Ediciones Culturales: Una voz que invita a debatir

Novelista, dramaturga, actriz, directora de teatro, Sonnia De Monte se detiene a reflexionar sobre el funcionamiento histórico del área a cargo de la literatura.

Hace bastante tiempo atrás algunos trasnochados anduvimos convocando a los escritores para analizar la ley de Ediciones Culturales de Mendoza (poca tarea representaba, puesto que es muy corta), para tratar de que algunas de las cosas que nos atañen tuvieran una administración no basada en la sagacidad sino, por lo menos, que estuvieran avaladas realmente por una ley.

A la trastienda de una librería convocamos. Muchísima trastienda. Poquísimos escritores. Pasados años de eso, de esa insistencia cuasi obsesiva para que se revisaran las leyes, las pocas y epiteliales que existen sobre temas artísticos y culturales, pasan cosas absolutamente previsibles: “errores”, silencios, subterfugios, oscuridades, en fin, de todo un poco. No solo porque, supongo, hubo y hay administradores light, sino también porque no hay normas que regulen estas actividades que tienen que ver también con nuestros dineros e intereses, aunque sea de una parte de la sociedad. ¡Claro!, para colmo, estos menesteres a la gente casi ni les interesan; a saber: sello editorial oficial, libros de autores locales, escritores vecinos, poetas remanentes, autores muertos, ensayistas de otros tiempos. 

Será que es historia vieja; viejos descoloridos por la muerte y el olvido como las letras de viejos libros; tesoros de tinta, no de oro, pirateados por la indiferencia y la inoperancia de años de “ningunear” patrimonios literarios, entre otros.

Imposible olvidar la reedición de Matar la tierra, de Alberto Rodríguez (h), de retipear la edición corregida y aumentada de Mendoza en sus letras y sus ideas con Arturo Roig allí, al lado, con mate y tortitas, entre tantos títulos (y nunca muchos ni suficientes), y toda la posibilidad del mundo de seguir aprendiendo y de conocer a “los nuevos”. O ya maduritos, pero que habrían tenido muy pocas oportunidades de publicar. Hemos llegado hasta a pelear alguna demagogia para que todos accedieran, sin juicio crítico ni revisión de estilo ni de envergadura, pero siempre intentando mostrar al poco mundo al que llegan los libros de ECM lo que debiera corresponderle a un sello oficial: la edición, la protección y la difusión de sus autores propios.

Ni hablar de los desencuentros con la SADE. Desencuentros ideológicos, de criterio, de pasado con bastante gloria, pisado. 

Ni de la gente, los pocos lectores que venían (¿vienen aún?) en busca de algún libro de ECM y debían (¿deben aún?) experimentar un periplo semejante al de Odontología de OSEP: primero, saber si el libro en cuestión existe aún; luego, contadores mediante, enterarse del precio (siempre muy baratos), después, ir hasta el Banco, hacer el depósito y con el papelito sellado como prueba, ¡recién entonces! lograr abrazar al libro buscado, como si se tratara de una adquisición equiparable a la compra de una isla tropical, no por el precio, sino por la cantidad de trámites previos.

Revisadas, o no, las variopintas negativas para acceder a autores propios y sus obras poco sorprende que todos se llamen a silencio (¡a ver si no son invitados a la próxima Feria del libro! ¡A ver si les son descontados todos los pesos que se les paga por estar, igual que a Stamateas o a otro de esos exitosos!). Poco sorprenden las vicisitudes que vive un expediente, como hoja seca a la deriva del canal. Poco sorprende que los premios sean bajísimos y que algunos trabajos sean lamentables.

Poco sorprende que año tras año se produzca el deterioro de un área de enorme utilidad pero en la cual debe invertirse, no esperar que aporte a las arcas del Estado. Convendría más que aporte a las neuronas de Estado, que somos todos.

Cuando los legisladores levantan sus blancas manitas para votar el presupuesto anual -cuando lo hacen-: ¿saben que están condenando a muerte a nuestro patrimonio literario, ese que es y debe ser responsabilidad del Estado? Porque en el área no hay mercado que valga y eso es su precio: el valor de sustentar ese patrimonio y estimular las letras de acá nomás.

Lo que me deja, sí, enormemente sorprendida, es que aún exista un espacio que se llama Ediciones Culturales de Mendoza. 

Sonnia De Monte

Opiniones (0)
10 de Diciembre de 2016|01:56
1
ERROR
10 de Diciembre de 2016|01:56
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    15 fotos de la selección del año de National Geographic
    8 de Diciembre de 2016
    15 fotos de la selección del año de National Geographic