Cuentos de verano: Gastón Ortiz Bandes

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

La trenza del Pelado

El 11 de octubre de 1945 llegó a Buenos Aires muy temprano desde Córdoba Amadeo Sabattini, líder de la Intransigencia Radical, para entrevistarse con el general Ávalos, vocero de los militares amotinados desde hace días contra Perón. Pero nosotros dos lo interceptamos antes y, mientras me acariciaba yo la trenza, mi amigo Arturo reintentó convencerlo:

-Perón debe quedar de su lado, don Amadeo. ¿Cómo ponerse en contra de este hombre, que representa un nuevo espíritu? Es el viejo sueño del radicalismo: juntos harían la fuerza popular más grande de Latinoamérica.

Pero el “Peludo chico” la está dudando: a Ávalos le ha prometido la vicepresidencia y éste a él un beneplácito multipartidario que iría de Braden a Codovila. Aparte, ayer -sabida la renuncia obligada de Perón a sus tres cargos- no solamente las acciones del ferrocarril han subido en Londres: parado en una mesa, el mayor Fernández Suárez, futuro villano de Operación Masacre, no ha parado de arengar: “¡Martín García las pelotas, a Perón hay que recagarlo matando!”.

Arturo y yo pues, en ese jol de hotel porteño, esperábamos la respuesta de quien sólo por cansancio (o estoicismo) parecía diferir su renuncia voluntaria: “Lo voy a pensar”. Y yo me seguí acariciando la trenza... Y de improviso cayeron dos del Comité Nacional, enviados por la Sociedad Rural, a charlar también con esta última esperanza del progresismo. Arturo no se inmutó cuando entonces pasé a acariciarme otra cosa. Debía estar empezando a entender cómo trabajo, porque no se enojó conmigo.

Así, con los garcas parlándose más allá al “tanito de Villa María”, seguí yo mesándome el resto calvo de mi cabeza. Y empecé a hacerme como un rodete. Arturo se rió, se acordó del monólogo de Bruto en Julio César. Yo preferí traer a cuento el canto IX del Martín Fierro. Hasta que Sabattini vuelve y dice:

-Señor Jauretche, he decidido acatar la resolución del Comité: Farrel debe entregar el gobierno a la Corte. Y no haré más ningún pacto con Perón, sépalo: ese hombre en quien cree usted es la versión pampa del fascismo.

Y ahí pegué un grito. Y salí corriendo, un pique corto, para saltar por la ventana. Arturo Jauretche, por el agujero del vidrio del hotel, me vio huir ese jueves febril a través de la calle, con la trenza al viento. Fue entonces cuando todo le fue a mi amigo demasiado lúcido, intempestivo: no existía otra alternativa, Perón o la oligarquía. Sabía ya que ni cerca del huevón de Sabattini iba yo a aparecerme, por supuesto, nunca más.

Hacia 1869, el Pelado con trenza que aquí les habla vagaba una noche por la pampa. Y me enganché con los muchachos de una partida policial: iban a agarrar por sorpresa a un gaucho malo que había matado a un par en las pulperías (el que la sepa no sea botón). Bastante boludos, como siempre, los yutas me confundieron todos con un chajá. Menos uno, el jefe.

Al que buscaban era, claro, al poeta Martín Fierro, que tenía paradas día y noche las antenas y se hizo el tiempo de prepararse a combatir bajo las estrellas. Ya en el cuento se ha sacado de encima a siete: se le han ido con carabina, boleadoras, sables, hacha y tijeras. Un espectáculo cuando pelea: su cuerpo tenaz, el sol saliendo al fondo. Don Martín rima incluso sus palabras en plena acción, hiriendo: todo un animal del cine que aún no se inventa.

Y ahí mi trenza fosforescente empezó a vibrar, cimarrona. Y rozó la bragueta del sargento Cruz, o sea la del único ahí que se dio cuenta de que yo era la ocasión, el último artilugio para que terminara por un rato feliz esta historia. Y para que empiece otra y después otra más y así infinitamente, el sargento sin dudarlo pues, ya saben, se da vuelta. Y del otro lado de la pantalla, ayuda al poeta a liquidar al resto del escuadrón que hasta recién él mismo comandaba.

Con cadáveres en torno y la puntita de la luna arriba, el nuevo amigo sacudiéndose la sangre le da un trago: “No hay de qué quejarse, entonces”. Montan y… ¡al oeste!, a galopar la inmensidad, que para eso hemos nacido. Como no pijoteaban garganta, ¡los petes que se hacían Cruz y Fierro mutuamente!, libres ambos por la llanura, con nomás yeguas, nubes, yuyos y la vía láctea de testigos.

Y a los besos los dos negros, en un funesto fachinal, unos indios tiempo despuésasí los sorprendieron. Y entre chirlos y burlas se los llevaron a los toldos, a reeducarlos: “¿Cómo puede ser que entre machos se anden culeando?”, debatían, azorados. Y marcando cierto pasaje de las Epístolas morales de Séneca con un trozo afanado de mi trenza, prendió un porro y concluyó el machi:

-¡Las barbaridades a las que han llegado estos blancos, che!

Un siglo después, un poeta que no era puto (aunque una vez a Girri le dio un pico) hizo su autocrítica escondido con una 11.25, esperando órdenes. No era puto Paco porque mina que le gustaba, se la garchaba: más vale, si de joven yo lo acompañaba desde el primer brindis.

-Aunque en el fondo el donjuán desea transmigrar-le confesó off the record en una oportunidad a una periodista, preciosidad cubana, labios gruesos-. ¿Qué se sentirá no ser más hombre, viste?: escuchar esa guitarra como niño, gato, zanahoria, cangrejo, flor...

Pero, inminente, la Revolución en Argentina le impidió concentrarse en estos asuntos, porque por sobre el resto de las cosas y sus metamorfosis él hubo de devenir a la larga Montonero y, para eso, había que tener ¡unos huevos así! todo el tiempo. De hecho, era ya casi invierno del 76 cuando la cúpula guerrillera le ordenó (a propósito) en otra lengua: Go west. Y entonces se vino a esta ciudad montañosa que no visito muy seguido, con Al muere, la novela de la Pirí que nadie leyó.

La Autocrítica de Urondo está dedicada a mí: obvio que Gelman, cuando preparamos los poemas póstumos a finales de los ‘90, borró mi “nombre”. Ahí Paco pareciera culparse de que en el comando de las tinieblas que fue a encontrarlo aquella vez no hubiera destellado ningún sargento Cruz, como si el don de la libertad y el destino trenzados por un instante no fuera casi siempre inasible para los homo sapiens (y menos si encima matan, torturan, violan).

Porque él ahí ya sabía que en la próxima tampoco habría de faltarle coraje sino de nuevo la cita improbable del otro conmigo, cuando no hay más que un tic tac menos para manotear la manecilla: no distraerse, perfeccionar a Fierro, pum. Pero la historia y el presente volvieron a desentonar y la cuerda retumbó rota en sus antenas: la liberación de unas mujeres, una caminata con don Arturo, otra chica ya sin blusa riéndose...

De las últimas veces que nos vimos, una sin embargo fue gloriosa: cuando Devoto abrió sus rejas, el 25 de mayo camporista. Un día antes le había hecho yo coincidir a los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew frente a su grabador, en una celda. Le soplé un título posible, La patria fusilada, y a la medianoche corrí, con la trenza en llamas.

Por Gastón Ortiz Bandes, publicado en revista La Leónidas Nº4.

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9 de Diciembre de 2016|10:53
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