Leonardo Favio, un pensamiento peronista

La temporada en que no hizo cine, su compromiso con el peronismo y su lugar en los medios de comunicación. Repaso por una parte de la vida del artista.

Hace poco más de dos años, el 5 de noviembre de 2012, moría Leonardo Favio. No hay duda de que se trata de uno de los más importantes directores de cine argentinos, que trabajó con formas y mitos de la cultura popular e hizo de su arte una experiencia masiva y poética. Sin embargo, Favio, quien entre los años 1964 y 1976 había filmado seis fenomenales películas, no vuelve a dirigir hasta Gatica. 17 años de ausencia, un vacío político.

Al día siguiente de la muerte de Leonardo Favio, Crónica emite una larga entrevista que le había hecho Cacho Fontana. La conversación es fluida hasta que el locutor quiere saber, con tono de reproche paterno, por qué pasa el tiempo y él no vuelve a filmar. El zócalo no señala la fecha de la grabación que, no obstante, se adivina es de los años ochenta; antes del ochenta y nueve –cuando empieza a despuntar el proyecto Gatica-, y con distancia de la dictadura. Cacho Fontana insiste, como si quisiera obligar a Favio a que agarrase de vuelta una cámara.

En julio de 1976 había estrenado la que hasta ese momento era su última película, Soñar, soñar. La crítica se ensaña y también le va mal de público. Favio es sinónimo de peronismo y no hay contemplaciones. Frío y crepuscular es el reportaje que le hace la revista Crisis, también en ese mes del 76. Se anima a decir que podría filmar su próxima película sobre Jesucristo, Severino Di Giovanni o Bolívar. Un número más y Crisis deja de salir. Canta en el predio de la Rural para 30.000 personas pero ya no hay lugar para Favio en los medios. Soldados asaltan su casa y le apuntan con una ametralladora a su hijo. Emprende una gira y se instala con su familia en México. En 1979 vuelve adonde nació: compra una tierra en Mendoza, en Las Catitas, y se dedica a hacer un viñedo. La poda justa, prevenir la piedra, que el gallinero esté blanqueado. No es Humor la que anuncia su vuelta -al escenario como cantante-, sino la revista Flash de febrero de 1982. Tapa con mujer en bikini, blanquísima, pulposa. “No hago cine porque he perdido las ganas con todo lo que ha pasado. Me falta recuperar el entusiasmo y la capacidad de asombro de antes”, dice Favio. Después de la guerra de Malvinas, una gira lo lleva a Colombia y se queda en Pereira.

A comienzos del 84 pasa al menos unas semanas en Buenos Aires. Lo acompaña a Ubaldini al Congreso “a gritar contra la ley sindical, que es un intento de los oligarcas que rodean a Alfonsín”. De esto se jacta en un reportaje de una página en El Porteño, con título “Yo soy un pensamiento peronista”. Estuvo en un programa de radio Splendid y hubo gente que llamó molesta porque lo escuchó exclamar su odio a la oligarquía. En el mismo número se entrevista a Solanas –tres páginas- y parece que habla un intelectual. Favio es otra cosa. Sentencia que “la oligarquía es una enfermedad” y, ante la repregunta -la chance para que aclare y no meta más la pata-, apuesta más alto, inaudible: “Quirúrgicamente hay que extirparla”, para que frene la metástasis.

El periodista cree estar ante un monstruo. Escribe: “Tenso, violento, cuando trata de explicar sus ideas habla con una dulzura de maestra”. Cuando Favio dice que coincide con todos los reclamos de las Madres de Plaza de Mayo -“los pasados, los actuales y los futuros”-, porque ellas “siempre tienen razón”, el periodista agrega un "(sic)" para quien no crea posible afirmaciones así de absolutas. Y altera su nombre: firma Gil Wolf y es Fogwill, también descolocado pero de otra manera. “Son las dos cosas más importantes de mi vida: el amor del pueblo y el orgullo de sentirme peronista, con todo lo que significa ser peronista. Con todo lo hermoso y lo doloroso”, asegura Favio; “¿Qué?”, le responde Gil Wolf. Arcaico es lo de Favio, como si no hubiera recibido el aviso de que hay cosas que vencieron, intensidades que es mejor enterrar. “¡Todos quieren saber si vuelvo a filmar! Te contesto: ahora tengo cosas más urgentes. No me parece justo empezar con un proyecto de filmación cuando sentimos que se aleja un proyecto de Nación. Estoy cantando y difundiendo el pensamiento peronista”, dispara.

Es un paria en la “primavera democrática”. Cuando Del Carril da un recital en el Teatro San Martín, la revista El Periodista registra su voz gritando desde la oscuridad: “Gracias, don Hugo, por habernos enseñado que el artista no es un minusválido político”. No se lo ve. En Ezeiza, Vebitsky deja en claro que salvó vidas el 20 de junio de 1973, pero sigue confundido entre Osinde, Norma Kennedy y la misma incoherencia de sus palabras, desde el escenario, micrófono en mano y ante la balacera.

En 1987 escribe en la revista Unidos –ahí se piensa el peronismo-: es sólo una carta desde Pereira que va al correo de lectores. A propósito de una nota sobre el estreno de El exilio de Gardel, de Solanas, se menciona su obra con admiración y se lo nombra como el gran ausente. La carta de Favio es sobre la tristeza y el cansancio que ve en la gente, en el cine, en la literatura. “Esa tristeza se me ha instalado hace años. Nosotros conocimos el paraíso, conocimos 'el bien y el mal'. Un privilegio que no había tenido ningún pueblo. Y que nos fue arrebatado. Para peor, cuando creímos reencontrarnos con él, fue sólo una parodia de lo que fue y comenzó la tragedia…”. Nadie le contesta, su lengua es otra. Flash vuelve a entrevistarlo y anuncia que está por filmar la vida del anarquista expropiador Severino Di Giovanni. Poco después de esa nota tiene que haber sido la conversación con Cacho Fontana. Ante la requisitoria, le cuenta que compró dos veces los derechos de un libro, el de Osvaldo Bayer sobre Di Giovanni. Pero ahora duda, no está convencido.

Una de las polémicas más interesantes de esos años de postdictadura sucede alrededor de este anarquista. Una historieta le dedica la Fierro, en abril de 1985. Un texto de Álvaro Abós la acompaña. Resultado: Di Giovanni es mucho más un trastornado y un criminal que un revolucionario. Al número siguiente, un lector retruca molesto y Bayer replica en Crisis, que ha vuelto: Di Giovanni es un luchador antifascista, un impaciente de la justicia. (Menciona que hubo intentos de llevar su libro al cine, pero nada dice de Favio.) De fondo están los setenta. Para Abos, los montoneros son sus nietos. Bayer le da otro espesor al asunto, pero los montoneros son un problema del peronismo. 

Ante el reclamo de Cacho Fontana, finalmente Favio le dice que la historia que tenía entre manos –Con todo el amor de Severino, se llamaría- no le convence porque no sabe qué necesita en verdad su pueblo. No porque Di Giovanni fuera esto o lo otro. Es una vez más el mito romántico del artista y el pueblo pero desfondado. Imposibles de auscultar sus necesidades, el artista queda desorientado y sin obra. Pocas cosas como ésta atrapan esos años de “recuperación de la democracia” y de derrota, para las clases populares y para el peronismo.

La posición de Favio contra las entidades agropecuarias durante el conflicto de la 125, así como el abrazo que le dio al gobierno amenazado de Cristina Fernández de Kirchner, apenas reordenan las limaduras de su vida pero, ante todo, nos hace saber que hay que amarlo por completo.  

Fuente: Télam

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