Cuentos de verano: Lola Filippini

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

 La herencia 

(A Marina)

Por allá en el horizonte,

dentro del espacio azul,

están jugando a la mancha

¡¡ diez mil bichitos de luz !!

La nena recita para las amigas de la mamá que escuchan no sabemos si complacidas o no. No tengo ningún indicio para determinar cuál es el verdadero sentir de las amigas de la mamá de la nena que recita.

Como ya se hace de noche,

todos llevan un farol,

Lo que sí puedo afirmar, sin ninguna duda, es que la mamá le ha enseñado cuidadosamente a bien pronunciar a la nena que recita, porque no es habitual que una nena de seis años o tal vez siete, pueden ser cinco porque es rellenita, acaricie de ese modo al lenguaje y matice las inflexiones de su voz, como una actriz profesional.

que apagan para esconderse

como diciendo . . . ¡a mí no!

Sin embargo, si observo bien esta escena, me atrevería a afirmar que las amigas de la mamá escuchan de cumplido. Quizás no todas. Pero algunas francamente están reventadas de envidia: todo tiene Martita, nada le falta: dinero, belleza, marido, distinción y una nena que recita interpretando un versito estúpido como Sara Bernhardt

y encienden para mostrarse

como diciendo . . . ¡aquí estoy!

El papá de la nena que recita acaba de llegar silenciosamente y entreabre la puerta del salón. Sólo la nena lo ve

porque la mamá y las amigas de la mamá la están mirando a ella, aunque no le presten atención. La nena que recita está segura, no como yo, que no le prestan la atención que su interpretación merece, pero la mirada enternecida de su papá que no cierra la puerta despacito para huir de la mamá y de las amigas de la mamá, sino que se queda sonriendo hasta el final del versito, basta y sobra para gratificarla. La nena que recita guardará esa mirada muy dentro suyo, podría decirse que en su corazón, aunque sabemos que a los recuerdos los guarda la memoria, esa tramposa irredenta que a veces los ubica en un estante delantero -bien a la vista y a la mano del recordador- y otras veces, sobretodo cuando el recuerdo va a joder y lastimar siempre, como me parece que es en este caso, lo manda al cuarto de trastos tapado de polvo, inencontrable, bien al fondo, en el subconsciente que le dicen, para que funcione como ancla, como plomo y le impida a Lenna volar. La nena que recita deberá padecerlo esta vida, día a día, hasta que justamente hoy, en un atardecer que anuncia primavera, el abrazo de Marina enternece a la vieja y sopla el polvo que tapa al versito, a la mamá, a las amigas de la mamá y a la mirada tierna de sonrisa divertida del papá de la nena que recita.

_ ¿Querés que te diga un verso que yo decía cuando era chiquita como vos?

_ Yo no soy chiquita . . . mirá.

Marina se yergue, se estira, se esfuerza para mostrar a Lenna todo lo que ha crecido.

_ Mirá nona, mirá.

_ ¡Ay Dios mío! ¡Cómo ha crecido esta nena! _ ríe Lenna alzándola _ vení, vamos a buscar la estrella de los Reyes Magos, en esta época se empieza a acercar.

_ ¿Por qué?

_ Porque falta poco para que vengan los Reyes Magos con juguetes para las nenas como vos.

_ ¿No traen juguetes para las nonas?

_ No.

Marina estira su trompita en un puchero y sus ojos inmensos se enlagunan, azules.

_ ¿Por qué vas a llorar? Chiquita mía. . . no llorés. . .

_ Yo quiero que te traigan juguetes a vos también.

Lenna la abraza y la besa suavemente. El brazo redondito y blanco, aprieta su cuello.

_ Pero yo no necesito juguetes. Vos sos mi juguetito adorado.

_ ¿Por qué?

_ Porque a mí me gusta estar con vos y contarte cuentos y mirar las estrellas.

_ ¡La estrella de los Reyes Magos!

_ Sí señora, la estrella de los Reyes Magos que yo miraba cuando era chiquita como. . . cuando era chiquita.

_ ¿Cuándo eras chiquita como yo?

Lenna ríe con todas sus ganas, eso podemos asegurarlo sin ninguna duda, porque las hojitas tiernas que apenas asoman en las macetas panzonas tiemblan asustadas y el patio se llena de globitos de colores. Marina ríe con su nona, sin saber muy bien la razón. Quizás los globitos le hicieron cosquillas al mismo tiempo que le recordaron a Lenna las luciérnagas y el verso que la nena de saquito tejido recitaba para las amigas de su mamá.

_ Por allá en el horizonte. . . _ abraza a la nena que se acurruca en su pecho _ dentro del espacio azul. . . repetí Marina, quiero que aprendas un versito.

_ Por allá en. . . en. ..

_ . . . el horizonte . . .

_ ¿Qué es el horizonte?

_ Es el lugar donde se acuesta el sol. Dale, repetí: Por allá. . .

_ ¿Es la cuna del sol?

_ Sí, la cuna del sol. Vamos, empecemos otra vez. . .

_ ¿Y la luna donde se acuesta?

Risas, besos y susurros. Lenna y Marina, conversan sin parar. En realidad no puedo reproducir toda la conversación, porque a veces me distrae el ruido de un brote que asoma impetuoso reventando a su yema.

_ ¿Dónde están los bichitos de luz?

_ ¿No has visto esas lucecitas que vuelan en la noche?

_ No nona, aquí no hay bichitos de luz.

_ Sí, sí hay. Cuando volvamos a Potrerillos te los voy a mostrar.

_ Bueno, dale nona seguí.

Mientras el crepúsculo deja su lugar a la noche, Lenna repite el versito comprobando que ya no quedan luciérnagas. Quizás en pleno campo. . . ¿Cuánto hace que no ve luciérnagas?

Acaricia a Marina recostada sobre su pecho - ese pecho suyo ya seco, que conoció caricias y arrebatos y que ahora late todavía, aunque con desgano - abrigado por el cuerpito tibio por donde corre su sangre, mientras le entrega los bichitos de luz, la mirada del padre, la dedicación de su mamá y los faroles de la noche. Prodigando añoranzas, se siente más liviana. 

Por Lola Filippini

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11 de Diciembre de 2016|07:25
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