Certamen Vendimia de Cuento, a la deriva

"Uno siempre se aferra a una falsificación antes que a una descalificación por una cuestión de empatía con los escritores", dice el autor de este artículo.

Figuras consagradas de la Literatura Argentina, dos por lo menos, se constituyeron en Jurado en el certamen literario “más prestigioso” de la Provincia de Mendoza. Me refiero a la Categoría: Cuento, que quedó desierta después del debate entre los tres miembros, a saber: Guillermo Saccomano (Buenos Aires), Angélica Gorodischer (Rosario) y Mariano Jofré (Mendoza).

De ellos obtuvimos este fallo, según se lee en http://www.cultura.mendoza.gov.ar/:  “Luego de finalizar con las deliberaciones, penosamente, hemos decidido declarar desierto el premio del Certamen Literario Vendimia 2014 de la categoría: cuento. El veredicto no fue unánime, y a pesar de rescatar relatos intensos, cálidos, tiernos, en algunas colecciones bastante irregulares, el jurado fundamenta su decisión en la falta de solidez y en el escaso nivel literario de la mayoría de las obras: historias demasiado simples, ingenuas, y hasta moralistas o por el contrario, argumentos intrincados, abstrusos, en los que se exhiben errores de gramática, sintaxis y hasta de ortografía. Nos importa subrayar que fue una lástima que esto sucediera, ya que teníamos la esperanza de encontrar una voz que se recortara del conjunto, con el vigor narrativo que el concurso exige”.

Sobre este dictamen se han pronunciado ya varios escritores de nuestro medio, cuestionando la veracidad del texto en cuanto a su autoría, argumentando que los miembros del jurado no habían firmado el acta e incluso habían sido presionados para obtener un dictamen distinto.

A simple vista, puede suponerse que la redacción del fallo es demasiado torpe como para adjudicarle autoría a alguno de los tres jurados. Uno siempre se aferra a una falsificación antes que a una descalificación por una cuestión de empatía con los escritores (me refiero al jurado). Me permito, de todos modos, un juego: suponer que el fallo sea auténtico y, bajo esa lupa, someter a dictamen algunos cuentos consagrados en las letras de nuestro país. En cuento, lógicamente.

Cuando leo “historias demasiado simples”, se me ocurre pensar en el cuento más genial1 escrito en estas tierras argentinas: A la deriva. Pienso que la historia de este muchacho introvertido de apellido Quiroga hubiera sido descalificada bajo ese criterio. ¿A quién se le ocurre escribir la historia de un hombre que es picado por una víbora y se muere? El pobre hombre no hubiera sabido qué pensar cuando le aclararan que su cuento tiene repeticiones como al principio, cuando reitera “El hombre” en los primeros tres párrafos, en lugar de utilizar recursos de sustitución, que todo escritor que se precie debería conocer.

Imagino que por “argumentos intrincados, abstrusos” hubiera sido descalificada La biblioteca de Babel, de un tal Borges. ¿No es desmesurado y ridículo pensar una biblioteca infinita con anaqueles puestos en celdas hexagonales, cuyos bibliotecarios son arrojados al vacío cuando muertos? Y luego de imaginar una celda hexagonal, entendiendo que se trata de un paralelepípedo hexagonal, ¿se le permitiría a ese tal Borges la confusión geométrica entre figura y cuerpo? ¿Cuál hubiera sido la decepción del jurado al intentar imaginar esa calamidad, que a setenta años de su publicación puede resultarnos una genial metáfora de la red global de internet?

Y ¡qué pobreza la del tal Abelardo Castillo2, cuyo logro mayor es la historia de un tipo que invita a un vagabundo a pasar la navidad y lo mata con un candelabro de plata en la cabeza! Vaya repugnancia. ¿Qué hubiera sido de Fogwill haciendo anagramas con El aleph? Tal ejercicio, ¿se habría interpretado como juego o como burla? Y qué pobreza la del tal Cortázar, confundiendo planos de realidad y ficción, o cambiando narradores en la misma oración, o relatando cómo tres chicas juegan a las estatuas junto a las vías del tren. Pobres muchachos. Pobre Rodolfo Walsh contando cuentos de internados irlandeses. Pobre Gandolfo relatando la degradación de un tipo que se va a trabajar en la salina. Y pobre Conti haciendo cuento de un álamo carolina. Infantil Cortázar con sus cronopios. Infantil María Elena Walsh, en cualquiera de sus versiones. Salgo del rubro para evocar al más grande de los mendocinos: ¿Alguien vio un original de Tejada Gómez sin errores de ortografía? ¿Alguien se atrevería a descalificarlo por esto?

Por último, ¿a qué concepto de “moralista” se refieren quienes ni siquiera han firmado los dictámenes que consideran desierto el concurso, quienes ni siquiera se han reunido para evaluar los trabajos?

Quiero realizar una defensa, tanto de los autores como de los cuentos citados anteriormente, a quienes considero mis referentes preferidos de la literatura. La utilización de estas citas es al solo efecto de cuestionar la pobreza de argumentos expuesta en el dictamen. Me atrevo a afirmar que el parámetro no debería consistir en la historia, la trama, la inteligencia del relato. O no solo eso. El cuento es un viaje. No una colección de rótulos: simple, abstruso, moralista, infantil.

Es aceptable ver premiada cualquier obra presentada, ya que uno se somete a la subjetividad del jurado de antemano. Es aceptable también que se declare desierto el concurso porque el jurado así lo considera. Pero ese dictamen y la falta de su firma indignan y decepcionan.

Esto decía Saccomano (o le hicieron decir, ya no se sabe), según la nota publicada recientemente: “Una vez leídos los libros concursantes, los jurados de este concurso debimos admitir – no sin pena – que el nivel de los mismos es literariamente bajo, muy bajo. Lo cual es grave en un país donde el cuento es una de sus máximas expresiones narrativas. Nos importa subrayar que fue una lástima que esto sucediera, ya que teníamos la esperanza de encontrar una voz que se recortara del conjunto. Por tanto nos duele declarar desierto este concurso. Somos conscientes que si por un lado es penoso declarar desierta la premiación, no menos lamentable sería premiar por demagogia”. (Frías, Alejandro; “Emerge un escándalo en Cultura”; en www.mdzol). Es lógico que este dictamen se distingue en su elaboración y en sus apreciaciones del otro citado más arriba. Sobre estos comentarios es pertinente quizás elaborar hipótesis que permitan deslindar responsabilidades. O acentuarlas. La desprolijidad demostrada por el Ministerio de Cultura, a cargo de Marizul Ibáñez, no está en duda. Ella es quien debería tomar cartas en el asunto, pero hasta hoy (pasados dos meses) sostiene en el cargo a la responsable, la directora de Ediciones Culturales, Vanesa Funes. Por otro lado, nadie quiere echar tintas en los jurados. O son muy tibias. ¿Un jurado no debe firmar su dictamen? ¿Un jurado que afirma haber sido tergiversado no hace demandas? ¿Ni siquiera notas periodísticas aclaratorias? Un jurado que recibe obras de concurso, ¿no las cuenta? ¿No declara en su dictamen el número de obras que le entregaron para evitar una preselección?3

Al igual que Saccomano, también lamento lo que pasó. Para alguien que escribe es lamentable ser enrostrado como literariamente bajo, como indigno de ese “país donde el cuento es una de sus máximas expresiones narrativas”. Es muy vergonzoso que a un profesor de Lengua y Literatura, con veinte años de experiencia, le digan que su obra tiene errores de sintaxis, ortografía y gramática. Es duro ser catalogado como abstruso, moralista, infantil, simple, ingenuo. Pero lo más lamentable es no tener la certeza de haber sido evaluado o, en todo caso, la incertidumbre de no saber cuál de los criterios citados es el que compete a cada obra.

El daño realizado, sobre todo por los funcionarios de Cultura de la Provincia, no tiene medida. Es imposible calcularlo. Tiene el mismo valor que el desprestigio del Indec. ¿Quién va a aceptar un fallo creíble a partir de ahora? ¿Qué jurado querrá participar del próximo concurso? ¿Quién va a creer en la justicia de sus veredictos? Pero el problema es mayor. Quienes defendemos y propugnamos la transparencia de la gestión estatal, en contra de más de treinta años de desprestigio –incluso desde el mismo Estado-, sentimos un asco atroz cuando nos enteramos de estos manejos. De esos funcionarios ya hemos tenido mucho. No nos hagan más el cuento.

Andrés Esteban Pérez, futuro escritor mendocino, DNI 20116181


Notas

1 Así lo califico porque entra en todas las antologías que se conocen sobre cuento argentino; en todo caso, asumo mi subjetividad en la apreciación.

2 Prologado por Guillermo Saccomano en antologías.

3 La cantidad de obras evaluadas debería coincidir con el número de control que se entrega al último participante del concurso. 

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  1. ¿Quién escribió esto? ¿el asesor Martí?
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