Isleños (o se dice algo sobre la obra o no se dice)

“No tengo nada que decir y lo estoy diciendo”. Sobre la poesía de Sol Muñoz, Juan Montaño, Juan Fou y Diego Bustamante Rios. Ilustración de Inti Pujol.

Tapa Juan Fou

 En una conferencia dictada en 1949, el compositor estadounidense John Cage (1912-1992) escribió: “No tengo nada que decir y lo estoy diciendo.” Pura contradicción, sí, y al mismo tiempo una extraordinaria forma de superarla. Cage no dice nada, y, sin embargo, lo dice diciendo que no dice nada, al mejor estilo del budismo zen. Creo que todo comentario previo a una lectura de poemas, por ser la mayoría de las veces innecesario o motivado por el hábito del compromiso, se 

Tapa Montaño

encuentra ante el mismo dilema: proponer una suerte de filtro interpretativo que sirva para encausar las palabras que se desea publicar (nunca más exacto e ilustrativo el término), o mantenerse, como un elemento más del decorado, en un modesto segundo plano. De lo que se deduce que el crítico no debería actuar como la némesis bastarda del autor ni pretender ser su molesto testigo de cargo. Eso no garpa ni contribuye a la llamada “sociabilidad” de la literatura. El tiempo ya se 

Tapa Sol Muñoz

ocupará de demolernos a todos. El tiempo y el estúpido vaciadero de las redes sociales.

En fin.

O se dice algo sobre la obra o no se dice, y si se dice, si ocurre eso, bueno, lo dicho adquiere un valor suplementario por el sólo hecho de acompañar a ciertas palabras que se pretenden poéticas (de ahí su extrema especificidad). Y eso es un poco lo que quiso dejar por sentado John Cage. Que se puede no saber (no decir) y aún así, saber. Me explico. No sabemos exactamente qué es la poesía o, mejor, sabemos, porque la identificamos y la padecemos cuando no es, cuando no ocurre o cuando sirve para ocultar una vil estafa. Porque escribir oraciones, cortarlas y colocarlas una debajo de otras no es escribir poesía, como tampoco lo es arrojarse al ronroneo masturbatorio de la rima. Hablar de los grandes temas con voz estentórea, encandilarse con la totalidad divina, hacer de los sentimientos una materia herrumbrosa y de la política un faro inmaterial, a veces, tampoco. Pienso que escribir poesía es fracasar heroicamente en el intento mismo de hacerlo. Es atisbar algo que excede nuestras propias posibilidades cognitivas para, rápidamente, en el lapsus de un parpadeo, perderlo de vista (si la poesía es una isla, el poeta es su náufrago más gozoso). Neurológicamente hablando, la poesía ocurre, cuando ocurre, entre el bostezo de dos sinapsis.

Toda lectura de poemas, entonces, es un hecho único e irrepetible, una circunstancia con un peso y una coloración propios. Y también es una de las tantas formas en que se encarna la urgencia, la necesidad de tajear la realidad para que entre la rareza, el extravío, la desmesura y, por qué no, la rebelión. “Profeta desarmado” han llamado al poeta, a lo que yo agregaría: fantasma en acción.

Con ustedes Sol Muñoz, Juan Montaño, Juan Fou y Diego Bustamante Rios, gozantes.

*

RECUERDO CUANDO CRUCÉ esa tarde el parque en bicicleta

recuerdo cuando frené y me di vuelta para ver el rostro de una mujer

que alguna vez olvidé.

recuerdo la chica promotora que aprovechó que yo paré

para hacerme una encuesta sobre no sé qué.

recuerdo las tardes de tai chi en el parque bajo el sol

recuerdo el camino que hice en bici desde mi casa hasta Perdriel

el carril

las bocinas

las puteadas del taxista al chofer de la línea 850

el puente azul y el río seco

recuerdo el día que jugó Argentina-Nigeria

en un mediodía gris

recuerdo la cara del pibe apuntándome con un arma

recuerdo la última foto que saqué

recuerdo la vuelta en bici escuchando

el partido por la radio

mientras lloraba en silencio

recuerdo ese día que volví a sentir miedo

y un perro se entregaba a la muerte

recuerdo todos los perros muertos que he visto

junto a la ruta

recuerdo el perro de la vecina ladrando

a las ruedas de mi bici y yo me reía

recuerdo esa tarde que fui a nadar y me sentí feliz

recuerdo tu sonrisa al abrir la puerta

y el olor a comida casera que salía de adentro

recuerdo la música que sonó esa noche

Billie Holiday

y yo dije

¿bailamos?

recuerdo el chocolate aireado

y la sonrisa en mi rostro

recuerdo cuando mi intestino explotó

y todo fue abierto otra vez

recuerdo el dolor del cuerpo

el vientre zurcido

los olores de mi niñez

recuerdo mi primera

y mi última masturbación

recuerdo todas las veces que te olvidé

y te nombré

recuerdo a un solitario parroquiano

bebiendo una cerveza en un bar de Retiro

recuerdo a una mujer de cabello blanco y abanico rojo

tomando una sevenap

mientras escribía en una pequeña libreta

todos sus recuerdos

recuerdo al chico colombiano que me invitó

a fumar en plaza Juramento

recuerdo todas las noches que perdí el control

menos las mañanas de resaca

recuerdo cuando vi sonreír a mi papá

por última vez

recuerdo las siestas en el balcón

recuerdo cuando te escribí y te dije "necesito un abrazo"

recuerdo el día que salimos juntos a comprar un jazmín

y la planta casi muere

y yo pensaba en la muerte del Amor

recuerdo las tardes que pasaba encerrada en el baño de la escuela

con una amiga y nos besábamos

recuerdo mi amigo desconocido

escribiendo poemas a la distancia.

recuerdo las playas de claromecó en soledad

recuerdo una siesta tirada bajo un campo de girasoles

y las últimas luces del atardecer en Olavarría

recuerdo la cerveza negra en el club Álvaro Barros

recuerdo verte bajar del bus al mediodía

mientras yo miraba por la ventana del hospital

y me estremecía

recuerdo tu miedo

tus vueltas a mi alrededor

recuerdo las noches de frío cuando dormías en los jueguitos de la plaza

y yo te despertaba por las mañanas

recuerdo el brillo del sol entrando por tu puerta

vos saludabas con una mano en alto

mientras partía en mi bicicleta

recuerdo todas tus historias contadas

todos los caminos que recorrí

todas las noches que me perdí

y así van las cosas

de un movimiento a otro

de un recuerdo a otro.

(De: Veinte y una velocidades de Sol Muñoz)


Los objetos elementales

Antes, al principio de las eras

eran las denominaciones y primero

también, los nombres a cada cosa

y por demás, para cada hombre, su propia nación

se denominaba a todo con el dedo

aquel acto convencional junto a su sonido

señalamiento primigenio tan de niños igual

tomar de punto la extremidad demonizada

y así, los objetos nos contemplan en las cosas más elementales

y así, las palabras al hombre son el hambre del silencio:

“El granito de esta casa lo sabe”

y así, será, el fin del yugo de la razón, fin de las profecías.

(De: La forma de los objetos de Juan Montaño)


Confesiones

La sinceridad no tiene nada que ver con la direccionalidad del disparo

la verdad se trenza en el aire

en los puntos de encuentros indeterminados

entre el trayecto del billete enrolado y sucio sin memoria

con alusiones a un retorno que no llega y un fantasma que acecha.

Imaginarme

con las pantuflas de un sonámbulo al borde de una escalera

encaminado a un ático donde reposo

con una caja llena de fotografías carcomidas por polillas famélicas.

Podemos preferir rumiar un cigarrillo

en el momento en que creamos a nuestros lectores

con la literatura y su yugo de amor.

Enunciados falsos de ergo muerte:

La presa se esconde entre los yuyos turbios de su verdor…

Sacrificar mi nombre, tu nombre y rebautizarnos.

Ser salvaje,

entre los nubarrones del temporal,

dejarse caer al signo gramatical que pincha, a la gota

más allá de las condiciones meteorológicas

desconectarse.

El agradecimiento

a quienes se dejaron escuchar,

al inmenso sonido del mar golpeando sin cansancio,

al viento zonda en su mejor cauce,

a los instrumentos musicales de los amigos,

a los métodos que construimos para sobrevivir.

Cuando agonicen un día maniatado y lánguido de invierno

¿quién recogerá sus ruinas?

Cuando se desmorone la telaraña de la que está hecho el mundo

¿quién barrerá las migas de nuestras confesiones?

(De: La sinceridad no tiene nada que ver con la direccionalidad del disparo de Juan Fou)


SE ACERCA el invierno
y todo se irá congelando con el paso de los días
no habrá fuego que se incendie ni papeles que quemar
la palabra helará la oscuridad y todo será la distancia y todo será el

/ silencio
solo el vacío de una casa abandonada se enarbolará como bandera de

/ la tristeza
cuando todo lo que uno ama desaparezca y queden los fantasmas
los ridículos recuerdos de un beso y de una caricia
una carta escrita en la contemporaneidad de la historia
mi palabra se hará luto se hará canción fúnebre
el plan de operaciones de un asesinato por venir

se acerca el invierno
lo arboles perderán toda decoración
y no habrá hojas que podrán ocultar la vergüenza
cuando las pesadillas nos despierten por las mañanas grises
con los monstruos los espejos trisados y el olor a descomposición
cuando llegue el invierno solo estaremos nosotros solamente
extraviados a la deriva de la tormenta
en la finitud del desierto de las piedras
arrancándole las sonrisas a todo lo bello y a todo lo desolado

(De:

No adorarás a faslos ídolos

de Diego Bustamante Ríos)  


Pablo Grasso

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