Cuentos de verano: Aldo Rocamora

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Perro muerto

Al mediodía un individuo sale de entre la luz cruda y casi enfermiza del desierto y entra al restorán. Parece agotado, se dejó caer en el duro escaño de madera y mediante un gesto de la mano pidió autorización para depositar su casco encima de la mesa. En el bolsillo de atrás del pantalón asomaba un gran trapo amarillo manchado con aceite.

— ¿Qué se va a servir el señor? — Le preguntó el mozo con el lápiz y el anotador a punto.

—Tráigame algo bien, bien caliente.

— ¿Puede ser un tecito…yerbeado o una sopa? — dijo el mozo dándole una entonación ligeramente sarcástica a la voz, pensando en el lugar en que estaban.

— Cualquier cosa, siempre que esté caliente, estoy podrido de las comidas enlatadas, concentradas, deshidratadas y frías.

El carrito bar a primera hora de la tarde estaba desierto. En la mesa del fondo el único cliente dormía desparramado sobre la cubierta de nerolite. Semejaba un conejo al que algún cazador hubiera desnucado de un golpe. El curioso atuendo del visitante repleto de sensores y mangueras le resultó chocante. Le preguntó para iniciar una conversación:

— ¿Viajando el señor?

— ¡Y sí!, siempre estoy viajando, desde que tengo memoria, viajo.

— ¿Camionero entonces el amigo?

—No, soy sobrecargo de nave espacial — Al ver la cara de incredulidad del mozo, sonrió y levantó y bajó los hombros — Es un trabajo como cualquier otro. Le digo más; es peor que otros. Por las distancias tenemos vacaciones cada cinco años. Los sueldos están congelados desde hace décadas y no se indexan con la inflación, tampoco pagan plus por el efecto de la relatividad en el tiempo-espacio. ¡Ah! compléteme el pedido con algo dulce, un pedazo de pastel de manzana o algo parecido, y que no sea demasiado caro.

Mientras iba hacia la cocina a pasar la orden, se preguntó, por qué a él le tocaba atender a estos trastornados. A Luzmila, la del turno tarde, seguro ninguno la agarra para la chacota como le toca a él.

Volvió con el pedido, el hombre se llevó un pedazo de tarta a la boca y la empujó con un largo trago de café, sus ojos quedaron en blanco por el deleite. Saboreó lo que comía de tal manera que no se atrevió a interrumpirlo. Se puso a limpiar el extremo opuesto del mesón con un repasador. Cuando lo vio revisar el plato para capturar las ultimas miguitas, se acercó y le preguntó con cierta mezcla de ironía ladina en la voz

— ¿Y la nave espacial?, ¿dónde quedó la nave, don?

El hombre, lo miró durante un momento como si le costara enfocar la vista y su pensamiento. Y volviera de otra dimensión. Tras atar a duras penas los nudos con el presente, respondió;

— ¡La nave!, la nave se rompió, se rompió anoche, estamos trabajando con el mecánico en eso, ya cambiamos algunos paneles de hidrogeno y limpiamos los intrusores y filtros. Son máquinas muy baqueteadas por el uso, !pobrecitas! Si en la Confederación no fueran tan roñosos, hace mucho que debíamos estrenar vehículos nuevos.

En ese momento se detuvo un micro en el frente. Varios turistas bajaron apresurados, cuando empujaban las batientes de la puerta, el tripulante le preguntó:

— ¿Dónde está el baño?

Le indicó la puerta del fondo a la izquierda moviendo el repasador.

Mientras enfilaba hacia allá, le rogó al empleado:

— ¡Me lo cuida! e indicó el casco sobre la mesa como si le encargara un hijo.

Un oriental con recargado acento inglés-hindú pidió una gaseosa fría, otra turista europea una cerveza negra, siguieron triples, hamburguesas, el barullo de voces lo aturdió. Cuando las cosas se serenaron un poco, recordó que todavía no le cobraba al personaje con el traje espacial. A pesar de que su casco permanecía impertérrito sobre la mesa no halló rastro de él.

De repente en el exterior, a un par de centenares de metros, vio una gran nube de polvo. Y un sonido ensordecedor envolvió de tal forma a la precaria barraca de madera que creyó se desarmaba. Un objeto como un cigarro reluciente surgió de entre la polvareda suspendida, y recto se elevó al cielo con sus motores bramando en toda su potencia.

Al terminar el turno limpió el negocio, luego tomó el casco y lo llevó al depósito, cuando encendió la luz y buscó un lugar donde guardarlo, pudo ver otros dos cascos idénticos que yacían cubiertos por el polvo en el anaquel superior. No pudo evitar sonreír; hay tantos escépticos dando vueltas por el mundo que piden pruebas acerca de las visitas de extraterrestres y acá, acá en la Pampa del Leoncito varios de los visitantes hasta se dan el lujo de irse sin pagar la consumisión.

Por Aldo Rocamora

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