Cuentos de verano: Juan Martín

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 La casa de las mujeres


“…Era el tiempo en que yo vagaba,

con el estómago vacío, por Cristianía,

esa ciudad singular que nadie puede

abandonar sin llevarse impresa

su huella…”

HAMBRE (Knut Hamsum)


A la Paulina le habían hecho dos niñas, nadie sabía de quién eran, pero a mí me parece que eran de un tal Pardo, un camionero que supo hacer la cosecha en la finca de don Juan Rodríguez Ramírez. Así me lo contaba el finao mi padre.

Bueno…el asunto es que ella sabía vivir en el bordo ‘el desagüe, en el último ranchito, ese que tenía el tamarindo grande. Creo que ahora ya no está más. Me acuerdo que al lao había un gallinero con dos o tres gallinas medio peladas y un gallito que de tan flaco parecía que era de riña, y había también un charco con agua que daba mal olor, donde nadaban unos patos, y mi amigo el gordo González cuando pasaba por ahí se reía y me decía que había uno que se parecía al cura de La Costa.

¿Ha visto que los patos son muy ordenaos pa comer el maíz? se organizan y van como peinando el terreno, no dejan ni un grano, en cambio las gallinas son por demás tontas, comen a la bartola picoteando aquí y allá, y despedicean un montón de granos.

Yo por ese tiempo trabajaba de mensual en Santa Amalia, y en la casa de la Paulina vivía también una hermana de ella, la Raquel, una flaquita que era más ligera que las paletas ‘el ventilador. Yo andaba medio entreverao con la Raquel, y en la nochecita me sabía venir por dentro desde mi casa, por entre los callejones, pasaba los potreros, cruzaba el alambrao de la finca de Carlos Ríos y me llegaba hasta enfrente de la casa ‘e la Paulina, del otro lao del desagüe; me acuerdo que hacía años que no llevaba agua y estaba todo lleno de yuyos, pericotes y lagartijos. Debajo de un olivo grande me quedaba. Allí me achataba a esperarla a la Raquel, que a veces cruzaba el zanjón y nos juntábamos abajo ‘el olivo. Claro, yo en algunas ocasiones esperaba al pedo, porque la Raquel no cruzaba y me hacía de balde la caminada hasta ahí. Entonces me prendía un “Imparcial” y me iba pal lao e la esquina a jugar al metegol en lo Carrizo. Pero cuando la Raquel cruzaba… ¡si habremos chivatiao bajo ese olivo! ¡Yo no sé cómo no le planté un hijo!

Bueno, pensándolo bien, mejor así ¿no?

Las niñas ‘e la Paulina ya eran grandecitas, trece o catorce años tendrían, según calculo. Le ayudaban a cosechar. En realidad no servían pa’ mierda, se la pasaban todo el santo día de florcita, escuchando la radio abajo ‘e la enramada. Y la pobre Paulina lavaba y planchaba pa’ajuera y también agarraba alguna atadura cuando era tiempo. La Raquel, como le dije, se conocía todos los cielos rasos de la Colonia Francesa.

El rancho ya se les venía abajo ‘e mugre y las pendejas no se acomedían ni siquiera a barrer un poco el patio. Cuando hacía mucho calor, la mesa de ajuera negreaba ‘e moscas y ellas como si nada, déle escuchar la radio. A veces pa’ prender el juego, sacaban cañas ‘e la enramada por pura vagancia de no ir a buscar leña seca.

La Raquel vivía allí desde que había muerto la madre ‘e las dos, la finadita doña Jovina, y al padre no se lo conoció nunca, vaya a saber quien ha sido.

¿Sabe una cosa?

Siempre me pareció un rancho triste, a pesar que de continuo se escuchaba la elevediez, yo siempre que llegaba de noche al otro lao del desagüe y me metía bajo ‘el olivo escuchaba la música de las novelas. Creo que de por vida cuando escuche la ranchera “Bajo el Parral” me voy a acordar de la casa de esas mujeres. No sé cómo decirle, no sé si me comprende, pero había como algo negro, feo, triste en ese rancho.

Ni una flor, ni un tarrito con un malbón, ni esas cosas que saben poner las mujeres. Nada, solo la radio, las moscas y un galgo flaco que tenían.

Pero todo se me olvidaba en cuantito la Raquel cruzaba el desagüe y nos abrazábamos. Nunca me pidió nada, ni que nos pusiéramos de novios, ni que hablara con la Paulina, que venía a ser como su madre, ni nada.

Eso sí, a veces después que terminábamos y yo prendía un cigarro y le convidaba una pitada, mientras mirábamos las estrellas tiraos encima de la chipica, la escuchaba llorar despacito.

Muchas noches en que ella no se venía pa’este lao, yo me entretenía mirando la casa.

Sabían cenar abajo ‘e la enramada, a oscuras. Se me hace que las pobrecitas a veces ni velas tenían, ni kerosén pa’l candil, ni tampoco tenían pa’ prender la lámpara. En invierno sabían hacer un juego y metían las brasas pa’ adentro en una cacerola vieja.

Yo debo haber estao yendo como dos o tres años a esperar a la Raquel abajo ‘el olivo.

Debe haber sido más o menos pa’l segundo año cuando empezó a aparecer por ahí el gordo Aguilar, ese que sabía ser trastorista en la finca ‘el dotor Soler. Caía en bicicleta, como a conversar con la Paulina y cuando él llegaba, ella mandaba a las niñas pa la esquina con el pretesto de comprar algo, la Raquel se cruzaba pa este lao ‘el desagüe y entonces el gordo y la Paulina se metían pa adentro ‘el rancho.

Yo pienso que la Paulina sabía algo de que la Raquel se cruzaba pa’ estar conmigo, pero se hacía la güebona. Una sola vez le dijo fuerte, yo creo que como pa que yo escuchara. “Usté es grandecita, y como mujer, dueña ‘e su cuerpo, pero no me aparezca con novedades, y si pasa, que el hombre se haga cargo”. Yo ahí sospeché que la Paulina sabía todo.

Nunca le vi hacerles un cariño a las pendejas, a veces las correteaba con una varilla por que no habían hecho lo que les había ordenao.

Yo miraba ese rancho desde el otro lao, a veces me cuidaba hasta de prender un cigarro, no fuera a ser que la Paulina viera la brasa y se me viniera.

Al tiempito de empezar a llegar el gordo a la casa ‘e la Raquel, parece que la cosa se les mejoró. Me acuerdo que se compraron un tocadiscos y escuchaban casi siempre lo mismo. Un disco de Palito Ortega…”El Jacarandᔠcreo que era, tanto lo deben haber escuchao que hasta yo me lo aprendí de memoria. Más o menos pa ese tiempo empezó a ponerse gruesa la Paulina.

Pero el gordo era casao, bien casao, y tenía como cinco niños.

El caso es que al tiempo nació ese niño que anda por ahí, medio tontito, que le dicen “el mechudo”.

¡Así es que mientras el mechudo era un espermatozoide corriendo por su vida, yo debo haber estao achatao bajo el olivo! Casi se puede decir que a ese niño yo lo i visto gestarse, como quien dice.

El asunto es que el niño vino a caminar después de grande, según me han dicho. Era ya niñito de año y medio y se le ladiaba la cabeza pa un costao y se le caía una baba…y a veces, cuando corría viento se le daba por llorar y no paraba, yo lo sabía escuchar cuando llegaba al olivo, y cuando me sabía ir, después de haber estao con la Raquel, el niño todavía seguía llorando. Yo vi una vez que la chica más grande e’ la Paulina le pegó con una alpargata. ¡Pobre inocente!

Ese día me dio ganas de pasarme pal otro lao y hacerla sonar a la niña. Pero bueno, me acuerdo que estábamos con la Raquel y ella, que venía a ser la tía no dijo nada.

Después decían que el niño era cheutito, que tenía labio leporino…creo que así le dicen, y que tomaba leche y le salía por las narices.

El asunto es que durante un tiempo el gordo Aguilar desapareció, pero cuando después empezó a venir de nuevo en la bicicleta. La Paulina le decía “saludá a tu hijo por lo menos” pero el gordo se hacía el güebon, como que no escuchaba, y les daba plata a las niñas pa que se fueran y se metía con la Paulina pa’ dentro ‘el rancho.

Y así fue pasando el tiempo.

El gordo a veces le llevaba mercadería, y me parece que por eso se encontraba con el derecho de algunas cosas. Una güelta le asentó unas cachetadas a la Paulina. Me parece que ese día había llegao medio curao a la casa. Otras veces, él mismo mandaba a las hijas ‘e la Paulina a que se fueran. Ya se sentía medio dueño ‘e casa.

Como que mandaba en la casa ‘e las mujeres.

A todo esto, el niño no caminaba y las otras hijas ‘e la Paulina ya eran señoritas.

¿Ha notao que a una mujer se le nota cuando ya ha estao con un hombre? Hay algo que las delata, no sé…algo medio como los animales que tenemos las personas. Es como que se ponen más ricas, como que a uno le dan ganas de tenerlas. No sé cómo explicarle…

Bueno, eso se le empezó a notar a la más grande de las niñas. Le crecieron los pechos.

A mí me parecía que en cualquier momento le aparecía gruesa la niña a la Paulina. Pa’ ser sinceros, no era nada del otro mundo después de todo.

Más o menos pa’ esa época debe haber sido que le agarró el cáncer a la Paulina. Sí, me acuerdo bien, porque fue pa’l tiempo ‘e la manga ‘e piedra. Esa que cayó y que se llevó toditita l’uvita que estaba naciendo en los espalderos. Le había empezao con una hinchazón en la carretilla, y según me contaba la Raquel, le dolía mucho pa comer, cuando ya casi no podía masticar se decidió a ir pa’ la sala, de allí la vió el médico y la mandó a la ciudá. Dicen que en cuestión de una semana se le había formao una pelota entre el cogote y la cara, que la pobre ni siquiera podía hablar, que le daban únicamente líquido, alguna sopita, qué se yo…

Allá estuvo todo ese tiempo. Mientras quedó internada, y la Raquel estuvo con ella, cuidándola. Al final, parece que la operaron, y que después no quería volverse pa’ la casa, como que le daba vergüenza. Cuando después de un tiempo volvió en el micro, venía con toda la cara tapada con una chalina, y eso que hacía un poco ‘e calor ese día.

Y claro, no era pa’ menos…

Era como si le hubieran cortao la mitá ‘e la cara, como que no tenía carretilla, le había quedao como un abollón en el costao. ¡Pobre mujer! Parecía que la habían dibujao con la mano izquierda.

Sí, no se ría, eso parecía.

A todo esto, cuando llegó se encontró a la más chica ya con la panza como chinche, parece que el tiempo anterior había andao fajada.

Usté es hombre y me ha de entender. Yo andaba, como quien dice, hecho una furia esperándola a la Raquel, así es que esa misma noche me fui pa’l lao el olivo. Pero la Raquel no cruzó.

Cuando iba llegando sentí unos gritos, y me apuré pa’ ver qué pasaba.

La Paulina le estaba dando una paliza con una varilla e sauce a la niña que estaba de encargue, la piba estaba tirada en el suelo, y entre la Raquel y la otra trataban de agarrarla.

La verdá, pero toda la verdá, es que daba miedo mirar pa’l rancho esa noche. Parecía un animal malo y fiero la Paulina, como si fuera otra persona, debe haber sido la cara, o no. No sé…El asunto es que casi la desmayó a la pobre niña. Era un griterío de mujeres que ni le cuento, y yo miraba todo desde abajo ‘el olivo. Y el niñito, que ya estaba más grandecito lloraba a moco tendido sentao en el suelo en el medio ‘el patio. A veces comía tierra.

Al rato se calmaron, la sentaron a la niña en una silla y le dieron un vaso de agua, y pareció como que no había pasao nada.

Y así quedaron un rato sin decir nada, de a poco empezaron a tomar mate, y yo pensé que la Raquel iba a cruzar, pero no, no sé donde se había metido. Igual me quedé esperando por las dudas. Hacía mucho que no la veía, y la verdá es que tenía muchas ganas de tenerla esa misma noche, así es que me hice de paciencia y me quedé ahí mismo esperando.

Empezó a zondiar un poco y la noche se hizo caliente. Había luna clarita y se veían blancas las nubes, las cosas se distinguían como si juera de día casi. A lo lejos se escuchaba ladrar algún choco. Yo pensé que en una de esas iba a temblar, porque dicen que cuando ladran mucho los chocos y corre viento zonda…clavao que se nos mueve el piso.

Como a la hora más o menos debe haber sido, llegó en la bicicleta el gordo Aguilar. Saludó y me parece que se daba cuenta ‘e lo que había pasao, pero se hizo el güebón nomás. Le entregó a la Paulina una bolsa ‘el almacén y ya abiertamente, sin importarle que lo vieran la agarró de la mano a la que estaba gruesa y se la llevó pa’ dentro ‘el rancho. La Paulina quedó ajuera tomando un mate, haciendo como que no se daba cuenta.

Al ratito, se levantó tranquila, y se metió ella también pa’dentro.

¡Así es que así era la cosa!

Yo quedé pensando, y ya sin importarme mucho si me veían o no, me prendí un cigarro.

Pasó un ratito, y yo, ya cansao de esperar al pedo, decidí volverme pa’ la casa, pues ese día había estao surquiando toda la tarde y quería descansar. El asunto es que habré caminao como unos cincuenta metros cuando siento un grito y un golpe juerte. Nunca más voy a olvidar ese grito.

Parece que ahora mismito lo estoy escuchando.

Algo me impulsó a devolverme y cuando miro pa’l rancho veo que estaba el gordo tirao en el medio ‘el patio con la cabeza que parecía que se habían asentao un hachazo. Yo sé que después lo velaron a cajón tapao.

Pero había algo más.

Lo primero que pensé fue. “Qué raro pa’qué habrán hecho ese juego tan grande con la calor que hace”.

Pero no, el juego se movía.

Era la Paulina, pobrecita que se había ardido toda. Daba pena escuchar los gritos ‘e la pobre mujer. Se tiró, de la misma desesperación debe haber sido, al fondo ‘el desagüe.

Y allí prendió juego al yuyal de cardos rusos y pájaro bobo secos que había. Las llamaradas agarraron tres o cuatro metros de altura. La Raquel, pobrecita le tiró un balde de agua, y tuvimos tanta mala suerte que cuando fuimos a sacar el segundo balde, se nos cortó la soga y el balde fue a dar al fondo ‘e la pileta. Entonces yo atiné a tirarle unas paladas de tierra.

A la macana nomás.

Llegaron corriendo unos vecinos que escucharon la gritadera, pero no pudieron hacer nada.

Al rato llegó la ambulancia y la policía.

Parece que la Paulina le pegó un zapazo en la cabeza al gordo y después agarró y se roció con la alcuza ‘e prender la lámpara, y se hechó un poco ‘e kerosén y se prendió juego…

El olor, ese olor a pobreza, a miseria, a grasa quemada, no lo he olvidao nunca más.

¡Puta madre! ¡Pa’ qué mierda habré ido ese día a esperar a la Raquel!

Me gané una visión que me acompaña siempre, la Paulina ardiendo y a los gritos, y el mechudito comiendo tierra del suelo…

Por Juan Martín

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