todas las cordilleras.

Y el Elicerio entró nomás en la Santina. Entró y salió. Entró y salió. Entró y salió. Y siguió entrando y saliendo hasta que, revolcados en suspiros, durmieron tapados de uvas. No midieron el piso. Era de uvas. Se habían amado arriba del camión, hasta el borde de racimos, que saldría temprano para la bodega.

No los mojó la tormenta a nube rota que azotó, como dictadura patria, sin piedad, la medianoche. Hasta desaparecerla. Desmayados de amor, tampoco sintieron llegar luego el aluvión que se llevó la finca del patrón. En una hora no quedó gente, buena o mala, para contarlo. La tempestad lavó el desierto, las vides. Y la memoria de lo infame. Todo. Como si Dios, en un descuido, hiciera justicia. Nadie tenía. Nadie poseía. Nada.

No volví a verlos. Ni a saber.

A los años, me topé con el cura Bonada. Confió, entre picada y giniebras, que a la Santina la devolvieron a Bolivia. Que al Elicerio no lo encontraron nunca. O al cadáver. Que la inundación quemó la tierra esa. Para siempre.

-Entonces, padre –temblé-. ¿No quedó ni algo de aquello?

-No –soltó el hombre prisionero en la sotana-. Sí quedó. Quedó el Bienvenido. El Bienvenido Núñez. El hijo del Elicerio y la Santina. En el parto lo dieron por muerto durante muchos minutos. Después, escuchame bien, después, una enfermera se dio cuenta de que tenía la boca llena de uvas. Por eso no podía respirar. Cosa rara, ¿no? ¿Cómo pudo nacer con la boca llena de uvas?

No contesté. Le di las gracias y me fui.

El lunes, el Bienvenido fue a verme al sindicato. Se vino a vivir donde germinó. También es más blanco que yo. Comentó que quiere ir a la universidad. Le hablé de su padre, mi amigo el Elicerio. Y de su madre, Santina, la bienquerida. Le dije que contara conmigo. Le referí la historia de cuando la pobreza se curaba con amor. No esperé respuesta. Ni asentimiento. Tiene dieciocho años. Me le quedé viendo los ojos. Estaban llenos de uvas. 


Por Emilio Fernández Cordón (gentileza de Valeria Hasan)

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8 de Diciembre de 2016|18:56
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8 de Diciembre de 2016|18:56
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