La batalla de Ayacucho, fin y principio

Significó el final de la guerra de independencia americana. Soldados de toda la América del Sur formaron ese día bajo el mando del general Sucre.

 El sol en lo alto, la hora sin sombra, y ya ha pasado el mediodía. Los oficiales del Ejército Libertador llegan a la cima del Cerro Condorcunca, que esa misma mañana era sede del mando enemigo. Gritan y saludan con sus gorras. El triunfo es suyo, vencieron al Ejército Real. El virrey del Perú, José de La Serna, ha sido herido y es su prisionero. La victoria es total y no hay modo de invertir el resultado: el dominio español en Sudamérica terminó, subsisten pequeños baluartes que caerán en los dos años siguientes. Las tres horas de combate encarnizado a 3400 metros de altura, ese 9 de diciembre de 1824, se convierten así en un episodio crucial de la historia americana. La última gran batalla, la decisiva, la que concluye con quince durísimos años de guerra. Ayacucho.

Hace tiempo se sabía que el destino del conflicto estaba en el Perú, el principal bastión realista. En 1820 José de San Martín había tomado las zonas costeras incluyendo Lima y había declarado la independencia del país. Pero los realistas se hicieron fuertes en la sierra y trasladaron la capital al Cuzco. Para 1822, la imposibilidad de las fuerzas sanmartinianas de vencerlos llevó a los independentistas a solicitar el auxilio de Simón Bolívar (San Martín había perdido el apoyo del Río de la Plata, donde había caído el gobierno central, y a esa altura contaba con poca ayuda chilena). Bolívar se encontraba al mando de la recién creada república de Colombia -hoy recordada como “Gran Colombia”, con un territorio que incluía el de cuatro países actuales- y de un ejército poderoso que había triunfado en todo el norte de Sudamérica. El Libertador caraqueño llegó al Perú y se le sumaron el ejército local y los restos de las tropas de San Martín.

A mediados de 1824 Bolívar marchó hacia la sierra, donde los realistas eran fuertes, pero aprovechó sus enfrentamientos internos: el general Pedro Olañeta encabezaba un foco de poder realista alternativo desde Potosí y su perfil absolutista lo oponía al liberal del virrey La Serna, quien se vio obligado a enviar tropas para enfrentarlo militarmente. Justo en ese momento se produjo la ofensiva de Bolívar y su triunfo en agosto de 1824 en la batalla de Junín. Cuestiones políticas obligaron al Libertador a volver a Lima, por lo cual dejó al general Antonio José de Sucre al frente del ejército. El virrey La Serna salió a enfrentarlo y tras varias marchas y contramarchas se toparon en Ayacucho.

Eran casi 5800 efectivos los de Sucre. “Estaban reunidos hombres de Caracas, Panamá, Quito, Lima, Chile y Buenos Aires”, relató el general inglés William Miller, quien combatió en el ejército peruano; “hombres que se habían batido a orillas del Paraná, en Maipú, en Boyacá, en Carabobo, en Pichincha y al pie del Chimborazo”. También había europeos provenientes como él mismo de las guerras napoleónicas, “que habían combatido a orillas del Guadiana y del Rin, y que presenciaron el incendio de Moscú y la capitulación de París” antes de emplear sus espadas en América. Ochenta miembros de esa fuerza eran granaderos a caballo que habían hecho todas las campañas de San Martín, ya viejos guerreros. 

Las tropas realistas, unos 9000 hombres, eran mucho más numerosas. Había varios españoles pero sobre todo peruanos y altoperuanos. Hasta el final, la guerra de la independencia fue también una guerra civil: antes de la batalla hermanos y parientes que peleaban para los distintos bandos se saludaron en terreno intermedio por si morían en el lance, que fue muy sangriento; unos mil hombres perdieron la vida en la jornada. Sucre eligió una buena posición para defenderse del ataque realista, hizo avanzar a las tropas en perfecto orden y dispersó al enemigo. En la siguiente capitulación se rindieron todas las fuerzas del Ejército Real.

Ayacucho… la noticia generó celebraciones en toda América, calles y localidades adoptarían su nombre. En España tuvo también un rebote: varios oficiales derrotados ese día llegaron a los primeros planos políticos años después y fueron llamados “los ayacuchos”.

La batalla abrió un período en el cual muchos dirigentes americanos se convencieron de que su continente era una tierra de libertad, republicana, superior a una Europa despótica y monárquica; tendencia efímera que dejaría su lugar a un férreo europeísmo civilizatorio, no muchos años más tarde. Asimismo, Ayacucho marcó simbólicamente el definitivo comienzo de la compleja construcción de nuevos Estados donde había existido el imperio español.

Ese desarrollo estuvo amparado, con muchísimos matices, por el proyecto liberal, y en varios lugares terminó dando paso a una mayor presencia pública de las masas. Para el Centenario de Ayacucho, uno y otra fueron rechazados por diversos intelectuales y políticos, y otra vez el nombre de la batalla se asoció con final y comienzo. Las palabras de Leopoldo Lugones en su famoso discurso al ser invitado a la conmemoración del combate en Lima, en 1924, son el símbolo del giro: “el sistema constitucional del siglo XIX está caduco”, afirmó, “el ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica”… Efectivamente muchos cambios se avecinaban en América.

Hoy aquella batalla, en este tiempo de bicentenarios que terminará en una década con el de ella, puede ser uno de los símbolos de un nuevo giro. Lejos de un “patriagrandismo” ingenuo, el de las posibilidades de pensar en términos concretos proyectos de integración continental, democráticos y populares, en los cuales la identidad americana, como entonces, incorpore a las otras, sin anularlas. “¡Viva toda la América redimida!”, arengó Sucre a sus tropas antes de la lucha, esa mañana en la pampa de Ayacucho. 

Fuente: Télam

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4 de Diciembre de 2016|09:12
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