Cuentos de verano: Juan Manuel Montes

En la playa, bajo la sombra de un árbol, al amparo de un aire acondicionado... Nunca viene mal un buen cuento...

Estar juntos

Nuestra primera cita fue arriba de un árbol, ella me invitó a sentarme en una gruesa rama y me sirvió con una tetera plástica, un té invisible.

La segunda cita la tuvimos setenta años después, bajo un nogal. Ella me miró más a través de la memoria que entre las cataratas de sus ojos. Nuestras habitaciones quedaban cerca una de otra, así que aquella noche la acompañé hasta el umbral de su pieza y la besé. Ella me dijo:

—Siempre fuiste igual — me sonrió y cerró la puerta.

La encontré al otro día en el salón del desayuno, esa tarde a la sombra de las hojas nos tomamos juntos nuestras medicinas. Durante todo ese otoño nos relatamos despacio cada fragmento de la memoria.

Una tarde ella me dijo Jorge y yo le respondí Clara, no nos importó que esos no fueran nuestros nombres. Nos reímos como tontos. Quizá nos ruborizamos, pero esta edad la sangre tarda en demostrar vergüenza. Ella tomó mi mano y la apretó lo más fuerza que pudo, quizá tampoco estábamos enamorados, pero ambos teníamos miedo en enfrentar solos la muerte.


Abel, el primer crimen

En el primer caso policial de la existencia también podríamos observar el tópico del misterio del cuarto cerrado (aunque se haya llevado a cabo bajo el cielo abierto y primigénio del mundo). Tres son los sospechosos: Eva, quien ya tiene antecedentes criminales; Adán cómplice habitual de la mujer, y por último tenemos a Caín que despreocupado ara la tierra para plantar sus frutos.

Dios pone el sol sobre la cabeza de los sospechosos y los interroga. No puede tomar declaraciones de Eva, quien llora desconsolada la muerte de su hijo; Adán también se quiebra al enterarse del suceso. Cuando llega el turno de Caín, este se muestra osco y le dice a Yavhé.

– ¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?

Dios en ese momento vislumbra una mancha oscura y pegajosa en el azadón de Caín. Luego, hace que llueva torrencialmente sobre los cultivos que poco a poco desentierran una mano y un torso. Así el creador ya tiene los elementos policiales básicos: un sospechoso, un arma y un cuerpo. Rápidamente dictamina justicia divina y manda al homicida al exilio.

No se sabe bien por qué Dios llevó a cabo esta investigación ya que en definitiva si creemos en la omnipresencia del creador Éste ya sabía todos los cómo, los cuándo y los por qué. Solo nos queda pensar que hasta Él, a la imagen de los hombres, también disfruta con un buen policial negro.


Evolución histórica y antropológica de la Nación

Durante el periodo de la guerra civil, el pueblo era arrastrado hacia los campos de batallas en donde morían cientos o miles de personas al defender los colores en los que creían. Unos portaban divisas y banderas celestes y otros coloradas.

Hoy, doscientos años después, el celeste mutó a azul y oro; y el colorado a rojo y blanco. También el pueblo es arrastrado hacia otros campos pero solo mueren dos o tres por enfrentamiento, y cabe destacar que esto solo sucede fecha de por medio.

No cabe duda de que, como Nación, hemos evolucionado.

Por Juan Manuel Montes

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10 de Diciembre de 2016|21:16
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