Cuentos de verano: Pablo Colombi

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 Un oscuro río

…donde un oscuro río pierde el nombre… (J. L. B.)

Un salvaje fue el padre de nosotras, el hombre que terminó con Laprida, el doctor Narciso Laprida, tal como le decíamos con educación. Lo tenga Dios en su compañía, porque el salvaje que tuvimos como padre resultó su verdugo, y que la Historia nacional nos haga el bien de esconder el apellido de esta familia, la nuestra, condenada al infierno por esa muerte. La de un buen prócer de la Independencia.

Una vez al mes entregaban en casa la carta habitual para el doctor Narciso Laprida. Dulcina, nuestra hermana más chica, la abría para el doctor y leía en voz alta, al pie de su cama. Las cartas le llegaban desde San Juan y muy en secreto. Nos iba la existencia en haberlo rescatado del río, flotando el doctor Laprida, para esconderlo luego en casa. Aquella correspondencia le arrimaba alivio, porque alguien lo quería bien y le escribía cada mes desde San Juan.

Después de perseguirlo por los baldíos del Pilar, aquellos federales habían dado por rematado al doctor Laprida. Hasta que por caridad cristiana despegamos su cuerpo del agua oscura. Salió goteando sangre. Y a la vista de nosotras apareció una lanzada entre sus costillas y, por todo el ancho de su cuello, el tajo más hondo que nosotras conseguimos alguna vez coser. A puntadas de hilo sacramentado nomás.

En nuestra casa, el doctor pasó a nadar entre vendas y cobijas. A fuerza de cucharadas en la boca, el cuerpo se le llenó otra vez de sangre. Y las cartas. Aquella medicina en caligrafía de mujer le engordó el espíritu al doctor. Dulcina, pese a ser hija de tal padre, el de nosotras, leía que era un embeleso. Lo que la otra, la lejana, mandaba a decir al doctor Laprida.

Y Dulcina, a las cartas que llegaban desde San Juan, las respondía con movimiento de lengua y con su letra de mosca, para dibujar aquellas mentiras que le dictábamos. Que el enfermo mejoraba aprisa. Que tenía color en las mejillas. Que andaba ya por la casa.

Pero el doctor Laprida jamás caminaría de nuevo. La verdad más tiesa era esta. La caída al agua lo había salvado de los federales, pero la zambullida había partido en dos su cuerpo. El que comía agradeciendo como caballero, y el que le bañábamos sin sentir las manos de nosotras.

A escondidas, donde mejor crece el odio, ese hongo de los salvajes, el padre de Dulcina intentó el derrumbe de nuestros empeños. Un día atrajo a Dulcina al patio y le dictó la purísima verdad para espabilar, dijo, a aquella boba que esperaba noticias en San Juan. Nos amenazó con un cinturón, a sus hijas. Y de seguido ensobró echando carcajadas el papel recién escrito por Dulcina, que no pudimos arrancarle de las manos. Pero nosotras, sabiendo lo que sabemos las mujeres sobre el amor, descontamos que esa carta artera haría el efecto contrario en el corazón de la otra, en la lejana.

Al mes siguiente, en nuestra casa, se recibió la respuesta. Era carta de ella, la lejana. A nombre de nuestro padre esta vez. Él justamente, que no saludaba a los vecinos siquiera, tenía correspondencia ahora.

Nadie en la familia sabía leer más que Dulcina. La seguimos a la cama del enfermo. En su cabeza de doctor, a medio coser al tronco, hubo el gesto conocido de alegría. La de un olvidado que retoma la corriente de la vida. A Dulcina, en cambio, le vino primero leer en voz callada la carta. Acabó de leerla para sí y soltó una risa.

Aliviadas, sus hermanas respiramos sobre el pecho, donde atajábamos el miedo con ambas manos. Y empezó a leer, Dulcina. En voz alta ahora, para el resto de nosotras, sabiendo ella lo que iba a leernos. Sabiendo Dulcina, hija de tal padre, que la carta no era para el doctor sino que venía para el salvaje. Y leyó Dulcina, a sabiendas que la otra, la lejana, pasaba a pedirle un acto de compasión a nuestro padre. Que sacara de pena ese cuerpo impedido con un acto de veloz piedad.

La miramos a Dulcina, aterradas de verla así de distinta, a carcajadas sobre la cama del doctor, que la había escuchado en cada palabra de la carta. Y de semejante modo, el que fue nuestro padre se ocupó de hacer aquella voluntad, la de una lejana, para repetir la Historia de este país. Salvajes siempre gatillando sobre la nuca de gente letrada.

Por Pablo Colombi

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10 de Diciembre de 2016|05:56
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