Poemas de verano: Rubén Darío Romani

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen poema...

Crisoles

De tanto predicar en el desierto

la venida de Su figura

se acostumbró a la presencia muda

y a la ausente compañía

de su sombra cada tarde.

El profeta ciego aprendió

a descifrar en el rescoldo

de llamas nunca encendidas

las sombras de un baile antiguo y cierto,

unas notas persistentes que rodeaban

las piedras negras y las cenizas.

Al fin de sus pasos el predicador

comprende que deberá empezar

a recordar su propia vida

y camina de manera que,

antecediendo los últimos pasos,

recupera los primeros.

Todas y cada una

de las palabras profetizadas

eran ya sustancia viva de su cuerpo

y aguardaban, impacientes,

desde el temblor del silencio,

ser liberadas, ser dichas.



Fogata de haikus

Con esta siembra

de vientos y de hielos

pasa el invierno.

Adormece el solsticio

el rostro ajado

la endeble boca.

La luz que tenue

vuela y canta

su magisterio de almas.

Todo descansa

menos tu sexo,

mi paladear de sombras.

Cenizas cotidianas

del fuego antiguo,

anual escarcha.

Entrepierna, interfauce

la rosa añil

su flor advierte.

No es malo florecer

entre estos ciegos

y aquellos faunos,

pero tu mano

como leño cae,

fruto de otro silencio.

Un pájaro de sombra

suelta tu nombre

hasta morir.


Por Rubén Darío Romani

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4 de Diciembre de 2016|22:52
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